¿Qué aprendimos de las sesiones en ambas cámaras? Que sin ellas, avanzaríamos más

En los temas energéticos, no veo que hayamos podido aprender algo.

Si bien aún faltan unas cuantas sesiones en ambas cámaras del Congreso para completar el proceso legislativo que llevaría a la aprobación de las leyes reglamentarias en materia energética, pienso que podríamos hacer ya un primer balance de lo aprendido.

Lo aprendido, no estaría constreñido al tema energético en todas sus aristas sino que debería incluir algo que es decisivo —me atrevería a decir— para el futuro del país y su modernización. Por eso pregunto: ¿sirve para algo el actual Congreso de la Unión?

La respuesta a la primera parte de la pregunta, sería ésta; en los temas energéticos, no veo que hayamos podido aprender algo, salvo quizás, que en ambas cámaras estuvo reunido el grupo de traidores a la patria más numeroso que pude haber imaginado (Esto, evidentemente, si nos atuviéremos a los insultos, mentiras y exageraciones de los diputados y senadores de las izquierdas).

En lo relativo al servicio que presta este Congreso —al país y su futuro, y a su modernización—, la respuesta es, ¡nada! Es más, lejos de ser de alguna utilidad, es exactamente lo contrario.

La ignorancia de la casi totalidad de sus integrantes de las transformaciones llevadas a cabo por decenas de países estos últimos 60 años; nada saben de la utilidad y necesidad de las mismas, así como despreciar la ventaja que representa para un país y su economía modernizar y poner al día su andamiaje jurídico, dan por resultado que nuestro Congreso de la Unión esté convertido hoy en el mayor de los muchos obstáculos que debemos remover para avanzar.

Da vergüenza ver y escuchar a dos o tres muchachitas que recién han dejado la adolescencia, gritar como desesperadas sólo para exhibir su irresponsabilidad y ligereza política; para complicar las cosas, tenemos el servilismo de los que piensan que echándole incienso al Presidente de la República quedan bien y pavimentan así, el camino que los llevará al siguiente puesto.

El resto, además de dar un lamentable espectáculo, está ahí sin saber para qué; son la cuota que los partidos deben pagar a grupos que hoy les dan vida artificial; la clientela campesina y obrera, y las clases medias (cualquier cosa que esto signifique), conviven con los representantes y administradores de grupos del lumpen —que se desenvuelven en la ofensiva ilegalidad y gozan, desde que el PRI los administraba y luego fueron cooptados por esa entelequia que se hace llamar las izquierdas—, en un licuado político que indigesta a cualquiera.

“Eso” que es hoy el Congreso, ¿puede servir de algo en las actuales condiciones? ¿Qué de positivo sería dable esperar de algo tan contrahecho, frente a una situación interna y externa que exige de sus integrantes conocimientos especializados en economía, demografía, finanzas públicas y los efectos en ellas del envejecimiento, la insolvencia de los sistemas de pensiones y nuevas exigencias en materia de salud, por ejemplo?

¿Acaso sirve de algo esa aglomeración amorfa de jóvenes inexpertos e inmaduros, con decenas de frustrados que perdieron la oportunidad que les brindaron los años sesenta y setenta para jugar a la revolución?

Si revisáremos los procesos legislativos de los países que pusieron al día su andamiaje jurídico caduco, y transformaron estructuras económicas ancladas en el pasado, llegaríamos a la única conclusión posible: hay que cerrar ya, por favor, ese carísimo circo que impide modernizar el país y construir un mejor futuro para todos.

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