La paradoja política

Con la dicha de celebrar a nuestro amado Ivo Murillo. ¿Por qué si hoy fueran las elecciones, el PRI las ganaría de calle, aun cuando su gobierno carece de buenas calificaciones en la opinión pública? Esa es la pregunta de la que ni el PAN ...

Ivonne Melgar

Ivonne Melgar

Retrovisor

                Con la dicha de celebrar a nuestro amado Ivo Murillo.

¿Por qué si hoy fueran las elecciones, el PRI las ganaría de calle, aun cuando su gobierno carece de buenas calificaciones en la opinión pública?

Esa es la pregunta de la que ni el PAN ni el PRD se ocupan, mientras queman su pólvora en infiernillos.

Acaso parte de la respuesta se encuentra en el regreso a Los Pinos de una Presidencia que pone orden en la administración de la cosa pública.

Quizá la explicación radica en que en la balanza de las carencias económicas y sociales, el potencial votante valora la manifestación de un liderazgo que consigue la obediencia de los suyos y logra ponerse de acuerdo con sus adversarios.

Tal vez frente al desprestigio de los políticos, la disciplina incluso acrítica de los representantes del PRI constituye una ventaja que el ciudadano aprecia.

Sea cual sea la respuesta, lo observado en torno al 2º Informe de Gobierno nos permite constatar que está de regreso la figura presidencial como articuladora del Poder Ejecutivo, su gabinete y su partido.

Porque a diferencia de la sana distancia que Ernesto Zedillo proclamó en su momento, el presidente Enrique Peña Nieto es asumido por los priistas como su líder nato, el conductor de un proyecto de gobierno que, simultáneamente, es la plataforma del partido.

Esto es así en el discurso cotidiano de los dirigentes priistas que hablan de su lealtad y reconocimiento al Presidente. Lo escuchamos en César Camacho, como responsable del PRI; en los jefes de las bancadas en el Congreso, el senador Emilio Gamboa y el diputado Manlio Fabio Beltrones. Y en cada uno de los secretarios de Estado que en cualquier declaración anteponen “por instrucciones del señor Presidente...”.

Peña Nieto está al mando del PRI y si las encuestas de popularidad lo maltratan, las electorales lo premian. Porque en la política cuentan los resultados. Pero también, y mucho, los liderazgos.

En contraste, ensimismada en sus pleitos internos, la oposición no parece darse cuenta de esa paradoja que desde ya augura su derrota en las urnas, en julio próximo.

Porque si bien este fin de semana ambos partidos comenzarán a prepararse para el reparto de candidaturas, en ninguno se asoman estrategias para remontar sus problemas de fondo: la disputa interna por la conducción, un torpedeo permanente a quien intenta llevar el timón.

Esa circunstancia es evidente en los panistas que representa Gustavo Madero, inmersos en el desgaste del fuego amigo, distrayéndose en escándalos que se masifican en los medios y las redes sociales.

No se trata de un político sin oficio ni exento de capacidades, como pretendieron hacerlo parecer los afines al expresidente Felipe Calderón. Su desgracia ha radicado, eso sí, en la mala reputación de sus operadores en el Congreso: el depuesto coordinador de los diputados, Luis Alberto Villarreal García, y el senador Jorge Luis Preciado, impugnado por los legisladores a los que nunca supo organizar.

Sin embargo, Madero se niega a la pendiente cicatrización entre su grupo y los calderonistas, un proceso que este sábado debería apuntalarse cuando el Consejo Nacional del PAN apruebe el reglamento de selección de candidatos. De lo contrario, la pelea continuará erosionando a un partido donde se hacen purgas, negocios y hasta reformas estructurales. Menos política.

El déficit resulta explicable: para hacer política se necesitan políticos. Y todo indica que en Acción Nacional escasean. Algunos liderazgos están muy lejos de la dirigencia: Margarita Zavala, Josefina Vázquez Mota, Diego Fernández de Cevallos.

El torpedeo no es menor en el PRD, donde poco cuentan las figuras alguna vez presidenciables y populares como Marcelo Ebrard y el jefe de gobierno, Miguel Ángel Mancera.

Porque en los hechos el partido conformado por tribus se alimenta de clientelas que este domingo saldrán a votar por consejeros nacionales y locales, una militancia activa que mostraría músculo al reunir más de un millón de votantes.

Aun cuando esta elección —la primera organizada por el INE— revelará quién es quién en el dominio de los territorios, se da por descontado que en octubre Carlos Navarrete tomará la presidencia del PRD relevando a su compañero de corriente, Jesús Zambrano.

Y es previsible que la gente de René Bejarano y los detractores de Los Chuchos lamentarán que no pudieron “salvar la unidad del partido” con la aclamación de Cuauhtémoc Cárdenas. El mismo líder de hace más de 25 años.

Se dirá que estas dinámicas de desgaste no son nuevas y que es el costo que el PAN y el PRD pagan por ser fuerzas democráticas, donde la línea resulta imposible.

El problema es que ahora esa forma de ser partido se convierte en un lastre para competir con un PRI donde las impugnaciones sólo existen para descalificar a los opositores. Faltaba más. De eso se trata el juego electoral.

En el hipotético escenario de que la oposición afronte esta nueva realidad, PAN y PRD tendrían que hacerse cargo de una ruta electoral destinada a remontar su crisis compartida: la falta de liderazgos —así sean convenidos— para canalizar en una dirección común los esfuerzos partidistas.

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