Niños migrantes, víctimas de trata; centroamericanos sufren amenazas: ONG

Menores de edad se prostituyen en territorio mexicano para reunir dinero y seguir su trayecto hacia Estados Unidos

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07/07/2014 06:43 Ernesto Méndez

TAPACHULA, Chis., 7 de julio.—La pesadilla del sueño americano para los niños centroamericanos que viajan solos rumbo a Estados Unidos inicia a escasos 39 kilómetros de la frontera entre Guatemala y México.

Al llegar a Tapachula hacen un alto para conseguir un poco de dinero y seguir su travesía rumbo al norte. Aquí es donde los menores de edad se convierten en víctimas de trata, ya que enganchadores los obligan a ejercer la prostitución bajo la amenaza de “echarles a la migra”.

Niñas y niños centroamericanos ejercen el sexoservicio por 200 o 300 pesos, y aparentan vender solamente dulces en el parque central Miguel Hidalgo, frente al Palacio Municipal.

Los menores reciben el nombre de canguritos porque llevan colgando a la altura del estómago un cajón con golosinas y cigarros.

Ramón Verdugo, coordinador del albergue Todo por Ellos, y Luis García Villagrán, director del Centro de Dignificación Humana, lamentaron que la localidad sea un paraíso sexual, donde los niños indocumentados, de acuerdo con la CNDH, corren grave riesgo.

Para los que siguen adelante, el viaje continúa por tierra a la cabecera municipal de Arriaga, Chiapas, donde el tren conocido como La Bestia los trasladará hasta los linderos con EU.

Tratantes atrapan a niños que migran para EU

El activista Luis García Villagrán advierte que Tapachula se ha convertido en un paraíso sexual.

Los niños migrantes en su paso por México se arriesgan a ser víctimas de la trata de personas.

La pesadilla del sueño americano para los niños centroamericanos que viajan solos rumbo a Estados Unidos inicia a 39 kilómetros de la frontera entre Guatemala y México, muy lejos de Estados Unidos.

Después de pagar 20 pesos o 10 quetzales, los menores no acompañados atraviesan el río Suchiate en balsas rudimentarias construidas con llantas y tablones, de Tecún Umán, departamento de San Marcos, Guatemala, a Ciudad Hidalgo, Chiapas, en donde las 24 horas del día cruza todo lo que uno se pueda imaginar, sin ninguna restricción.

Ya sea de aventón o pagando un transporte colectivo, los pequeños llegan a Tapachula, el segundo punto obligado por el que transitan los migrantes procedentes de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua.

Al llegar a la ciudad, que hasta los años 90 era ejemplo de auge económico, los niños centroamericanos hacen un alto en el camino para conseguir un poco de dinero para poder seguir su travesía rumbo al norte.

Justamente aquí es donde los menores de edad se convierten en víctimas de trata, ya que enganchadores los obligan a ejercer la prostitución bajo la amenaza de “echarles a la Migra” para que sean encerrados y deportados a sus países de origen.

El hermano Ramón Verdugo, coordinador del Albergue Todo por Ellos, explicó que en Chiapas la explotación de los niños es un asunto de todos los días, porque al no poder evidenciar el delito con víctimas que tienen temor a denunciar, las autoridades cierran los ojos y tratan de actuar como si no pasara nada.

De esta forma, los pequeños se convierten en canguritos. Niñas y niños centroamericanos que ejercen el sexoservicio por 200 o 300 pesos, y que aparentan vender solamente dulces en el parque central Miguel Hidalgo, frente al Palacio Municipal.

Los menores reciben el nombre de canguritos porque llevan colgando a la altura del estómago un cajón de madera de color blanco donde llevan golosinas y cigarros.

Cristóbal, niño guatemalteco de 13 años, relata que los mismos compañeros “de jale”, le explicaron que cuando un carro se detiene y le llama es porque ya sabe que se está vendiendo y de cuánto es el pago.

“Ellos ya saben, van, te hacen un guagüis, te cogen, te los coges y ya, te dan tu dinero, entre 200 y 300 pesos, depende de qué tan pobre eres”, detalló.

A los canguritos se les puede ver a altas horas de la noche deambulando por las calles o sentados en una esquina oscura en espera de algún cliente.

Luis García Villagrán, director del Centro de Dignificación Humana AC, advirtió que Tapachula es un paraíso sexual, donde también es posible encontrar pequeños que trabajan en giros negros que nunca cierran.

“Tenemos estudios realizados a lo largo de tres años que establecen que el 30 por ciento de la economía en la que se basa este municipio tiene que ver con los bares y cantinas; en cifras conservadoras, hay cuatro mil 500 lugares, de bares, cantinas, centros botaneros, table dance y tugurios”, manifestó.

