Los días que nunca existieron

Al parecer amamos los ciclos. O más bien, tememos que no se repitan.

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Álvaro Chaos 31/12/2013 00:00
Los días que nunca existieron

No sé si alguna vez se haya preguntado por qué celebramos completar vueltas a un lucero. Esas fiestas podrían verse tan elementales como la alharaca que hacen los niños cuando giran en un tiovivo. Al parecer amamos los ciclos. O más bien, tememos que no se repitan. Contemplar el amanecer diariamente, oler la primavera durante sus equinoccios, nos pone a salvo. El universo permanece amistoso, predecible. La repetición es monótona, pero cobija.

La necesidad de ubicar el movimiento del Sol surge cuando el hombre se vuelve sedentario y depende de las cosechas para subsistir. Es imprescindible saber la época del año para sembrar, cosechar y almacenar. Las actividades humanas quedan regidas por la estrella. Una cultura prosperará mejor entre más exacto sea el cómputo del periodo de traslación de la Tierra. En la Roma antigua esta medida no se conocía con precisión, lo que ocasionaba un desastre si se trataba de conocer la estación del año mediante la fecha. Hoy sabemos que si es 31 de diciembre, estamos en invierno. Eso no pasaba con el calendario romano. Así como es importante saber si es primavera para plantar, también lo es al planificar las campañas bélicas. Atacar a Rusia en invierno es una locura, y si le alcanza esa temporada allí, uno se cuida de estar vestido y avituallado adecuadamente, situación que Napoleón y Hitler obviaron. Julio César, harto de la incongruencia, encomendó al astrónomo alejandrino Sosígenes que enmendara el lío. En 46 a. C. se instauró un almanaque novedoso, conocido como calendario juliano. Ahora sí, cualquier fecha caería siempre en la misma estación. César estaba complacido. Con exactitud abrumadora para la época, Sosígenes calculó que un año duraba 365 días y seis horas. Esas horas se acumulaban y cada cuatro años se añadía un día, originando los años bisiestos.

Aquí hubiera acabado la historia si no es porque el cálculo erraba por 11 segundos. Si la falla le parece una nimiedad, condescendiente lector, multiplique 11 segundos por 1628 años y obtendrá 17908 segundos o 12 días, el tiempo desfasado. Por ello, en el siglo XVI, el equinoccio de primavera se había deslizado del 23 al 11 de marzo. Otra vez el calendario no correspondía a la astronomía. En 1582, el papa Gregorio XIII promulgó uno nuevo con dos objetivos: restituir el comienzo de la primavera al 21 de marzo y modificar la inserción de años bisiestos para evitar el corrimiento entre el registro de los días y la posición del Sol. Bajo este sistema, un año será bisiesto si es divisible entre 4. Si es céntuplo, no lo será, excepto cuando sea divisible exactamente entre 400. Así, 1700, 1800 y 1900 no fueron bisiestos. Sí lo fue 2000; 2100, 2200 y 2300 no lo serán. Tendemos a pensar que los avances científicos son bienvenidos y utilizados rápidamente; sin embargo, olvidamos la necedad humana. El calendario gregoriano sólo fue admitido ipso facto en España, Italia y Portugal. El ajuste se hizo en octubre de 1582, después del jueves 4 vino el viernes 15. Los diez días intermedios jamás ocurrieron. La discrepancia entre calendarios era insostenible. Imagine que al viajar de la península ibérica a Francia, no sólo debe ajustar la hora de su reloj, sino, además, la fecha. El gregoriano fue aceptándose paulatinamente en otros países hasta ser el más usado actualmente. Por otro lado, tener dos almanaques presenta una ventaja, usted podría haber asistido tranquilamente primero a las exequias de Cervantes, en España, y luego a las de Shakespeare, en Inglaterra, en la misma fecha, 23 de abril de 1616, porque no fue el mismo día.

¡Feliz Nochevieja! ¡Feliz giro al Sol!

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