Salinas, Zedillo, Calderón: los ex, pesan
Mientras Donald Trump, en su propia decena trágica, se dedicó a romper los equilibrios geopolíticos que le dieron una cierta estabilidad al mundo desde el fin de la Guerra Fría, en México la existencia de un enemigo común, de una amenaza externa real, ha generado un ...

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Mientras Donald Trump, en su propia decena trágica, se dedicó a romper los equilibrios geopolíticos que le dieron una cierta estabilidad al mundo desde el fin de la Guerra Fría, en México la existencia de un enemigo común, de una amenaza externa real, ha generado un proceso de cierta unidad que —esperemos que los principales actores políticos estén conscientes de ello— genera una ventana de oportunidad que por sus propias características no estará abierta mucho tiempo, y que entraña dos peligros fundamentales.
El primero, que se opte por “envolverse en la bandera” y proponer medidas absurdas como boicotear la compra de productos de marcas estadunidenses o, como ha planteado López Obrador, avanzar en medidas nacionalistas y proteccionistas que servirían, precisamente, a los fines y los objetivos que un personaje como Trump tiene, que es cerrar mercados y romper con las cadenas productivas integradas. Encerrarse en sí mismo.
El segundo desafío, es el contrario: el pensar que este estado de ánimo durará y que, por lo tanto, se puede ir con tiento y tiempo, dejando que este último cumpla con la función de agotar las energías destructoras del nuevo inquilino de la Casa Blanca. Esa estrategia rompería no sólo con este nuevo Mexican Moment, sino también con las expectativas de que de todo esto puede surgir algo nuevo. Y recordemos que no se pueden tener resultados distintos haciendo siempre lo mismo.
Es interesante, e importante, lo que han expresado tres de los últimos presidentes de la República sobre este momento. Ernesto Zedillo, un hombre profundamente liberal, parece ser partidario de dejar al mercado la labor de enmendar a Trump, incluso dice que es preferible abandonar el Tratado de Libre Comercio que involucrarse en una mala negociación. Lo que está diciendo, en otras palabras, es que serán los mercados y las reglas, como las de la Organización Mundial del Comercio, las que seguirán marcando la tendencia. Son muchos los que piensan que ése es un camino viable.
Carlos Salinas de Gortari, un expresidente económicamente menos liberal que Zedillo y con un sentido de intervención del Estado sobre los mercados más marcado (una idea más socialdemócrata) dice que el TLCAN no es el problema sino la solución, que lo que se debe buscar es modernizarlo no acabar con él, porque, precisamente, en el propio TLCAN, como en otros ordenamientos, están contemplados los lineamientos para hacer más productiva la región y a cada una de sus naciones. Por cierto, esa posición es la misma que plantea el Nobel de Economía, Paul Krugman, en su texto de ayer en The New York Times.
Ni Zedillo ni Salinas de Gortari vivieron, como presidentes, las etapas de presiones en la seguridad que se dieron después del 11-S. Felipe Calderón sí y sabe, quizás mejor que nadie, hasta dónde llega la verdadera colaboración en ámbitos de la seguridad global y fronteriza de nuestro país. Por eso, ha puesto un acento tan marcado en que la negociación con el gobierno de Trump debe poner sobre la mesa ese factor: el de la colaboración en seguridad, de la mano con la negociación comercial. No hay una sin la otra.
Más allá de las diferencias e incluso de los rencores existentes entre los tres, en esas propuestas se concentran buena parte de la experiencia y de las opciones en las que puede trabajar el gobierno mexicano de cara al futuro, para no caer en ninguna de las dos trampas que lo acechan: envolverse en la bandera o tratar de que el tiempo todo lo cure.
LOS MILITARES Y LA SEGURIDAD
Acosado por el tema Trump, inició el periodo ordinario de sesiones en el Congreso de la Unión. El martes, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio, dijo que, más allá de que se aprueben las leyes de mando mixto y de seguridad interior, se estipularán plazos para que estados y municipios establezcan sus propias policías y se hagan cargo de su propia seguridad, plazos que sólo podrán reponerse en una ocasión, pasada la cual se retirará a la Policía Federal y a los militares de esas entidades.
Está bien, pero recordemos que Obama, por ejemplo, prometió desde su primera campaña electoral cerrar Guantánamo y luego de ocho años no lo logró: la realidad suele ser muy cabrona. En todo caso, será difícil que estados y municipios puedan construir sus propias fuerzas de seguridad sin leyes federales que los obliguen a ello. Y que impliquen la construcción de un verdadero andamiaje federal que los abarque.
Por eso, las leyes no sólo deben incluir los mecanismos de mando (mixto o único), sino también y en forma decisiva, el modelo policial al que todos estarán obligados a ceñirse.
La ley de seguridad interior es fundamental porque la salida de las Fuerzas Armadas de la seguridad cotidiana no será ni rápida ni posible en forma absoluta. Y lo menos que se puede exigir es que los soldados y marinos que arriesgan su vida por la seguridad (y muchas veces para tapar groseros vacíos de autoridades locales) tengan un marco jurídico que los proteja.