Por la mañana, Audias Flores Silva, alias El Jardinero, amaneció libre. Pero en la tarde dejó de estarlo. Omar García Harfuch confirmó su detención en Nayarit: operación de las Fuerzas Especiales de la Marina, 19 meses de seguimiento, sin un solo disparo. El sujeto contaba con un dispositivo de, al menos, 60 personas armadas. No sirvió. La vigilancia aérea permitió ubicar el objetivo prioritario y el resto fue ejecutar.
No es un nombre menor. Raymundo Riva Palacio describe a Flores Silva como el “amo y señor de Puerto Vallarta, epicentro de la violencia desatada en una tercera parte del país” tras la muerte de El Mencho. Era, en los organigramas del CJNG, el número dos: controlaba laboratorios clandestinos en Jalisco y Zacatecas para producir metanfetamina, y manejaba rutas de cocaína y heroína desde Centroamérica hacia células en California, Texas, Georgia, Washington, Virginia e Illinois. Washington llevaba años detrás de él: el gobierno estadunidense ofrecía una recompensa de 5 millones de dólares y lo acusaba de conspiración para distribuir cocaína y heroína para su importación a EU. Esta captura no llegó sola. Vino precedida de una cadena: desde octubre de 2024, la Defensa y la Marina pusieron en marcha operaciones contra el CJNG que resultaron en la captura de importantes operadores financieros y logísticos de la organización, información que, eventualmente, condujo a El Mencho y ahora a El Jardinero.
El mérito es claro y hay que nombrarlo: Claudia Sheinbaum y García Harfuch llevan meses construyendo una estrategia que está dando resultados concretos. No teatro. Capturas.
Aquí es donde el contexto complica la celebración. Mientras México demuestra que puede golpear a los grandes cárteles con inteligencia propia y sin necesidad de tutores externos, explota el caso Chihuahua. Dos agentes de la CIA murieron el 19 de abril en un accidente carretero en Chihuahua tras participar en un operativo antinarcóticos sin contar con autorización formal para operar en México: uno usó visa de turista y el otro portaba pasaporte diplomático. La gobernadora Maru Campos tampoco se apresuró a informar —y resulta que su administración impulsa la llamada Plataforma Centinela, cuyas instalaciones estaban diseñadas para alojar permanentemente agentes del FBI, DEA y CBP—.
Sheinbaum envió una nota diplomática al embajador Ronald Johnson y fijó su posición: cooperación, sí, pero dentro del marco legal. La soberanía no se negocia. Tiene razón. Y la captura de hoy le da argumentos: México no necesita que la CIA opere clandestinamente en sus montañas para atrapar a los líderes del CJNG. Lo acaba de demostrar.
Pero Washington no parece estar en modo de escuchar. Este fin de semana, Los Angeles Times reveló que el gobierno de Trump prepara una campaña anticorrupción contra funcionarios mexicanos sospechosos de tener vínculos con el crimen organizado, que podría ir más allá de la cancelación de visas e incluir acusaciones formales en tribunales estadunidenses. Entre los posibles blancos habría miembros de Morena y los fiscales estadunidenses podrían usar como informantes a detenidos mexicanos que firmaron acuerdos de culpabilidad, como los hijos de El Chapo. Sheinbaum respondió hoy recordando el caso Cienfuegos: que todo señalamiento venga acompañado de pruebas. El cuadro completo es éste: México captura al posible sucesor de El Mencho, demuestra capacidad operativa propia y reafirma que la cooperación bilateral funciona mejor cuando se respetan los canales. Simultáneamente, EU filtra que prepara una ofensiva judicial contra políticos mexicanos, sus agentes operan en Chihuahua sin avisar a la cancillería y el embajador lanza advertencias en Sinaloa como si estuviera en campaña electoral.
La pregunta no es si México debe combatir el crimen organizado. Lo hace y hoy lo volvió a probar. La pregunta es si Washington entiende que la cooperación y la presión unilateral son, en el largo plazo, incompatibles. Un país que puede detener al Jardinero solo no necesita que le manden jardineros sin avisar. Lo que sí podría necesitar —y ahí está la diferencia entre colaboración e intromisión— es un buen acuerdo sobre qué hierbas hay que podar, quién tiene la tijera y, sobre todo, que nadie entre al jardín ajeno sin tocar el timbre.
