Musk y el lado oscuro de la fuerza

El magnate no sólo quiere tener voz, sino control. El sable de luz se ha encendido… pero del color equivocado. Hubo un tiempo en el que Elon Musk parecía estar destinado a ser el Jedi de nuestra era: visionario, disruptivo, un soñador con motores iónicos y cohetes ...

El magnate no sólo quiere tener voz, sino control. El sable de luz se ha encendido… pero del color equivocado.

Hubo un tiempo en el que Elon Musk parecía estar destinado a ser el Jedi de nuestra era: visionario, disruptivo, un soñador con motores iónicos y cohetes reutilizables que miraba hacia Marte mientras el resto de la humanidad apenas alcanzaba el futuro con Wi-Fi inestable. Tesla, SpaceX, Neuralink… suena aún como una alineación galáctica. Musk era nuestro Luke Skywalker tecnológico, desafiando imperios industriales con una sonrisa sardónica y memes incluidos. Pero algo ocurrió. Algo, como en toda buena saga, se quebró. Y Elon Musk, ese niño genio con alma de rebelde, intergaláctico, se nos pasó al lado oscuro de la fuerza.

Lo que parecía rebeldía ahora parece rencor. Lo que prometía disrupción, hoy huele a venganza. Musk ha usado su poder —y vaya que lo tiene— para socavar el “poder suave” que durante décadas permitió a Estados Unidos posicionarse como referente global no sólo por su economía o su ejército, sino por su capacidad para apoyar causas como la democracia, la innovación y los derechos humanos. La plataforma X, antes conocida como Twitter, que él compró con la promesa de libertad, se ha transformado en un campo de entrenamiento para el caos informativo, donde las teorías conspirativas y la intolerancia florecen al ritmo del algoritmo.

Hace apenas unos días, Musk invalidó públicamente una iniciativa de USAID, que llevaba años construyendo redes y puentes en países en desarrollo. Como si la diplomacia de los valores fuera un estorbo para sus intereses. Más grave aún, su intento por influir directamente en procesos democráticos, desde la Corte de Wisconsin hasta elecciones locales en Alemania, muestra que el magnate no sólo quiere tener voz, sino control. El sable de luz se ha encendido… pero del color equivocado.

Y la tragedia personal, como en todo buen relato épico, no se queda atrás. Musk ha sido incapaz de aceptar la identidad de su hija trans, Vivian Jenna Wilson, alejándola de su vida con el mismo desdén con el que trata hoy a sus extrabajadores, sus críticos y sus propios principios. La desconexión no es sólo emocional: es existencial. ¿Qué clase de héroe decide usar su poder para invalidar, en lugar de proteger?

La respuesta ha comenzado a llegar. Las ventas de Tesla caen. Su valor en la Bolsa de Valores también. La reputación, ese bien tan intangible y tan valioso, empieza a desmoronarse como el Senado de la Antigua República. Porque puedes controlar naves, satélites y algoritmos, pero no el juicio colectivo cuando los valores dejan de acompañarte.

¿Qué hacer entonces? Para Musk, como para Trump, el consejo sería simple: no todo el que se cree elegido debe convertirse en emperador. La redención existe, pero exige humildad. Para los ciudadanos estadunidenses, el reto es mayor: proteger lo que queda de una República democrática antes de que más villanos con carisma y capital terminen por reconfigurar el tablero a su antojo.

La galaxia —es decir, el planeta— aún tiene tiempo de resistir. Pero no hay Luke sin Leia ni democracia sin ciudadanos despiertos. Y, sobre todo, no hay futuro con dignidad si quienes deberían usar la fuerza para el bien terminan convertidos en arquitectos del miedo. Que no nos gane la épica del desastre. Que gane el lado luminoso. Aunque cueste. Aunque duela. Aunque los sables estén, por ahora, en las manos equivocadas.

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