Capital
Nací en el Distrito Federal y durante todos estos años he tenido la fortuna de atestiguar la evolución política de esta ciudad de paradojas. Una urbe que, fiel a siglos de centralismo en el país, es el núcleo del poder político en México. Pero en la que la elección ...

Fabiola Guarneros Saavedra
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Nací en el Distrito Federal y durante todos estos años he tenido la fortuna de atestiguar la evolución política de esta ciudad de paradojas.
Una urbe que, fiel a siglos de centralismo en el país, es el núcleo del poder político en México. Pero en la que la elección democrática de sus gobernantes, por increíble que parezca, es una práctica que no ha cumplido siquiera 20 años.
También he estado muy cerca de Oaxaca y presumo que soy oaxaqueña por derecho de sangre, así como lo dijo Porfirio Muñoz Ledo cuando reclamó su derecho a contender por la gubernatura de Guanajuato en 1991. En la tierra de mis abuelos, la democracia, al menos desde el punto de vista formal, es una práctica arraigada, en la que conviven los mecanismos formales con los usos y costumbres.
Bastión priista durante décadas, la oposición logró apoderarse, primero, de la capital y, luego, de la gubernatura, esta última por medio de una coalición que unió al PAN con los partidos de izquierda. Así, Oaxaca es un ejemplo de una transición en la que la democracia se tradujo al menos en pluralidad en el ejercicio del poder. Si eso sirvió para mejorar la vida cotidiana de la gente, es otro debate. Seguramente, el saldo de esa pluralidad será negativo por la ingobernabilidad y las crisis económica, social y educativa que se viven en la entidad.
Como sea, con sus imperfecciones, la democracia a la oaxaqueña es mejor que no tener ninguna. Como ocurría en la capital del país durante mi niñez y adolescencia.
La entidad más habitada del país carecía de mecanismos para la elección de sus gobernantes. El Presidente de la República designaba un jefe de Departamento al que también se conocía como regente, y las demarcaciones estaban encabezadas por delegados. Tema tabú durante décadas, el ostión comenzó a abrirse con las movilizaciones populares que cimbraron a la capital del país (el terremoto de 1985, el movimiento estudiantil de 1987, el cardenismo en 1988) y derivaron en sucesivas reformas políticas que resultaron, primero, en la creación de la Asamblea de Representantes (luego Asamblea Legislativa) y después en la elección por voto universal y directo del jefe de Gobierno (efectiva en 1997) y, posteriormente, de los jefes delegacionales.
Por supuesto, haber atestiguado como habitante de esta ciudad y como periodista esta evolución me hace entender perfectamente que se trata de un proceso inacabado. Que no basta con que los habitantes de una comunidad cuenten con la facultad de elegir a quienes deberán resolver las necesidades colectivas más apremiantes, sino que debe haber un andamiaje jurídico e institucional que le permita diseñar las políticas públicas más convenientes.
Así como al país le ha hecho falta una gran reforma del Estado que ajuste a una realidad más racional la conformación de sus órganos de representación y de gobierno (¿de veras necesitamos una Cámara con 500 diputados, de los cuales 200 llegan sin necesidad de hacer campaña? ¿Hace falta un Senado que, en teoría, representa el pacto federal, pero cuya conformación está diseñada a la medida del sistema de partidos imperante?), a la ciudad capital le había hecho falta una propuesta integral de, por decirlo de manera moderna, reingeniería institucional.
La Reforma Política del Distrito Federal, aprobada el pasado miércoles en el Senado de la República, es un paso relevante en la corrección de una anomalía histórica: la de una ciudad que fue el catalizador de la transición democrática nacional, pero cuyas prácticas cotidianas en su propio territorio se habían quedado rezagadas en relación con las del resto de las entidades.
Entiendo que será difícil transmitir a mucha gente la importancia de que esta ciudad tenga un nombre que le haga justicia, una Constitución propia, autonomía de gestión y alcaldes en lugar de jefes delegacionales. Muchos se preguntarán si con esos cambios por fin arreglarán sus baches.
Por supuesto, la reforma es mucho más que eso. Pero tendrá que esperar. La Cámara de Diputados consideró que el consenso alcanzado en el Senado no es suficiente para dar luz verde al proceso y decidió enviarla a comisiones. Ojalá el bloqueo no haya sido motivado por el cálculo electoral.
Twitter: @Fabiguarneros