… perder el partido

El casi lugar común el que casi siempre es una verdad popular afirma que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. De entrada hay que escribir que a ese aforismo, convertido casi en refrán, se le conoce como el “dictum de Acton”, en ...

El casi lugar común (el que casi siempre es una verdad popular) afirma que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. De entrada hay que escribir que a ese aforismo, convertido casi en refrán, se le conoce como el “dictum de Acton”, en referencia a su autor John Emerich Edward Dalberg-Acton (1834-1902), conocido como Lord Acton, historiador inglés, católico él para más señas, crítico del nacionalismo.

El escribidor también escuchó decir muchas veces a Eduardo Valle El Búho que los conflictos entre políticos o entre facciones de partidos políticos nunca eran por principios ideológicos, sino por el poder. Y la simple experiencia enseña que esencialmente los poderosos son aquellos que tienen o administran dinero, ya sea el suyo o el público.

Como algunos lectores saben, entre las labores reporteriles que realizó el escribidor está la de haber cubierto, entre otras fuentes informativas, al Partido Acción Nacional (PAN) entre 1979 y 1994, así que le tocó ver, oír, reportear algunos debates y confrontaciones internas entre individuos y grupos de ese partido. Por necesidad del oficio conoció también otros conflictos internos entre panistas de otros años, como aquella discusión sobre la pertenencia o no en la democracia cristiana a principio de los años sesenta o sobre el solidarismo (la corriente de Efraín González Morfín), unos diez años después.

Los panistas de entonces presumían sus debates ideológicos internos y las discusiones sobre sus candidaturas como una muestra de sus prácticas democráticas y los contraponían al dedazo presidencial y a la “disciplina” (sumisión) partidista del PRI. Eran prendas para lucir en el pecho. Su lucha contra la corrupción imperante era una de sus banderas más apreciadas y cuidadas; “el partido de los decentes”, les llamaban con sorna los priistas aludidos.

A veces, los conflictos fueron lo suficiente graves, el de 1976 por ejemplo cuando se enfrentaron dos facciones sobre la presunta participación partidista a trasmano de los empresarios del Grupo Monterrey, como para que el PAN se quedara sin candidato a la Presidencia de la República, situación que provocó la ley vigente que castiga con la pérdida del registro oficial al partido que no postule aspirante en las elecciones presidenciales.

En los años ochenta, en el sexenio de Miguel de la Madrid, el PAN comenzó a obtener una mayor fuerza política-electoral. Los gobiernos de Luis Echeverría y de José López Portillo (“la docena trágica”, la llamó el escarnio popular) provocaron la desesperanza de muchos mexicanos en su país y en su sistema de gobierno. Y el PAN fue el partido que comenzó a recibir nuevos militantes. “Los bárbaros del norte”, les llamó burlonamente Fidel Velázquez, aquel casi eterno líder obrero de la CTM y, luego en su propio partido, fueron denominados “neopanistas”.

Esa avalancha de militantes —la mayoría individuos, pero muchos también provenientes de agrupaciones políticas y sociales— y la nueva legislación electoral que consagró el financiamiento público de los partidos políticos provocó otro debate y conflicto interno e, inclusive, un desprendimiento de militantes que se sintieron perdedores.

Entonces, se habla todavía de los principios de doctrina panista, del ideario de Manuel Gómez Morin, de la actualización que de él había hecho Adolfo Christlieb Ibarrola; se citaba a los González Luna y González Morfín, al todavía muy joven Carlos Castillo Peraza… nombres y apellidos que ya comenzaban a significar poco para muchos de los que llegaban atraídos por la probabilidad del poder y, sobre todo, del dinero que produce.

En 1996, en la contienda por la dirigencia nacional se enfrentaron Felipe Calderón Hinojosa y Ernesto Ruffo, el primer mexicano al que apenas hace 25 años se le reconoció el triunfo en una gubernatura, y entonces ya no se veía tan lejana la probabilidad de llegar a la Presidencia de la República. Era tal, que Calderón basó su campaña interna en la frase aquella de: “Ganar el gobierno sin perder el partido”.

En septiembre de 2014, el PAN está dividido, hoy sí dividido. No por un debate interno o discusión ideológica alguna; hay una lucha descarnada por el poder, por los cargos públicos y partidistas. No hay nada para presumir.

Hoy, por lo menos públicamente, en el conflicto interno del PAN nadie cita a los Gómez Morin, González Luna, Christlieb Ibarrola, González Morfín, Castillo Peraza, entre otros. Hoy los dirigentes, coordinadores parlamentarios, diputados, senadores y militantes panistas hablan públicamente de moches, sensuales bailarinas, sobornos de medio millón de pesos, invitaciones con prostitutas, pagos de vacaciones… 

Gustavo Madero, su presidente nacional, reconoció ayer que en el PAN hay corrupción, pero —al parecer a manera de justificación y consuelo— afirmó que eso ocurre en todos los partidos y que en el PRI son cinco veces más corruptos...

Temas: