Madrinas, mediacharolas y autodefensas

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José Elías Romero Apis 17/01/2014 01:51
Madrinas, mediacharolas  y autodefensas

Los grupos de autodefensa o grupos comunitarios son la “misma gata” de siempre, pero con marca novedosa. Otrora se llamaron madrinas, irregulares, mediacharolas, guardias-blancas, complementarios o muchos otros motes. En su libro El imperio subterráneo, James Mills describe los maridajes que se dan cuando la autoridad y el crimen se abrazan. Yo diría que las autodefensas son la encarnación parida de ese abrazo y de ese contubernio.

Esta cohabitación se produce por dos fuerzas que actúan en distinto sentido hasta que una de las dos perece o ambas se conforman. El poder jurídico de la ley, patrimonio de la autoridad y el poder fáctico del crimen, potestad de la delincuencia. Quizá por eso el discurso de Mireles, quien, por un lado, dice que se somete al gobierno y, por el otro, ordena a sus secuaces proseguir en su aventura.

La relación entre poder y justicia la sintetizo en lo siguiente. Hay quienes dicen que el gobernante ejerce un poder que proviene de las atribuciones que le confiere la ley. Es decir, que no hay poder político que no provenga de la ley.

Por el contrario, hay quienes afirman que la fuerza efectiva de una ley proviene de la voluntad aplicativa que le imprime el gobernante. Es decir, que la vigencia jurídica proviene de que el gobernante le preste su voluntad de aplicación.

Para toda la ciencia jurídica, excepto Hans Kelsen, el poder del gobernante proviene de la ley. Para toda la ciencia política, excepto Hermann Heller, el poder de la ley proviene del gobernante. Si esto es cierto, hoy los mexicanos estamos como el gato que perseguía a su cola. Porque lo menos que puede exigírsele a un Estado es que tenga un mínimo de gobernabilidad política como para lograr el cumplimiento de la ley.

Quizá no se pueda exigir ni culpar a un Estado por no remitir la pobreza que él no instaló, por no ganar la guerra que él no provocó, o por no superar el atraso que él no indujo. Pero es innegable que, ya de perdida, esté obligado a aplicar la ley que el propio Estado expidió por considerarla la idónea, la ideal o, por lo menos, la posible.

Es muy doloroso decirlo, pero el gobernante que no puede ni siquiera poner en vigencia sus propias leyes está derrotado y se encamina hacia el estado perfecto de impotencia política.

En la vida científica, el poder y la ley parecieran estar dispuestos para un ensamble fácil y automático. En la realidad cotidiana, este ensamble es difícil y complicado. Más aún, hay tiempos particularmente complejos en este aspecto. 

Por eso, nos asombra la designación de Alfredo Castillo, un auténtico hombre-del-presidente. Con ello, la lectura interpretativa política nos dice que Michoacán dejó de ser un asunto de Vallejo o de Osorio Chong para convertirse en un asunto de Peña Nieto. Algunos dirán que esa decisión es una audacia, una osadía o hasta una temeridad. Yo preferiría decir que es una valentía. Es una apuesta azarosa pero forzosa, dolorosa pero valerosa,  costosa pero fructuosa. Si Michoacán se resuelve bien, será una victoria exclusiva de Enrique Peña. Si no se resuelve bien, el resultado también será exclusivo. ¡Ojalá le vaya bien!

Por eso, lo que en mi juventud supuse que se trataba de filosofía pura, con todas sus delicias aunque con todas sus inocencias, hoy me vuelve a atormentar al ver, todos los días, que mi país se encuentra como nunca lo imaginé. Sumergido en una crisis de poder, manifestada en el formato de la impotencia y la ingobernabilidad, así como embarrado en una crisis de justicia, expresada en la forma de inseguridad y delincuencia. 

En el aula de la escuela, muchas veces Eduardo García Máynez, Luis Recaséns Siches, Manuel Ruiz Daza, Agustín Pérez Carrillo y Juan Sánchez Navarro, me hablaron del conflicto producido por el enfrentamiento entre justicia y poder. Después, en el aula de la biblioteca, Nicolás Maquiavelo, Julio Mazarino y Charles de Montesquieu me explicaron lo aprendido. Pero sobre todo, en el aula de la vida muchas veces platiqué con Jesús Reyes Heroles, con Sergio García Ramírez y con Antonio Martínez Báez, sobre esa correlación y contrarrelación factorial.

Hoy habrá quienes argumenten, con muy sobrada razón, que las guardias comunitarias son el producto de la ineficiencia gubernamental. Pero, si de esa premisa verdadera derivamos el falso sofisma de la autodefensa abriremos la puerta del autogobierno, de la autotesorería, del autobanco, de la autoinspección, del autoejército y hasta de la autoelección. Aceptar un mal presente con la promesa de un buen futuro ha sido el argumento único de todas las subversiones y de todas las dictaduras, a lo largo de la historia.

Tengo la esperanza de que México un día será un país más seguro. Pero, asimismo, tengo la certeza de que los mexicanos nada de eso les deberemos a los guardias de autodefensa.

Lo cierto es que una casa hipotecada no se salva quemándola.  

                *Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

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