El Síndrome de Aquiles o mareo de altura
Aquiles creía que era hijo de Zeus. Pero no lo era. Aquiles creía que era todopoderoso. Pero no lo era. Aquiles creía que era invencible e inmortal. Pero no lo era. Muchos hombres de todos los tiempos han creído que son como Aquiles. Pero no lo son. Esa patología la he llamado el Síndrome de Aquiles.
También se le ha conocido como mareo de altura o alpinismo de ladrillo. No sólo se da en los máximos líderes sino hasta en insignificantes “cadeneros” de discoteca. Lo mismo se presenta en los altos gobernantes que en las amas de casa. En aquéllos ha generado ingobernabilidades y en éstas ha producido divorcios.
Mucho de ello tiene que ver con la creencia de la eternidad y de que nunca menguará su poder. Alguna vez un gobernador me preguntó cuál debería ser el mejor año de su sexenio. Sin la menor duda, le contesté que el séptimo año. Me fijó su mirada y esbozó la sonrisa fingida para quien nos dice un chiste malo y tonto.
Y es que, en el fondo, nunca me creyó. Siempre me vio como un pensador romántico y no como un político realista. Se dedicó, por completo, tan sólo a su presente. Sin embargo, hoy está convencido de que no le habrá de alcanzar su futuro para pagar todo lo que le quieren cobrar. No lo aprecian, no lo emulan y no lo respetan. Me duele mucho haber acertado, porque lo estimo, pero más me duele cuando nuestros gobernantes se han equivocado porque, sobre todo, amo a mi país.
Hubiera querido decirle que los otros seis años deberían ser la siembra de una cosecha final. Que si así lo hiciera, el séptimo año sería aquel en el que más lo apreciaran, más lo emularan y más lo respetaran. El año en que lo extrañaran y en el que lo presumieran. El año en el que, ya no siendo funcionario, todos se sintieran orgullosos de su amistad, de su presencia o de su compañía.
Decía Ramiro de Maeztu que el pecado del diablo es la soberbia, no porque sea muy malo, sino porque se cree muy bueno. Así, también, los santos no lo son por ser buenos, sino porque se sienten pecadores. De allí se deriva un poder putativo. Si yo soy bueno, entonces soy superior y todos deben obedecerme. De la imaginaria bondad se pasa al sofisma de la prepotencia. Robespierre llegó a tener la soberbia de creer en su humildad, porque no se consideraba un hombre superior sino, tan sólo, un dios menor.
Otro tanto tiene que ver con la ilusión de la omnipotencia. Quizá, para evitárselo, López Mateos decía que los presidentes que quieren mucho a su pueblo tienen proclividad para hacerle el bien. Pero que, por amarlo tanto, también tienen facilidad para hacerle el mal. Por eso requieren que sus más cercanos los equilibren ante sentimientos encontrados y confusos.
Porque esos gobernantes, decía, algunos días son dominados por el coraje ante tanta injusticia. Otros días, son doblegados por el dolor ante tanta miseria. Y otros más, son sometidos por la angustia ante tanta desesperanza. Por eso, hay momentos en que quieren matar a quien no deben, gastar lo que no tienen o prometer lo que no pueden. Pero, asimismo, hay días luminosos en los que conquistan tantos logros para su pueblo que quisieran hacer, también, el trabajo de los otros poderes o servir más tiempo que el que ordena la Constitución.
Por eso pedía a sus más sabios y leales que nunca le prestaran las llaves del armero ni del tesoro ni del promisorio ni de las urnas ni del parlamento ni del tribunal. Se refería, claramente, a que no le permitieran matar opositores ni dilapidar recursos ni engañar en falso ni trampear elecciones ni decretar leyes ni dictar sentencias. Que tan sólo lo ayudaran a cumplir con lo suyo. Por eso, remataba, “no permitan que nadie me arrebate ni que yo extravíe las llaves de la Presidencia”.
Hace poco me preguntaron qué hacen los que fueron altos mandatarios y ya no lo son. Mi primera respuesta es que, muchos de ellos, se dedican a contar tres cosas. A contar mentiras, a contar dinero y a contar los días. Y siempre he creído que quienes cuentan los días son los presos y los desesperanzados. En buena hora los que podemos decir que el tiempo no dura nada y “se nos pasa volando”. Ése es el síndrome infalible de la felicidad.
El sentido del tiempo presente y del tiempo futuro es un ejercicio obligatorio del gran estadista. El afortunado que lo logra tiene asegurado un lugar de honor entre los grandes de su nación. A veces pienso que todo esto no es filosofía abstracta, sino que tiene mucho que ver con la política real y su dureza.
En eso reside una buena parte de la grandeza. Aquiles no era inmortal y lo mató un baboso insignificante. Pero, a pesar de ello, tiene imitadores. En mi juvenil inmadurez me parecía admirable. La maduración de la edad me hizo reubicarlo y decidir que Héctor fue más grande. A Héctor lo mató Aquiles, pero no lo mató la muerte. Aquiles fue vencedor pero Héctor fue invencible.
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