Confesiones con El Jefe de la banda
Después de la presentación de mi libro El Jefe de la banda, realizada en diciembre en el marco de la FIL en Guadalajara, así como de la realizada en enero en Madrid, y de algunas sesiones cerradas en el Colegio de Defensa Nacional y en el sistema de reclusorios, yo anhelaba mucho esta presentación en la Ciudad de México, donde sucedió el 90% de lo que se narra en estas páginas.
Disfruté la hospitalidad de la Fundación Miguel Alemán para realizarla en una casa que ha sido el lugar de mucha política. Aprovecho para agradecer la muy generosa y muy talentosa presentación que hicieron queridos amigos míos. Miguel Alemán, político de altura y escritor de política. Pascal Beltrán del Río, quien me motivó la idea de escribirlo. Diego Fernández de Cevallos, amigo de eminencia y político de alteza. Y Francisco Labastida, siempre fraternal y siempre excelente.
Fueron tres cosas las que me animaron a escribirlo. Una necesidad, una obligación y un placer. Primero, la necesidad de decir y de transmitir mi visión sobre el ejercicio del poder en el cargo público que más poder detenta en nuestro país. Aclarar muchas ideas que no siempre están claras hacia afuera y traducir ciertos mitos y leyendas que, en ocasiones, han sido deformados.
Segundo, que me he sentido obligado a compartir mucho de lo que he visto y conocido. Yo nunca he sido importante, pero siempre he convivido cerca del poder. Mi vida, como sucede con nuestro planeta, no ha sido luminosa, pero ha sido iluminada. No he tenido luz propia, pero otros me han alumbrado con su luz. Soy como aquellos que trabajan atrás de las cámaras cinematográficas. No he sido Clark Gable ni Leonardo DiCaprio, pero he estado en la filmación de Titanic y de Lo que el viento se llevó. Pero, además, yo he estado en la producción de 100 películas, en las que ellos no han estado. Así, yo he estado cerca de más presidentes que casi todos ellos respecto de sus pares.
Lo tercero fue que yo disfruté mucho al escribirlo y, con eso, ya estoy pagado. Ahora, deseo que el lector lo disfrute al leerlo y con eso ya estaré premiado.
Esa presentación vespertina develó arcanos insólitos. Diego Fernández de Cevallos, después de 21 años de silencio, nos contó la forma en que Ernesto Zedillo decidió designar al diputado panista Antonio Lozano como procurador General de la República. Los que lo sabían nunca lo habían dicho en público.
Francisco Labastida, después de 17 años de mutis, nos narró las palabras mayores con las que él y Ernesto Zedillo hablaron de la sucesión presidencial del 2000. O más bien, nos contó las palabras que nunca se dijeron, pero que siempre imaginamos que hubieren existido. Nunca lo había dicho ni en la intimidad.
Miguel Alemán, después de 55 años de sigilo, nos relató las razones por las que su padre se inclinó sucesionalmente a favor de Adolfo Ruiz Cortines. Yo tuve testimonios muy cercanos de la gestión alemanista y ni siquiera yo lo sabía. Nos confesó que fue la honestidad combinada con los datos secretos que poseía de los más altos militares lo que garantizaba estabilidad y mando.
Ya en el convivio final, algunos amigos que asistieron me preguntaron si encontraba algún rasgo generalizado en los presidentes mexicanos. A “bocajarro” les contesté que, a favor de la síntesis, me quedaría con tan sólo uno positivo y uno negativo. El positivo, la inteligencia. Casi todos, salvo excepciones, han tenido un talento descomunal. El negativo, la soberbia. Casi todos, salvo excepciones, han tenido una soberbia gigantesca.
Algunos me miraron con sorpresa y otros con escepticismo. Recurrí a un ejemplo que los confortó. Venustiano Carranza fue un político enorme y más grande que lo que le ha reconocido la historia, la cual fue escrita por sus adversarios aguapretenses.
Siguió a Madero. Convocaron a la Revolución Antirreelecionista. Derribaron a Porfirio Díaz. Ganaron las elecciones. Sufrió el cuartelazo. Desconoció a Huerta. Convocó a Guadalupe. Organizó el Ejército Constitucionalista. Lo jefaturó y se fue a la Revolución Constitucionalista. Ganó la guerra. Tiró a Huerta. Contuvo a los convencionistas de Aguascalientes. Convocó al Constituyente de Querétaro. Expidieron la Constitución de 1917. Ganó sus elecciones. Institucionalizó la revolución triunfante. Cada una de esas epopeyas, por si sola, le garantizarían un lugar en la historia mexicana. Cuantimás si sopesamos todas ellas juntas.
Pero tuvo un solo episodio de soberbia fatal. Creer que podía decidir la sucesión presidencial a favor de un insignificante y desconocido. La soberbia le costó el poder, la presidencia, la vida y la gloria. El iluminado pero soberbio de Venustiano Carranza creyó que alguien podría “orinarse” en Álvaro Obregón y salir vivo para poder contarlo.
¡Ay, de don Venustiano! … ¡Ay, de tantos presidentes! … La mitad de su soberbia los hubiera salvado ante la historia, aunque sólo hubieran contado con la mitad de su inteligencia.
Twitter: @jeromeroapis
