Harvard y Trump

Lo que Trump no parece comprender, o elige ignorar, es que aislarse del mundo nunca ha sido sinónimo de grandeza.

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

El reciente anuncio de Donald Trump en el que exige a la Universidad de Harvard dejar de inscribir estudiantes extranjeros es mucho más que otro episodio de su ya habitual cruzada nacionalista: es un ataque frontal contra una de las piedras angulares del prestigio académico estadunidense y contra el espíritu mismo del conocimiento global.

Harvard, considerada la mejor universidad del mundo, no lo es sólo por sus edificios emblemáticos, sus cuantiosos recursos o sus profesores galardonados. Su grandeza radica fundamentalmente en su capacidad de atraer a las mentes más brillantes del planeta, sin importar su lugar de origen. Este intercambio constante de perspectivas, culturas y saberes es justamente lo que ha enriquecido históricamente su comunidad universitaria.

Al exigir que Harvard cierre sus puertas a estudiantes extranjeros, Trump no sólo compromete la calidad educativa de la institución, sino que además pone en jaque la influencia global de Estados Unidos como epicentro del conocimiento y la innovación. La ciencia, la tecnología, las artes y las humanidades prosperan gracias a la diversidad y al intercambio libre de ideas, no en un vacío endogámico.

Además, la medida de Trump no está dirigida únicamente contra Harvard, sino contra toda la comunidad académica estadunidense, cuyo prestigio global se nutre precisamente de su apertura internacional. Este ataque a la diversidad estudiantil socava también la economía de conocimiento del país, en la que estudiantes extranjeros han sido fundamentales para avances científicos y tecnológicos clave, desde la creación de startups hasta descubrimientos en medicina, inteligencia artificial, energía renovable. Y sí, la generación (e interconexión) de liderazgos políticos a nivel global.

Lo que Trump no parece comprender, o elige ignorar, es que aislarse del mundo nunca ha sido sinónimo de grandeza. Por el contrario, es una receta para la decadencia intelectual y económica. El conocimiento siempre ha sido un proyecto colaborativo global; cerrar fronteras académicas es cercenar el progreso mismo.

El mundo académico global observa con preocupación. Si Estados Unidos sigue esta senda, otras naciones podrían aprovechar la oportunidad para atraer el talento que Trump pretende expulsar. Y así, paradójicamente, el intento de “proteger” a Estados Unidos podría terminar aislándolo, convirtiéndolo en una isla del pasado en un mundo que avanza inevitablemente hacia la interconexión.

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