Donald Trump en la prisión de Stanford

Ya escribí hace dos años sobre lo que se conoce como El experimento de Stanford. Diseñado por el sicólogo Philip Zimbardo, el experimento buscaba entender el efecto de la percepción del poder en las personas. Reclutó a estudiantes de la Universidad 
de Stanford y a unos los hizo guardias 
de prisión y a otros prisioneros. Los estudiantes que jugaban el papel de guardias desarrollaron, en unos cuantos días, tales actos de autoritarismo y crueldad contra los supuestos prisioneros, que el experimento tuvo que suspenderse 
a las dos semanas.

Recientemente, en 2003, en la prisión de Abu Ghraib en Irak, soldados americanos se comportaron siguiendo el mismo Efecto Lucifer, descrito por Zimbardo décadas antes. Sus fotos, cometiendo actos barbáricos, recorrieron el mundo. Por supuesto que sería poco riguroso aplicar el Efecto Lucifer al inminente Presidente de Estados Unidos, porque aquél intenta explicar cómo es que ciudadanos comunes son capaces de cometer actos de barbarie y el rey del implante capilar no es ni ha sido un ciudadano común.

Para el caso Trump, lo pertinente del experimento de Stanford es el impacto de la percepción del poder en la sique de un individuo con claros síntomas de megalomanía. Si con un tuit y una llamada telefónica puedo rendir de rodillas al CEO de la poderosa Ford, qué no puedo hacer, se preguntará próximamente desde la Oficina Oval. El problema que tenemos enfrente es que cada vez que sus amenazas y tuits tienen efecto, se reforzará la percepción de poder absoluto.

Por tanto, lo que tenemos que hacer como país es desconstruir la percepción de poder con respecto a México. Y construir una narrativa del pequeño, pero inteligente David contra el grandulón Goliath. Hace unos días el presidente Peña Nieto declaró con energía que México no pagaría el muro. Esa declaración le ganó las primeras planas de muchos periódicos internacionales, porque el mundo simpatiza con la dignidad y con la no debilidad frente a los autócratas. Ésa es la narrativa que se necesita, contrastante con la de “Sí, señor Trump, reabriremos el TLCAN cuando usted nos diga”, también expresada por el mismo Peña Nieto y el recién estrenado secretario de Relaciones Exteriores.

Requerimos que sus tuits tengan el menor efecto posible. Es difícil controlar el efecto de las amenazas de Trump hacia las compañías globales instaladas en México, pero se puede hacer mucho para diseñar alternativas para, por lo menos, atemperar y postergar sus decisiones. No dudo en el compromiso del próximo ocupante de la Casa Blanca con sus promesas de campaña, pero hay burocracia que vencer allá, trámites legislativos y legales que cumplir y una sociedad americana poco complaciente, educada en décadas de derechos civiles y derecho de expresión, que no se esfumarán el 20 de enero.

En cuanto a las relaciones bilaterales, requerimos mucha arena. Arena para hacer difícil cada paso que intente para construir el muro, para deportar a connacionales, para intentar abrir el TLCAN. Arena para atorar la máquina burocrática que necesita mover para cumplir los desatinos prometidos. Internamente, requerimos lo contrario: fluidez e inteligencia para preparar los cambios que se puedan requerir si, por ejemplo, cambia radicalmente su política fiscal y este cambio nos afecta.

Por nuestra experiencia de convivir con el grandulón de al lado, sabemos de la necesidad de fortalecer el entramado de instituciones internacionales de derecho que nos permitan defendernos. Hay muchos ejemplos de ello, uno de mis favoritos es el del Caso Avena, iniciado durante la cancillería encabezada por Jorge Castañeda, pero hay muchos más. Algunos triunfos sólo han tenido valor simbólico porque Estados Unidos no cumple; pero otros han sido eficientes para defender los intereses de nuestros ciudadanos.

Tenemos que llevar casos a las cortes internacionales y desarrollar alianzas e iniciativas conjuntas con organizaciones estadunidenses para lentificar todas las iniciativas costosas para México. Invertir en equipos profesionales de cabildeo para informar y tamizar opiniones.

Pero lo más importante es salir mentalmente de la prisión de Stanford. El miedo paraliza. El humor y la falta de reverencia avivan la imaginación, desatan los amarres del espíritu y generan nuevas ideas. Y por ello termino con un chiste: ¿Por qué todas las esposas de Donald Trump han sido extranjeras? Porque hay trabajos que nadie en Estados Unidos quiere hacer. Y nos vemos en Twitter con más chistes: @ceciliasotog y en fb/ceciliasotomx

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