El avión…
Nicolás Maduro cree que se le da hacerse el chistoso, aun cuando no tiene ni el 10% de la gracia de Hugo Chávez. Al fallecido mandatario se le podían cuestionar muchísimas cosas, pero nadie dudaba de su condición de hombre fuerte de Venezuela, la cual hizo valer con ...

Fabiola Guarneros Saavedra
Mensaje directo
Nicolás Maduro cree que se le da hacerse el chistoso, aun cuando no tiene ni el 10% de la gracia de Hugo Chávez.
Al fallecido mandatario se le podían cuestionar muchísimas cosas, pero nadie dudaba de su condición de hombre fuerte de Venezuela, la cual hizo valer con polémicas decisiones como la de enfrentar a gobiernos a los que consideraba aliados de Estados Unidos, a las que imprimía su toque dicharachero, como cuando llamó a Vicente Fox “cachorro del imperio” y le pidió que no se metiera con él “porque saldría espinado”.
Ya convertido en “pajarito chiquitico” según su sucesor, Chávez parece inspirar las acciones de un Maduro que evidentemente heredó aquella beligerancia diplomática y el discurso ocurrente, aunque en un contexto mucho más ominoso, que es el que parece estar detrás del avión de matrícula mexicana destruido hace más de una semana en el país sudamericano.
Desde que se dio a conocer el pasado 6 de noviembre, el caso del jet privado Hawker quemado dos días antes en la región de Alto Apure, al sur de Caracas, ha estado rodeado de misterio, al que se ha sumado la actitud provocadora de Maduro frente al reclamo de la cancillería mexicana de información fiable.
De entrada, pareció curarse en salud con la advertencia de que han derribado unas 30 naves por estar vinculadas con el narcotráfico. Su gobierno reportó en una nota diplomática que los ocupantes de la aeronave la habían abandonado antes de su “inhabilitación”. Y días después reprochó que el gobierno mexicano estuviera abogando por un avión que, dijo, estaba “hasta el full de cocaína”.
Si en efecto así era, ¿por qué entonces fue incinerado, con lo cual se destruyó evidencia criminal? Esa es la pregunta que justo formuló el procurador General de la República, Jesús Murillo Karam, en la entrevista que concedió el pasado miércoles a Pascal Beltrán del Río, en Excélsior Televisión, y en la que consideró que “estamos todavía en ayunas en cuanto a información de allá”.
No es el único. Más que “abogar”, lo que preocupa a los mexicanos es que nuestro país siga siendo un territorio clave para el trasiego de droga a escala continental, y para su combate se requiere de la cooperación sin regateos de las naciones involucradas. Claro, si es que se tiene claro quién es el enemigo común.
Por más que el gobierno venezolano esté acostumbrado a tirar aviones repletos de droga, no creo que le resulte indiferente el hecho de que haya cruzado su territorio una aeronave cuya tripulación salió de Querétaro presentando documentación apócrifa, y que antes de pasar por Apure había hecho escala en Antillas Holandesas, donde había presentado un nuevo plan de vuelo para llegar a Honduras.
Está muy bien pedir explicaciones a Venezuela, pero al gobierno mexicano debiera preocuparle qué pasó aquí en México con las autoridades de la dirección general de Aeronáutica Civil, de Migración y del Servicio de Administración Tributaria, que sellaron sin problemas la salida de la aeronave.
Este solo hecho debe ser motivo de preocupación para los propios mexicanos, porque exhibe la vulnerabilidad de los candados de seguridad contra la falsificación de documentos y la facilidad con la que una aeronave que desarrolla actividades ilícitas, puede salir del país (obviamente retumba en nuestros oídos la palabra corrupción).
Al gobierno de Venezuela le convendría trabajar en conjunto con México sobre todo porque la ruta que seguía la aeronave ya había sido señalada por Estados Unidos como uno de los principales corredores para el tráfico de cocaína.
Como publicó Excélsior el martes, los senadores estadunidenses Dianne Feinstein y Chuck Grassley presentaron el 13 de septiembre de 2012 un informe para prevenir al gobierno de Barack Obama sobre la necesidad de reforzar las medidas de seguridad en el Caribe.
El documento alerta que 20% de la cocaína que cruza por el Caribe con destino a la Unión Americana se mueve vía aérea y recorre precisamente Apure, Antillas Holandesas y Honduras, justo los puntos geográficos que estaban en el itinerario de la nave cuyo origen, procedencia y propósitos pareciera que también fueron consumidos por el fuego, a menos que sobre él se haya tendido una cortina de humo.
El informe, que pasó prácticamente inadvertido en su momento, nos recuerda el cáncer que aún nos azota y por qué les preocupa tanto a nuestros vecinos del norte: “Brutales organizaciones criminales luchan por el control de las rutas de tráfico no sólo en México, sino en toda Centroamérica (...) Estados Unidos debe permanecer vigilante para garantizar que los traficantes no se adueñen de la región”.
En medio de esta polémica, una anécdota de humor involuntario documenta el verdadero talante de los herederos del chavismo: en su afán de denostar al opositor Henrique Capriles, un canal oficialista publicó una foto de éste con el senador mexicano Javier Lozano, confundiéndolo con un empresario al que acusan de conspirar contra la economía venezolana. Si ese es el rigor con el que actúa la clase gobernante venezolana, no extraña la indolencia de Maduro frente a un caso como el del jet Hawker, que pone a su país como parte de la ruta internacional del narcotráfico, lo que nunca resulta agradable a los ojos de Washington. En el sentido figurado de la frase, pretenderá que resuelve el problema con sólo “darnos el avión”.
Twitter: @Fabiguarneros