Un elogio a la estupidez
He estado leyendo un libro de Giancarlo Livraghi que se titula El Poder de la Estupidez. Me ha compartido diversas ideas y me ha provocado la generación de algunas propias. Pero, además, me ha invitado a escribir esto que pareciera ser un elogio de la estupidez. Lo que he recibido y lo que he pensado lo resumo en los siguientes teoremas.
Lo primero es aceptar que la estupidez es poderosa porque puede dañar a todos los individuos. Equivocadamente le atribuimos más maleficios a la perversidad que a la necedad porque creemos que hay más villanos que estúpidos. Robert Heinlein aconseja no subestimar el poder de los tontos.
Lo segundo es aceptar que es muy difícil conceptualizar la estulticia porque, como dice Walter Pitkin, no existe una definición de la estupidez ni de la inteligencia. Es por ello que, frecuentemente, los genios sean considerados como estúpidos, por una mayoría estúpida.
Lo tercero es que logremos comprender su funcionamiento y, así, podremos controlar sus efectos. Esto ya se practica mucho en la actualidad con lo que hemos conocido como el “Plan B” que no es otra cosa que el reconocimiento de nuestra falibilidad. Lawrence Peter elaboró un famoso principio referido al nivel humano de incompetencia.
Lo cuarto es reconocer que la soberbia es una forma de estupidez. La asimetría de la mente es menor que la de la riqueza, el poder o la sabiduría. Hay que tener presente que existe menor desigualdad entre el más genial y el más cretino que la que existe entre el más rico y el más pobre o entre el más poderoso y el más débil o entre el más sabio y el más ignaro. Por eso, el hombre privilegiado está blindado frente al muy miserable, al muy frágil o al muy iletrado, pero está muy expuesto ante el muy estúpido. No reconocerlo es la soberbia que perdió a Maximiliano Robespierre cuando les declaró la guerra a los funcionarios rateros.
Lo quinto es aceptar que la confianza es una forma de estupidez. Es la que impide la visión previsora, la disposición reactiva o la reconversión estratégica. Es la que llevó a Porfirio Díaz a menospreciar a Francisco I. Madero, primero en sus modestas aspiraciones a la gubernatura de Coahuila y, después, a desestimar su campaña antirreeleccionista, más tarde convertida en convocatoria insurreccional.
Lo sexto es admitir que la inexperiencia es una forma de estupidez. Es la que nos puede invitar a ser trapecistas, domadores o políticos pensando que es muy fácil dominar a la gravedad, a la fiera o a la sociedad. Es la que desestima la adversidad, la contrariedad o la imposibilidad. Es la que llevó a Napoleón Bonaparte hasta Moscú estando persuadido y proclamando que el clima era idéntico en toda Europa.
Lo séptimo es asumir que el olvido es una forma de estupidez. Es el que nos hace volver a tropezar con la misma piedra. El que nos lleva a repetir los mismos errores y a suponer que, en nuevas ocasiones, producirán distintos efectos. Es el que empujó a Adolfo Hitler a olvidar la enseñanza napoleónica y traicionar a Rusia, atacándola para convertirla de aliada en enemiga.
Lo octavo es asentir que la imprudencia es una forma de estupidez. Por ello los abuelos nos recomendaban no pelear contra los estúpidos porque éstos son muchos. Esa imprudencia fue la autora del retorno inexplicable de Agustín de Iturbide y de su marcha directa al paredón.
Lo noveno es que desde luego todos sabemos que, dentro de nosotros, vive un estúpido. Pero también es cierto que nos molesta reconocerlo. A partir de no aceptarlo, muchas veces tratamos de sostener nuestras estupideces en lugar de rectificarlas. Esa terquedad transforma una estupidez venial en una forma peligrosa de estupidez.
Por lo anterior, lo décimo es que también los inteligentes cometen estupideces y ello nos obliga a no confundir las estupideces con los estúpidos. Es peligroso creer que un hombre es tonto porque hace tonterías o que un hombre inteligente no se equivoca. Y, a la inversa, en toda la historia de la humanidad, la mitad de las mejores ideas, de los más grandes avances y de las supremas hazañas se han debido a hombres de luces muy modestas.
En fin, me divertí mucho leyendo, además de los mencionados, la ley de Cyril Parkinson, las leyes de Carlo Cipolla y los corolarios del propio Livraghi. Pero también me divertí mucho recordando algunas de mis propias estupideces. Muchas de ellas las he reconocido hasta en mis ediciones.
Hay una que cometí hace casi un cuarto de siglo cuando incluí una imbecilidad en una ley federal que, desde entonces, se utiliza a diario. Es estúpida desde su concepción hasta su redacción. Pero nadie la ha arreglado. Han pasado cinco presidentes, 12 procuradores y nueve legislaturas. Se ha cambiado la ley y mi errónea fórmula sigue idéntica, intacta y, cada vez, más utilizada. Por eso me tranquiliza mucho saber que, en mis torpezas, no estoy tan solo.
Twitter: @jeromeroapis
