Drama brasileño

Parece que tanta felicidad se ha acabado y ha entrado en una espiral que no se sabe cuándo terminará, porque las noticias son cada día peores.

El drama de lo que está ocurriendo en Brasil es, probablemente, uno de los más graves en muchos años en nuestra región latinoamericana. Y, como ocurre muchas veces, se presentó de improviso, o eso es lo que aparenta, a pesar de que en realidad se venía gestando desde años antes. Posiblemente la fecha en que inició fue cuando el Fondo Monetario Internacional tuvo que entrar al rescate, en el año 2002, y posteriormente se produjo una sorprendente recuperación hasta la crisis de 2008. El crecimiento del PIB de Brasil en esos años fue superior al 4% anual, lo cual constituyó una de las muchas envidias de México con respecto a nuestro competidor, en muchas áreas, del sur del continente.

Se convirtió en el gran exportador de automóviles, azúcar, soya, café, acero y, por supuesto, petróleo. Entró a formar parte del grupo de naciones llamadas emergentes, que son denominadas BRICS, por las iniciales de los países Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, mismos que se convirtieron en la gran envidia de los gobiernos panistas mexicanos, los cuales no supieron manejar, como muchos otros temas, las relaciones exteriores y perdieron una oportunidad de formar parte de ese grupo que se consideraba la crema y nata del futuro. Claro que ahora dos de ellos se encuentran en terribles dificultades, ya que tanto Brasil como Rusia la están pasando difícil.

En el periodo en el cual el carismático presidente Lula le dio lustre a esa nación, con su condición de líder de los trabajadores, implementó varias políticas favorables a los pobres y la clase media, empezando por su política de “hambre cero”, misma que ahora estamos copiando en parte en México. También hubo una clara mejoría económica que permitió que el consumo creciera y las inversiones, tanto privadas como públicas, aumentaran durante el primer decenio de este siglo.

Fue tal el éxito de las políticas de Lula que su sucesora, la señora Rousseff, no tuvo problema alguno para ganar su primer mandato en el año 2010, y tampoco le fue muy difícil ganar el segundo, en octubre del año pasado.

Sin embargo, de pronto parece que tanta felicidad se ha acabado y ha entrado en una espiral que no se sabe cuándo terminará, porque las noticias son cada día peores. Su moneda, el real, se ha devaluado 30% en un año; la inversión cayó 8% el año pasado y no se ve que mejore, y la inflación anualizada está sobrepasando el 7 por ciento.

Desgraciadamente, el gran detonador de toda esta crisis es, una vez más, la corrupción, la cual, según la información que se ha publicado, se asemeja a la de los países más corruptos de África o de las naciones que surgieron a partir de la disolución de la Unión Soviética. Se calcula que la sustracción de recursos económicos de la empresa petrolera nacional, Petrobras, alcanza hasta ahora la cifra de mil millones de dólares, mismos que fueron desviados, fundamentalmente, para los miembros del Partido de los Trabajadores y otros que son socios de éste en el gobierno. Para colmo de la señora presidenta, ella era la responsable del consejo de Petrobras en los años de mayor corrupción.

La salida de Brasil de la crisis no se ve fácil, más ahora que los precios de algunas materias primas están a la baja, como es el caso concreto del petróleo, y meterse en los prolegómenos de la austeridad y la reducción de las prestaciones sociales causará problemas serios de manejo político. De lo que no queda la menor duda es de que les urge un cambio de dirección, un salto hacia adelante, empezando, por supuesto, con el procesamiento de todos los corruptos, sean altos funcionarios del gobierno, del Congreso o de los partidos, así como de los miembros del sector privado, tanto nacionales como extranjeros, que se beneficiaron de esta corrupción.

Es una lástima que haya sucedido esto, pues en ese gran país muchas de las cosas que hizo Lula, y que continuó Rousseff, fueron buenas para las clases más desposeídas y ahora están en ascuas por lo que pueda pasar.

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