¡No es la moral!

La descomposición en el PAN no está en la moral. Esa que los pragmáticos de cualquier partido reivindican con la definición del cacique potosino del viejo régimen, Gonzalo N. Santos: “La moral es un árbol que da moras”. Claro que la declaración del expresidente ...

Ivonne Melgar

Ivonne Melgar

Retrovisor

La descomposición en el PAN no está en la moral. Esa que los pragmáticos de cualquier partido reivindican con la definición del cacique potosino del viejo régimen, Gonzalo N. Santos: “La moral es un árbol que da moras”.

Claro que la declaración del expresidente Felipe Calderón sobre Acción Nacional resultó ser un golpe mediático en su nuevo regreso a los reflectores, justo en el peor día de la gestión del presidente blanquiazul, Gustavo Madero, hoy por hoy su adversario número uno.

“Me da tristeza y pena. Yo lo que veo es un proceso de degradación y descomposición moral y de corrupción que no sé qué límite pueda tener”, soltó el exmandatario.

Ese miércoles, el dirigente panista anunció que José Isabel Trejo Reyes sustituiría a Luis Alberto Villarreal García al frente de la bancada en San Lázaro. Era el saldo de la difusión del video de “la fiesta de los diputables”, donde el excoordinador, el exvicecoordinador Jorge Villalobos y sus cercanos bailan o apapachan a bailarinas contratadas. El golpe surtió efecto en lo que Madero asumió como un daño a la imagen del partido.

Pero la forma en que se maneja esa crisis al interior del PAN evidencia que el problema de fondo no es si por la mañana sus legisladores condenan la llamada trata de personas —porque en ese costal se incluye ahora cualquier modalidad de sexoservicio— y por la noche disfrutan de su existencia.

Tampoco parece agobiar a los panistas que los acusen de prácticas que caracterizan a los gobiernos y legisladores de cualquier signo: prerrogativas millonarias, pago de subvenciones y el uso del poder en beneficio de negocios, sean obras, permisos o licitaciones siempre supeditados a una comisión, moche, porcentaje o algún favor a cambio.

No. Lo que realmente vulnera al PAN frente a lo que sucede en otras fuerzas partidistas es la incapacidad de la cúpula, de los principales cuadros y de los denominados activos —leáse figuras destacadas— para procesar sus diferencias internas y mantener vigentes los acuerdos que requieren para sobrevivir.

Es un mal heredado del sexenio anterior cuando el presidente Calderón, en su rol de líder de facto del PAN desde Los Pinos, no supo diseñar una fórmula incluyente. Ni frente a los grupos del partido como tampoco en la elección de dirigentes o candidatos a gubernaturas y a la Presidencia.

Acaso porque no era un panista de cepa, sino un colado advenedizo, Vicente Fox se plegó a las reglas del partido. Tenía en Santiago Creel a su favorito para la grande e intentó abrirle camino a Marta Sahagún como prospecto. Pero a la hora de la verdad asumió la decisión de los militantes. Y jugó rudo e intenso para conseguir que Calderón le ganara a Andrés Manuel López Obrador con aquella controvertida ventaja de 0.6%, equivalente a un cuarto de millón de votos.

Otra fue la situación de Josefina Vázquez Mota como abanderada presidencial en 2012. Porque en su campaña nunca hubo apoyo ni emoción presidencial. Por el contrario, el calderonismo la dio por derrotada desde el momento en que ella le ganó la contienda interna al precandidato de Los Pinos, el senador Ernesto Cordero

Esa fue una expresión más del sectarismo que marcó la gestión del presidente Calderón. Por eso, la purga de Manuel Espino, la distancia con Fox, el impulso en la dirigencia de sus afines de entonces —César Nava y Germán Martínez— y el pleito con Madero, a quien no pudo controlar.

Lejos de aprender la lección del costo que conlleva la incapacidad de sumar, la actual dirigencia del PAN se encuentra rehén de intrigas de quinta.

Es el caso de la versión de la ruptura de Madero con el gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle, quien hace tres meses fue determinante en su reelección. Y de la especie de que Villarreal García cayó de la gracia del primero por inclinar su balanza hacia el segundo. Cuánto chismerío. Verídico o no, resulta de risa saber que pelean por 2018, cuando ni siquiera se han puesto a trabajar para salir dignamente librados en la contienda de 2015.

Lo cierto es que los testimonios de quienes laboran en el partido muestran su fragilidad institucional: los maderistas desconfían de los enviados poblanos que conducen las oficinas de Comunicación Social, Vinculación y Elecciones. Y literal: unos y otros se esconden porque se consideran espiados. De pena ajena.

Esa patética forma de coexistir podría quedar en anécdota sino fuera que daña la vida cotidiana de la Cámara de Diputados y el Senado, donde el recelo del dirigente sigue marginando a los que nos son de su grupo.

Y si ésta será la pauta en el reparto de candidaturas para el próximo año, los videos del fuego amigo, las disidencias, el divisionismo y los caballos de Troya se abrirán paso.

Mientras los disciplinados priistas evitan escisiones y su presidente César Camacho reivindica al defenestrado Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, y los perreditas aceitan su maquinaria de asignación de cuotas entre tribus y cuidan que la Contraloría del DF no arañe a Marcelo Ebrard, los panistas parecen una caricatura de la decadencia romana.

No. El problema del PAN no es el árbol que da moras. Es el encono. Es la incapacidad de hacer política la que lo está socavando.

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