CIUDAD DE MÉXICO, 10  de diciembre.- Dalibhunga Mandela hace ejercicios de sombra en una celda de dos por tres metros. Lo hace cada mañana, 30 minutos, durante 27 años que dura su encierro en la prisión de Robben Island (17 años y diez más en otras prisiones). El hombre de piel negra perdió su nombre (Rolihlahla Dalibhunga Mandela), su libertad y el derecho para hablar en la lengua xhosa.

Encerrado por sus ideales, el hombre debe aceptar la comunicación en el idioma impuesto por los colonizadores holandeses (afrikáans). Sin embargo, no pierde la costumbre de soltar jabs, mover las piernas a los lados y esquivar los golpes de un rival imaginario.

 Cuarentón, Mandela se acostumbra a que le llamen Nelson, nombre con el que lo bautizó una maestra británica de una misión metodista. En los años veinte todos los niños africanos recibían nombres en inglés para que los colonos británicos pudieran pronunciarlos.

Tras las rejas se ha convertido simplemente en el preso 466/64, donde los últimos dos dígitos indican el año en el que ingresó a la prisión africana (1964).

Preso político, Nelson no puede convivir con los otros hombres que han perdido su libertad. Sin embargo, desde la pequeña ventana puede observar todos los días a aquellos que se ejercitan correteando una pelota de cuero gastado. Unos cuantos levantan peso para endurecer los músculos.

Rolihlahla, Nelson o el preso número 466/64 está acostumbrado a las carencias, a las restriciones y a la dura mirada de la minoría blanca que domina Sudáfrica. Pero la imaginación lo puede todo, por ello Nelson cierra los ojos y viaja hasta el año 1950. Se recuerda aún joven, acercándose a un gimnasio en Johannesburgo para comenzar a practicar el boxeo. Como lo escribiría años más tarde en su autobiografía Long walk to freedom (El largo camino a la libertad), en los años más críticos de su lucha contra el gobierno de su país, se le restringió el tránsito dentro de territorio nacional y fue confinado a quedarse en Johannesburgo. Fue entonces que se unió al gimnasio donde practicaba el pugilismo.

Mandela recuerda que el Donaldson Orlando Community estaba mal equipado para boxear. “No teníamos ring y entrenábamos sobre cemento, lo cual era particularmente peligroso cuando un boxeador era noqueado. Sólo teníamos un costal y unos cuantos pares de guantes. No teníamos medicina ni peras fijas, tampoco calzoncillos ni zapatillas adecuadas y tampoco protectores bucales”.

Bajo la sombra de la celda fría, también recuerda que cuando era bachiller practicaba el boxeo. Pero fue en los años 50, cuando llegó a la capital del país, que Mandela tomó en serio un deporte que era considerado demasiado rudo para muchos. “Aunque no era un destacado boxeador. Yo estaba en la división de los pesos pesados y no tenía el suficiente poder para compensar mi falta de velocidad, ni la velocidad para compensar mi falta de poder”.

Irónico que un hombre pacifista y enemigo de la violencia sobre su gente se confesara amante del boxeo. Él, en su autobiografía, escribió: “No me gusta la violencia del boxeo tanto como la ciencia que guarda. Estaba intrigado por cómo se mueve el cuerpo para protegerse a sí mismo, cómo se utiliza una estrategia tanto para atacar y retirarse, cómo toma ritmo en una pelea”.

Para Madiba el pugilismo pasó a ser algo más que un deporte. “El boxeo es igualitario. En el ring, rango, edad, color y riqueza son irrelevantes. Cuando estás dando vueltas a tu oponente, sondeando sus puntos fuertes y débiles, no estás pensando en su color o estatus social”.

Aunque recordaba que la discriminación llegaba a manchar esta práctica. Y es que los atletas
blancos tenían instalaciones de primera. Los negros sufrían para tener espacios dónde entrenar. A diferencia de los pugilistas blancos, los peleadores negros tenían trabajos de tiempo completo. Aún así, como el preso 466/64, siempre había tiempo para ponerse los guantes.

Resulta difícil imaginar a un hombre confinado con la voluntad para soltar golpes al aire, trotar sin moverse y vencer cada día a un rival imaginario. Nelson lo hizo durante 27 años, sin saber que algún día se abriría la puerta de su celda.

Los guardias afrikaners eran crueles, imponían trabajos agotadores y, la mayoría de las veces, la correspondencia y las visitas no llegaban a los hombres que mantenían el encierro.

Pero Nelson decía que “después de una extenuante sesión de ejercicios  me sentía mental y físicamente más ligero. Era una forma de perderme en algo que no era la lucha. Después del entrenamiento de la noche, me despertaba a la mañana siguiente sintiéndome fuerte y fresco, listo para emprender la lucha de nuevo”.

En la cárcel los presos se clasificaban en A, B, C o D. El A tenía toda clase de privilegios. El D era el más bajo. Eran llamados prisioneros de seguridad y tenían prohibido tener visitas, recibir correspondencia y comprar alimentos. Sin embargo conforme a su comportamiento, los presos iban mejorando su clasificación y aumentando sus privilegios.

Con Madiba fue distinto. Un guardia le diría “usted estará en el Grupo D por el resto de su vida”.

Por ello el preso 466/64 se aferró a la libertad de pelear con su sombra todos los días, durante 30 minutos. Tomó sus puños como una manera de liberarse y recordar sus tiempos de boxeador amateur de peso completo.

Por su mente no pasaba la idea de abandonar alguna vez la prisión, lo que ocurrió en febrero de 1990.

No sabía que el destino le tenía deparado convertirse en el primer presidente negro de Sudáfrica y en el icono contra el Apartheid.

Tampoco pensaba en que algún día conocería a otro hombre de piel negra, quien también había cambiado su nombre y había luchado contra la discriminación racial. ¿Su nombre?, Mohamed Alí (Cassius Clay).

Se convertiría en ídolo para otros ídolos como Mike Tyson y Ray Sugar Leonard. Incluso el Consejo Mundial de Boxeo  lo nombraría Rey de la igualdad humana.

Y aquella foto tomada en los años 50 por el fotógrafo Robert Gosani (Mandela practica boxeo con el peleador profesional Jerry Moloi, en la azotea de un edificio sudafricano) se convertiría en la imagen de Mandela, el pugilista.

Tan sólo el preso político 466/64 tomaba, cada día, la suficiente fuerza para levantarse y soltar golpes a un adversario invisible. Soltar un jab y esquivar golpes fingidos, en un infierno que parecía eterno.