Hay una escena que se repite en la política mexicana con la puntualidad de los sismos: alguien alimenta a la bestia durante años, la usa, la engrosa, y luego un día la bestia voltea y le cobra. La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) es, en ese sentido, una deuda que el movimiento transformador contrajo hace décadas y que hoy presenta su estado de cuenta con intereses.
Morena no inventó a la CNTE, pero la cultivó. La disidencia magisterial fue durante el largo desierto opositor una de las pocas fuerzas capaces de movilizar cuerpos, bloquear vialidades y mantener viva la narrativa de la resistencia popular. Los mítines compartidos, los discursos de solidaridad, los años en que las mismas pancartas aparecían juntas en el Zócalo construyeron una deuda política que nadie firmó, pero todos entendían. La Coordinadora puso músculo. Morena puso legitimidad. El trato era implícito.
El problema con los tratos implícitos es que cada parte recuerda sólo la mitad que le conviene.
Llegó la victoria de 2018, luego la de 2024, y con el poder llegó también la herencia incómoda. La CNTE no leyó el triunfo como un cierre de cuentas, sino como la apertura de una nueva línea de crédito. Y así ha operado desde entonces: con amenazas de paro, con bloqueos en Chiapas y Oaxaca, con la extorsión normalizada de quien sabe que su contraparte no puede responder con la rudeza que respondería ante cualquier otro. El gobierno de la Cuarta Transformación heredó, junto con la silla presidencial, el manual completo de rehenes.
Hoy el costo se vuelve espectacular, en el sentido más literal. México albergará en el verano de 2026 varios partidos del Mundial. La CNTE ya anunció que no descarta acciones que “afecten el desarrollo del evento”. La traducción es sencilla: páguennos, cédannos, o les arruinamos la fiesta frente a las cámaras del mundo.
El gobierno de Claudia Sheinbaum enfrenta este chantaje con una mano atada a la espalda que ella misma no se puso, pero que tampoco puede quitarse fácilmente. El fantasma del 68 planea sobre cualquier decisión que implique fuerza pública y movilización social en el contexto de un evento deportivo internacional.
No hace falta que nadie lo diga en voz alta: la sola imagen —maestros bloqueando el acceso a un estadio, granaderos, tensión— activaría una narrativa que ningún equipo de comunicación podría controlar. La memoria del 2 de octubre no es sólo historia; es un instrumento político que los actores más débiles saben usar contra los más fuertes exactamente cuando más duele.
La ironía es que la Coordinadora aprendió esa lección del mismo movimiento al que hoy le reclama incumplimiento. Durante décadas, la izquierda convirtió la memoria del 68 en un escudo y en una palanca. Ahora ese escudo lo blanden contra ella.
Chango viejo no aprende maroma nueva. Ni el que extorsiona ni el que, habiendo sido oposición toda su vida, descubre tarde que gobernar exige exactamente aquello que siempre criticó: límites, consecuencias, y la disposición de decir que no, aunque el costo político arda. El Mundial llegará. Las cámaras estarán. Y el gobierno tendrá que encontrar la manera de neutralizar a quien ayudó a construir sin parecer lo que juró nunca jamás ser. Ése es el nudo. Y por ahora, nadie tiene las tijeras.
