Hoy, México inaugurará por tercera vez en su historia un Mundial. Ningún otro país lo ha hecho. Y sin embargo, la pregunta incómoda persiste: ¿por qué el anfitrión más experimentado del planeta llega con un futbol que parece congelado en su propia medianía? La respuesta no está en la cancha. Está en el diseño institucional de la liga, y ahora hay evidencia académica que lo demuestra con números.
Un estudio publicado en abril por el Center for Public Policy de la Universidad de Houston —firmado por Juan Pablo Micozzi, del ITAM, junto con Joaquín Pinto, Pablo Pinto y Sebastián Saiegh— analizó lo que ocurrió cuando, en abril de 2020, los dueños de los clubes y la Federación Mexicana de Futbol suspendieron el ascenso y el descenso por cinco o seis temporadas como parte de un proyecto de “estabilización”. El Ascenso MX se convirtió en la Liga de Expansión, una segunda división sin ruta deportiva hacia la primera, y la Liga MX quedó cerrada en 18 clubes, con multas económicas en lugar del descenso tradicional. Es decir: el que perdía, pagaba una sanción y seguía como si nada. El que ganaba abajo, no subía jamás.
Los investigadores cruzaron una década de resultados con las probabilidades de las casas de apuestas —el termómetro más frío que existe de la fuerza real de un equipo— y lo que encontraron es devastador. Durante la suspensión, los favoritos de la Segunda División ganaron entre cinco y siete puntos porcentuales menos de lo que sus probabilidades implicaban, mientras los equipos débiles ganaron más de lo esperado. No porque la liga se volviera más competitiva, sino por lo contrario: sin incentivos, las diferencias de calidad dejaron de traducirse en resultados El dato más elocuente está en las liguillas: antes de la reforma, los favoritos del circuito de plata ganaban 63% de los partidos de liguilla contra 47% en fase regular; durante la veda, esa ventaja desapareció por completo. Cuando nada está en juego, ni los fuertes se esfuerzan en serlo. Y mientras tanto, arriba, la fiesta. El valor de los jugadores de la Liga MX aumentó cerca de 50% respecto a la Segunda División tras 2020; el valor promedio de un futbolista de la Liga de Expansión cayó de medio millón de euros a 400 mil, mientras el de la primera división subió de 1.4 a 1.8 millones. El estudio lo resume con precisión quirúrgica: la suspensión concentró el talento en la cúpula mientras debilitaba la capacidad de ese talento para reflejarse en la cancha. Más dinero arriba, menos futbol en todas partes. Es la paradoja perfecta del sistema cerrado: protege a los de adentro y empobrece al conjunto.
Lo que los economistas del deporte describen con regresiones, cualquier aficionado mexicano lo intuye desde hace años. Una liga sin consecuencias es una liga sin drama, y un futbol sin drama es un negocio inmobiliario con pasto. Los dueños que votaron la suspensión en 2020 —con la pandemia como coartada— no rescataron al futbol mexicano: rescataron sus franquicias. Blindaron a los equipos chicos de primera contra el descenso, condenaron a los grandes de segunda a la irrelevancia y llamaron a eso estabilidad. Tuvo que ser el Tribunal de Arbitraje Deportivo el que confirmara que el ascenso y el descenso deben restablecerse a partir de la temporada 2026-27, porque los clubes de la división de plata litigaron lo que la cancha ya no podía resolver.
El hallazgo de fondo trasciende al deporte y por eso vale la pena leerlo desde esta columna: las instituciones moldean los incentivos, y los incentivos moldean el desempeño. Un sistema donde nadie puede caer es un sistema donde nadie necesita levantarse. Eso aplica a las ligas de futbol y aplicaa otros arreglos mexicanos donde los incumbentes se blindan, los retadores no tienen ruta de entrada y la mediocridad se administra con multas simbólicas.
Mañana el mundo verá el mejor futbol del planeta en estadios mexicanos. Ninguno de los 48 equipos que vienen llegó ahí protegido del fracaso.
