EU-Cuba y las lecciones para México

El reacomodo se espera concreto en la correlación de fuerzas en América Latina

Ivonne Melgar

Ivonne Melgar

Retrovisor

Con besos y abrazos que dicen gracias amadísimo Martín Beltrán por ser, por existir, por estar.

La lección del pacto EU-Cuba resulta sobrecogedora: hoy la debilidad se supera con el reconocimiento de ésta y de los otros, como indispensables para sobrevivir.

Esas son las premisas —la de la coexistencia inevitable, la de la interdependencia necesaria– bajo las cuales Barack Obama, Raúl Castro y su mediador el papa Francisco construyen esta salida política que tendrá resonancia mundial.

El reacomodo se espera concreto en la correlación de fuerzas en América Latina, donde resulta evidente que a Nicolás Maduro en Venezuela le quedaron muy grandes los zapatos de su antecesor Hugo Chávez, el líder del bloque antiestadunidense que ahora se vulnera con esta decisión que va de La Habana a Washington.

La buena noticia es, sin embargo, un desafío para una política exterior que, en este sexenio, recupera la tradición priista de cultivar a los radicales del vecindario latinoamericano, llevar la fiesta en paz y cerrar boca y oídos sobre lo que pasa al interior de cada nación.

Ya tendremos oportunidad de conocer las respuestas que la cancillería a cargo de José Antonio Meade está obligada a formular en los días por venir, después del tropiezo de la Cumbre Iberoamericana, realizada en Veracruz, y a la que faltaron los presidentes de Argentina, Cristina Fernández; Brasil, Dilma Rousseff; Bolivia, Evo Morales; Cuba, Raúl Castro; Nicaragua, Daniel Ortega, y Venezuela, Nicolás Maduro.

Son ausencias que en su momento se minimizaron, pero que pesan si nos atenemos al esfuerzo que el canciller Meade le había invertido a esos gobiernos, todavía bajo la premisa de la polarización norte-sur.

Ese modelo, rebasado ahora por los preparativos de un encuentro entre Castro y Obama, tampoco puede sustituirse por el descarrilado ALCA —la iniciativa de las Américas— que en la década anterior intentaron poner en marcha George Bush y el expresidente Vicente Fox.

Los primeros pasos de la política exterior mexicana en la antesala de la reconciliación Cuba-EU tienen como fecha fatal la primera semana de enero, cuando el presidente Enrique Peña sostenga en la capital estadunidense una reunión de trabajo con Obama.

Acudiremos en lo sucesivo a una obligada redefinición en las relaciones continentales que tendrá alcances para la izquierda de la región, particularmente en el caso de los gobiernos que se definían contrarios al que siguen llamando el imperialismo yanqui.

Pero el cisma latinoamericano, también, tendrá eco en los diversos exponentes mexicanos de una izquierda atrapada en la pesadilla de Iguala. Y nos referimos tanto a la partidista como a la radical, cuyos actores se verán obligados a replantear sus definiciones.

De un lado el PRD carga con el drama de los 43 normalistas de Ayotzinapa, víctimas del alcalde José Luis Abarca, quien fuera postulado en 2012 por la coalición electoral que los perredistas conformaron con el Movimiento Ciudadano y el Partido del Trabajo.

El costo del caso alcanza al emergente Morena y al excandidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, debido a sus estrechos nexos con el grupo político al que pertenecía el encarcelado alcalde.

Con esta izquierda emplazada a reparar sus errores de gobierno, coexisten las expresiones radicales que tradicionalmente encontraron cobijo en el PRD y sus exaliados electorales.

Sin embargo, la tragedia de los normalistas ha terminado por enfrentar a los perredistas con el ala magisterial que protagoniza en Guerrero acciones de insurrección civil, rayando en un vandalismo que tiene en aprietos a los gobiernos federal y estatal.

Es en esta coyuntura de la izquierda mexicana que ahora se presenta el acuerdo político entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos.

De manera que más allá de los lugares comunes y los obligados beneplácitos, este pacto para construir el punto final de medio siglo de desencuentros trae a México un mensaje central en esta hora crítica: los históricos actores de la Guerra Fría están cansados de la confrontación.

Se trata de una moraleja de la que no podemos ni debemos ser ajenos. Y menos ahora que los radicales en el uso de la impunidad y de la fuerza —sean de izquierda, de derecha o simples mercaderes de la política— pretenden imponer su voluntad.

Lo ocurrido en la isla y en la Casa Blanca, con los anuncios simultáneos de un plan para el restablecimiento de la normalidad diplomática, constituye un atento aviso para quienes pretenden ver en las movilizaciones ciudadanas un perverso afán desestabilizador.

Pero igualmente para aquellos que quisieran apropiarse de éstas y “agudizar las contradicciones”, como dicta la versión radical chic vulgarizada del marxismo-leninismo.

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