Salvar a los hombres y salvar a las almas

La visita de Francisco trajo un mensaje de bienestar espiritual que no se opone con el bienestar terrenal. No asumió lo que sólo corresponde a la autoridad política, pero tampoco cedió los espacios que sólo le corresponden a la autoridad religiosa. Le dio al Estado lo que es del César. No más que eso, pero no menos que eso. La autoridad política también respetó lo que no es del César. No más y no menos. Bien por ambos.

El tiempo mexicano actual está confuso y revuelto. Quizá por ello, entre otras muchas confusiones, con cierta frecuencia algunos ven confundido lo político con lo religioso. Pero está en sus respectivas naturalezas que la política y la religión se distingan y se respeten. Pero, también es cierto que, en ocasiones, pueden entrar en ruta de colisión y de conflicto, sobre todo si no se cuenta con el talento y la voluntad de los gobernantes y de los pastores.

Estoy convencido de que es muy importante salvar a las almas en el más allá. Pero, también, estoy convencido de que es igualmente importante salvar a los hombres en el más acá. Y aquí aparece un desafío fundamental de nuestro tiempo. La misión fundamental del hombre de religión es, precisamente, la salvación de las almas. La misión fundamental del hombre de política es, precisamente, la salvación de sus congéneres.

El hombre de religión se aplica a liberar a los seres humanos de las prisiones del mal, de la degradación, de la perversión, del sufrimiento, de la desesperación, de la perdición y de la derrota. El hombre de Estado se aplica a liberar a los seres humanos de las prisiones de la pobreza, de la ignorancia, de la enfermedad, de la injusticia, de la inseguridad y de la desesperanza. 

A ello está consagrado el hombre de Estado y el hombre de religión. En ello reside su servicio a los demás. Y es aquí donde aparece el desafío formidable que brinda nuestro tiempo. Porque en el pensamiento de hoy y seguramente en el del mañana está la idea de que ambas salvaciones no son contradictorias sino, quizá, inseparablemente complementarias.

Toda religión que lo sea de verdad tiene una columna vertebral que, simplemente, la llamamos promesa. Toda política que lo sea de verdad tiene una columna vertebral que, simplemente, la llamamos bienestar.

Esa promesa es la creencia en una recompensa imprescriptible que cada individuo y cada credo la identifica a su modo y preferencia, bien sea que se llame paraíso, salvación, redención, perdón, eternidad o gloria. Ese bienestar es la creencia en un estadio inalienable que cada individuo y cada sociedad lo identifican a su modo y preferencia, bien sea que se llame independencia, soberanía, libertad, desarrollo, justicia o paz. 

Esa promesa y ese bienestar fundamentan, explican y justifican todos los elementos de cada política y de cada religión que lo sean de verdad. Si la religión no vive alrededor de una promesa será menor y artificial. Si la política no vive alrededor del bienestar será pobre y mentirosa.

Pero, luego entonces, aparece con claridad su conjunción. El hombre que confía en la promesa de la gloria en el más allá, ¿tiene que renunciar al bienestar de la libertad en el más acá? ¿El hombre que cree en la promesa del perdón en el más allá tiene que sacrificar el bienestar de la justicia en el más acá? ¿O el hombre que ha recibido en el más acá el bienestar de la soberanía y del desarrollo debe pagarlo con la pérdida de su derecho a creer en una vida eterna?

Y es que hoy tenemos las respuestas que nos resultan obvias. Política y religión son complementarias en el salvamento del hombre. No estoy diciendo, desde luego, que debieran mezclarse en un batidillo como aquellos que a la humanidad y a muchos pueblos en particular les costó trabajo y sufrimiento el superarlos y remitirlos. No estoy proponiendo que la religión gobierne ni que el gobierno rece. Mal andaría aquella pobre religión que, al no poder salvar a las almas, tuviera que conformarse con gobernar a los hombres y mal andaría aquel pobre gobierno que, al no poder gobernar a los hombres, tuviera que contentarse con rezar por ellos.

Pero lo que sí estoy diciendo es que quienes proclamamos la libertad de creencias, quienes creemos en la libertad de cultos y quienes confiamos en la laicidad pública, también estamos persuadidos que nadie se basta a sí mismo y que, en buena hora, la reunión de quienes están convencidos de que es igualmente importante salvar a los hombres en ambos mundos. En el mundo que todos compartimos hoy y en el mundo en el que cada quien confía para el mañana.

Ese es el verdadero significado del desafío al que he aludido. Esa es la verdadera ecuación de los que se dedican, con su fe o con su acción, a salvar a los demás. En ambas tareas y para ambos mundos lo esencial en el político y en el pastor es la entrega sin límites, sin miedos y sin egoísmos.

Twitter: @jeromeroapis

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