En los libros hallarás
La menor de mis hijas tiene 12 años. Durante ese lapso ha estado expuesta, en México y Estados Unidos, al intenso bombardeo de la publicidad seductora de las bebidas y alimentos mal llamados chatarra. Eso sin contar las presiones de una tía terca que finalmente se ...
La menor de mis hijas tiene 12 años. Durante ese lapso ha estado expuesta, en México y Estados Unidos, al intenso bombardeo de la publicidad seductora de las bebidas y alimentos mal llamados chatarra. Eso sin contar las presiones de una tía terca que finalmente se rindió cuando no pudo obligarla a beber Coca-Cola desde chiquita. Los hábitos alimenticios de mi hija son sanos y normales, y ella no bebe absolutamente nada que no sea agua limpia. En nuestros días, por decisión y mandato de nuestros legisladores, ella y sus compañeros de escuela no pueden ver anuncios de papas fritas, chocolates, malvaviscos, leche saborizada, Churrumáis, chiclosos, Fritos, jugos y néctares de frutas, entre otros productos satanizados. Los que insistan en anunciarse en cine o televisión y en los horarios en que hay que proteger a nuestros niños —porque la virtud sale de cuatro a cinco— están siendo multados.
En 1928, Elzie Crisler Segar inventó un personaje para una tira cómica del King Features que debutó en enero del año siguiente. Era un marinero tuerto, adicto al tabaco en pipa, los tatuajes en los brazos y una mujer flaca llamada Aceituna, traducida como Oliva. Él se llamó Popeye, y su principal característica es que, en situaciones críticas, adquiere una fortaleza casi heroica zampándose una lata de espinacas. Los que pensaron que Popeye convenció a los niños a comer con gusto espinacas, acelgas, garbanzos, lentejas, verdolagas y todos los vegetales que de niños todos odiamos, y hoy procuramos en los restoranes caros, son más infantiles que sus hijos y nietos que todavía ven los vintage cartoons que ahora firma, me parece que Bud Sagendorf.
El problema es más serio que la prohibición de anunciar refrescos o frituras. El asunto es que los legisladores, que de suyo no traen un bagaje cultural sólido, tienen que saber todo de todo para poder legislar. Y ya nos dimos cuenta de que no tienen ni puta idea de lo que es renta petrolera, valor calórico, arrecifes coralinos, migración, soberanía nacional, contaminación ambiental por vehículos de combustión interna, impuesto sobre la renta, pasivo laboral o costo de la vida. De todo ello, y de muchas otras cosas más, como el rey de la canción, su palabra es la ley.
Aquí es donde entran dos pandillas que en realidad debe ser una sola con diferente camiseta. Los asesores y los cabilderos. Se supone que ambos conocen los vericuetos de cada materia sobre la que se legisla y aportan a los diputados y senadores información, ideas, actitudes y frecuentemente textos hechos para que en ese sentido decidan. A los asesores los paga el gobierno, las cámaras, con dinero nuestro. A los cabilderos las empresas interesadas en tal o cual materia con el dinero que los capitalistas ganaron a nuestras costillas.
Es imposible soñar con que nuestros legisladores tengan la sapiencia y madurez de los senadores de la antigua Grecia, aunque muchos hayan alcanzado ya la senilidad a pesar de su no tan provecta edad. ¿Sería mucho pedirles una cierta bondad en la voluntad, una cierta simpatía por el bien común? Si no lo hacen, estamos jodidos todos y ustedes.
Volviendo a los Churrumáis y Popeye el Marino, diputados y senadores podrían comenzar por entender que los hábitos alimentarios que forman parte de la educación —como el bullying— no se adquieren en la sociedad, la escuela o los medios, que forman parte de la escuela. Todos ellos nos proporcionan información, instrucción. Cantaba el Patas Verdes con sus amigos que en los libros hallarás el tesoro del saber.
La educación se mama en casa.
