El diálogo imposible

Para mis amados padres,Candelaria Navas y Luis Melgar, en su medio siglo de amor y complicidades. “¿Quién soy yo para prohibir que alguien se manifieste encapuchado?”, soltó Juan Pablo Espinosa de los Monteros en la oficina de la Junta de Coordinación Política ...

Ivonne Melgar

Ivonne Melgar

Retrovisor

Para mis amados padres,

Candelaria Navas y Luis Melgar, en su medio siglo de amor y complicidades.

“¿Quién soy yo para prohibir que alguien se manifieste encapuchado?”, soltó Juan Pablo Espinosa de los Monteros en la oficina de la Junta de Coordinación Política (Jucopo) de la Cámara de Diputados.

Su señalamiento era parte de una defensa de las protestas que, en el Zócalo, llegaron hasta la Puerta Mariana de Palacio Nacional, donde algunos jóvenes le prendieron fuego la tarde del sábado 8 de noviembre, un día después de que el procurador Jesús Murillo Karam difundiera la historia dantesca del fin que habrían tenido los 43 normalistas de Ayotzinapa.

De acuerdo con el planteamiento de Juan Pablo, esas expresiones resultan comprensibles y justificadas frente a la violencia que el Estado mexicano ejerce. Expuso que centrar la atención en ese aspecto de las movilizaciones es una forma de trivializarlas, de no entenderlas.

Invitado al segundo Informe de Labores del diputado federal del PRD Fernando Belaunzarán Méndez, bajo el formato de un diálogo debate en vivo por streaming, Espinosa de los Monteros le preguntó sobre la responsabilidad que su partido tenía en la desaparición forzada de los normalistas e impugnó el ejercicio de deslinde interminable que habría caracterizado a los perredistas en torno al exalcalde José Luis Abarca.

Egresado de la carrera de ciencia política en la Universidad de Monterrey, director de Comunicación Política de More Starch, su propia empresa, Juan Pablo habló de lo decepcionante que resultó ser la Reforma Política —él fue parte del movimiento #ReformaPoliticaYa— al mantener el monopolio de las candidaturas e impugnó la incapacidad del Congreso frente a casos de corrupción y de conflicto de intereses, en referencia a la casa de las Lomas de Angélica Rivera.

Enrique de la Fuente, de Democracia Deliberativa, se sumó a la reivindicación de las protestas de quienes se cubren el rostro y consideró que sería violatorio del derecho a la libre manifestación cualquier ordenamiento que penalizara como agravante esta condición, aun cuando sólo lo hiciera en situaciones de violencia.

En su alegato, el activista equiparó la crítica hacia los encapuchados con quienes pretenden justificar el acoso sexual hacia una mujer por el uso de una minifalda.

Cuando fue su turno, De la Fuente preguntó al diputado Belaunzarán si había valido la pena participar en el Pacto por México y haber apoyado la Reforma Hacendaria.

Los señalamientos de ambos invitados a la sede de la Jucopo, convertida la tarde del miércoles 10 en espacio para el diálogo, me confirmaron la idea de que los protagonistas de las jornadas globales por Ayotzinapa están dispuestos a manifestar su rechazo a la clase política y gobernante, a la que consideran ajena a sus intereses.

“No podemos permitir que crezca el monstruo de la intolerancia”, les dijo Belaunzarán, quien se ha acercado a las movilizaciones estudiantiles y recientemente acudió a la PGR para apoyar a los jóvenes que buscaban liberar a los detenidos del 20 de noviembre.

“La violencia desprestigia al movimiento, beneficia el estado de las cosas porque es totalmente antidemocrática”, sentenció el también exlíder estudiantil.

Frente a una realidad en la que la escucha y el diálogo parecen imposibles, la convocatoria de Belaunzarán a revisar su actuación en San Lázaro desde diversas voces resultó ser un paréntesis para el optimismo democrático. Porque ahí también estaba el diputado del PAN Jorge Sotomayor, impulsor de la polémica iniciativa de castigar los actos violentos en manifestaciones, estableciendo agravantes para quienes lo hagan con el rostro cubierto.

Víctima de la intolerancia de legisladores de izquierda en el pleno de la Cámara, cuando intentó explicar su propuesta, el panista tuvo en el informe de su compañero perredista un espacio para ventilar sus puntos de vista y tomar nota de lo que éstos suscitan.

Mientras el anfitrión exponía que ninguna protesta puede pasar por encima de la dignidad humana, haciendo particular referencia a los policías agredidos por los embozados, pensaba en la urgencia de tender puentes con esa generación que ha dicho “Ya basta” y cuyos integrantes son capaces de desafiar el protocolo del mismo Premio Nobel, en Oslo.

Antes de juzgarlos, necesitamos oír a esos jóvenes que se ríen de los llamados a respetar el Estado de derecho porque saben que éste es, en el mejor de los casos, una abstracción y, en la práctica, una farsa. No podemos exigirles que se comporten con decencia cuando cotidianamente atestiguan historias caracterizadas por la falta de pudor. 

Paradójicamente, ese mismo miércoles, el almirante Vidal Francisco Soberón, secretario de la Marina, se asumió públicamente enojado por la presunta manipulación de los familiares de los normalistas, evidenciando con sus declaraciones la enorme distancia que hay ahora entre el coraje de los gobernantes y el de los gobernados.

Esa brecha es parte del problema de fondo. Pretender que ésta es una coyuntura que pasará, profundiza la herida. Creer que se trata de una aparatosa turbulencia que nunca modificará el viaje es como desdeñar al relevo generacional que viene.

Temas: