El código peñista del poder

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Ivonne Melgar 30/08/2014 01:22
El código peñista del poder

En la espera de que las promesas de un mejor futuro se hagan realidad en la vida cotidiana de los mexicanos, hay dos certezas que marcan el segundo corte de caja del primer gobierno federal del PRI en la alternancia: capacidad de operación política y control en el ejercicio del poder.

Y es que en su regreso a la Presidencia de la República, el partido del otrora viejo régimen ha sabido combinar la disciplina de los suyos en torno a las decisiones del Ejecutivo con amplios márgenes de negociación para construir acuerdos con el PAN y el PRD.

Los resultados están a la vista: Enrique Peña logró concretar en 20 meses las reformas que desde hace dos décadas sus antecesores señalaron como imprescindibles para trazar la ruta del crecimiento perdido.

En ese proceso de confección de cambios constitucionales para Pemex, CFE, la competencia electoral y la competencia económica, particularmente en el sector de las telecomunicaciones, el Presidente, su equipo y representantes en el Congreso han conseguido ir acuñando un nuevo código que da pauta incluso el comportamiento de los interlocutores de la oposición.

Nada mejor para ilustrar este fenómeno que la forma en que se operaron las designaciones de los perredistas Silvano Aureoles Conejo y Miguel Barbosa como presidentes de las Mesas Directivas de la Cámara de Diputados y del Senado, respectivamente.

Sin motines de por medio, ambos políticos de izquierda, coordinadores de sus fracciones en los dos primeros años de la LXII Legislatura, siempre tuvieron claro que el principal acuerdo debía realizarse con sus contrapartes del PRI: Manlio Fabio Beltrones, en San Lázaro, y Emilio Gamboa, en la Cámara alta.

Si bien discursivamente el dirigente del PRD, Jesús Zambrano, exalta la condición inédita de que dos cuadros de su partido tendrán simultáneamente la máxima representación parlamentaria, en los hechos el visto bueno de la cúpula perredista no fue determinante para conseguir el aval del gobierno federal.

Porque en este nuevo código, el requisito indispensable para aspirar al cargo fue contar con el respaldo de Los Pinos. Y sólo cuando ello se garantizó, hubo entonces que cubrir el trámite del apoyo formal del partido.

Aquí vale subrayar que si bien Aureoles Conejo negoció con Los Chuchos la presidencia de San Lázaro para unos cuantos meses como parte de su campaña a la gubernatura de Michoacán, a cambio de ya no insistir en la candidatura de unidad de Cuauhtémoc Cárdenas para dirigir el PRD, en el caso de Barbosa el cabildeo prescindió de la intervención de Zambrano, con quien la relación es tensa y distante.

Y es que en el nuevo código, el ejercicio del poder implica fijar las condiciones de cuando éste, como en el caso legislativo, debe compartirse. No en balde los perredistas se conformaron con una presidencia breve y aceptaron un acuerdo que deja la puerta abierta para que el Partido Verde la asuma de manera automática cuando el michoacano se vaya, recayendo en el ahora primer vicepresidente de la cámara, Tomás Torres Mercado.

Porque en el nuevo código hay premios a los aliados que cumplen su palabra y castigo para los que rompen las reglas. Así, la toma de tribuna y el bloqueo al recinto en la sesión para aprobar la Reforma Energética, en diciembre pasado, descarriló las aspiraciones de Aleida Alavez Ruiz de presidir San Lázaro.

Ni las promesas de que estaría a la altura del cargo le quitaron el veto priista a la vicepresidenta de la Cámara y líder de los diputados de Izquierda Democrática Nacional (IDN) del profesor René Bejarano.

Esta mecánica ventilada por los protagonistas de las negociaciones establece una diferencia crucial con los sexenios del PAN, cuando la oposición armaba sus equilibrios en el Congreso echándole montón a los panistas.

Basta recordar que el 1 de septiembre de 2007, en la entrega del primer informe del presidente Felipe Calderón, la titular de la Mesa Directiva, la entonces diputada del PRD, Ruth Zavaleta —ahora en la bancada del partido Verde— abandonó el recinto para evitarse la molestia de coincidir con quien su partido llamaba “el espurio”. 

Con ese antecedente debemos dimensionar el giro que hoy se observa cuando Aureoles Conejo y Barbosa declaran insistentes que serán respetuosos de la investidura presidencial y que acudirán a cuantos eventos se ofrezcan. Y que tendrán un comportamiento institucional y republicano.

Nada qué ver con el “estoy a dieta” de Rosario Robles cuando como jefa de Gobierno del DF fue invitada a cenar a la residencia presidencial por Ernesto Zedillo. Ni con el cubreboca con el que Marcelo Ebrard llegó a la reunión de emergencia por el brote  de influenza, pretextando que darle la mano a Felipe Calderón era un riesgo sanitario.

Y no es que en el nuevo código la descortesía sea un pecado. Aunque claro que las formas cuentan. El asunto de fondo es que se sigue al pie de la letra la máxima de Varys, el consejero de los rumores del trono de hierro en la serie estadunidense Games of Thrones, uno de los programas favoritos en Los Pinos: “El poder reside donde los hombres creen que reside. Ese es el gran truco”.

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