Levantar la voz y exigir un alto a la trata de menores en Tapachula le ha costado a defensores de derechos humanos recibir amenazas de muerte y ser perseguidos por las mafias que explotan a los niños, como es el caso del hermano Ramón Verdugo, quien todavía está a la espera de que se cumplan las medidas precautorias dictadas desde la Secretaría de Gobernación (Segob) para garantizar su integridad física.

“El año pasado logramos que detuvieran a siete policías municipales y que cerrarán tres hospedajes, pero se tuvo que presentar una denuncia con testimonios de aproximadamente 30 trabajadoras y trabajadores sexuales, y con todo y ello en este momento todavía no han sido sentenciadas las personas involucradas en este delito”, lamentó.

El integrante de la Iglesia evangélica, quien trabaja desde hace siete años con niños migrantes, denunció que los menores que se atrevieron a señalar a sus explotadores reciben presiones para que retiren su demanda.

De acuerdo con un estudio de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) la trata de personas afecta de manera particular a los migrantes indocumentados que realizan su trayecto por territorio nacional, porque se encuentran fuera de casa, viajan en medios de transporte de alto riesgo, utilizan caminos solitarios, pernoctan en sitios abiertos, desconocen las zonas por las que pasan, evitan el contacto con las autoridades e ignoran sus derechos (o prefieren no ejercerlos si ello implica volverse identificables).

En el caso específico de niños, niñas y adolescentes migrantes no acompañados, la CNDH señaló que se encuentran en una doble o triple situación de riesgo, porque salen de sus comunidades y dejan atrás su entorno de protección para llegar a un contexto hostil.

“Con frecuencia se ven en la necesidad de transitar por un país extraño en donde no siempre conocen el idioma. Muchos son discriminados y criminalizados, además de ser presa fácil de la delincuencia común y organizada”, advirtió.

Después de varios meses y mucho sufrimiento, algunos pequeños centroamericanos que trabajaron como canguritos, logran retomar su camino hacia territorio estadunidense y otros más se quedan en Tapachula, presos de la prostitución y las adicciones porque se vuelven dependientes de drogas inhalantes, como el resistol y el activo.

Los niños no acompañados, que querían escapar de la violencia y la falta de oportunidades en sus países, terminan estrellándose de frente con un muro de abuso e indolencia en territorio mexicano, apuntó.

Para los que siguen adelante, el viaje continúa por tierra a la cabecera municipal de Arriaga, Chiapas, donde el tren conocido como La Bestia los trasladará hasta los linderos con Estados Unidos, en un recorrido de aproximadamente 25 días, lleno de peligros, como asaltos, violaciones y el riesgo de un descarrilamiento.

Escapan de la violencia en sus países

Muchos de los menores centroamericanos que llegan a territorio estadunidense, en una oleada migratoria sin precedentes, afirmaron que huyen debido a la violencia de las pandillas en sus países.

“Tomé la decisión de venirme porque en mi país hay mucha violencia y porque quieren obligarte a entrar en las maras (pandillas)”, dijo Karla, de 17 años, quien cruzó la frontera hacía Estados Unidos hace varias semanas.

“Desde que salí de mi casa venía con temor, pero tenía más temor de estar en mi país porque me podían hacer algo”, expresó la joven salvadoreña.

“A mí no me hicieron nada, pero en el camino a una niña de 12 años intentaron abusar (sexualmente) de ella”, refirió.

“Tenía mucho miedo, pensaba que nunca iba a llegar, que me iba a pasar algo malo y con los que venía no todos logramos llegar, no sé qué pasó con los demás”, contó por su parte Andrea, otra salvadoreña de 15 años.

Otra menor, Ana, de 17 años, no corrió con la misma suerte, ella se separó del grupo de hondureños con los que venía y fue violada.

Ana, quien salió de Guatemala, hizo pública su historia y dijo que la amenazaron de que si hablaba o decía algo la iban a matar, por lo que tuvo que soportar todo lo que le hicieran.

Las tres historias son sólo parte de los relatos contados por menores de edad provenientes de Centroamérica, como parte del éxodo sin precedentes de miles de niños que viajan sin sus padres.

En los tres casos el común denominador es la violencia, ya sea intrafamiliar o de las pandillas en sus países, y dijeron que escapar es un factor primordial en el éxodo. Algunos, como Andrea, también dijeron que trataban de reunirse con sus padres que habían emigrado.

Otra historia es la de Karen, una hondureña de 17 años, quien es representada por los Servicios Legales Católicos de Miami. Contó que en su periplo viajó a pie, en autobús y camionetas para ingresar a EU por McAllen, Texas.

Narró que no tenía otra opción, pues su padre la maltrataba y los integrantes de las pandillas, que asesinaron a su prima y una tía, la vigilaban y la hostigaban.

Miami, Florida, es una de las 10 ciudades donde los menores son enviados para realizar los trámites migratorios.

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