Corazón y firmeza: la nueva respuesta del poder
Hubo, sobre todo, una actitud distinta: no se negó el golpe, se asumió con indignación y, al mismo tiempo, se puso en marcha una respuesta integral. El crimen organizado no pidió permiso para irrumpir en la nueva era del poder. Lo hizo como acostumbra: con brutalidad, ...

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
Hubo, sobre todo, una actitud distinta: no se negó el golpe, se asumió con indignación y, al mismo tiempo, se puso en marcha una respuesta integral.
El crimen organizado no pidió permiso para irrumpir en la nueva era del poder. Lo hizo como acostumbra: con brutalidad, alevosía y saña. El asesinato de Ximena Guzmán y José Muñoz —funcionarios queridos, respetados, fundamentales en el equipo de Clara Brugada— sacudió no sólo a la Ciudad de México, sino también a dos mujeres que hoy encabezan sus destinos: la presidenta Claudia Sheinbaum y la jefa de Gobierno, Clara Brugada. Ambas respondieron como pocas veces se ha visto en la historia reciente del poder político en México: con emoción genuina, pero también con celeridad y determinación institucional.
La primera reacción no fue la evasión, la dilación o la frialdad del cálculo político. No fue el “estamos investigando” que tantas veces se ha escuchado sin convicción. No hubo el silencio protocolario del “esperaremos a que hablen las autoridades competentes”. Esta vez, se sintió el dolor. En la voz entrecortada, en la rabia contenida, en la evidente conciencia de que estos asesinatos no eran sólo una afrenta a dos vidas valiosas, sino un desafío frontal a dos nuevos gobiernos que apenas comienzan. Y que, como en un mensaje cifrado, buscó probar fuerza e intimidar.
Pero también hubo reacción inmediata. Hubo coordinación, presencia en el lugar de los hechos, comunicación entre instancias. Hubo, sobre todo, una actitud distinta: no se negó el golpe, se asumió con indignación y, al mismo tiempo, se puso en marcha una respuesta integral. Esa doble dimensión —emocional y operativa— puede parecer una obviedad, pero ha sido la excepción en la larga fila de respuestas institucionales ante hechos atroces.
Lo que vimos en Claudia Sheinbaum y Clara Brugada fue algo más profundo que una postura: fue una forma de estar en el poder. Y sí, una que contrasta con la de sus predecesores. Porque durante décadas, ante crímenes similares, lo que dominaron fueron las narrativas del control, del “todo está bajo vigilancia”, del “no se preocupen”. Gobiernos que pretendían minimizar la tragedia para proteger su imagen, que ofrecían abrazos retóricos mientras sembraban la impunidad.
La diferencia ahora no está sólo en el género —aunque es innegable que la sensibilidad y la cercanía que mostraron Sheinbaum y Brugada parten también de su experiencia como mujeres que entienden el dolor desde otro lugar—, sino además en el modelo de liderazgo que están comenzando a construir. Uno que no niega la emoción, pero tampoco abdica de la firmeza.
¿Habrá justicia? ¿Habrá castigo para los responsables materiales e intelectuales? No lo sabemos aún. Pero lo que sí sabemos es que, por primera vez en mucho tiempo, el Estado no pareció desdibujarse ni excusarse tras una tragedia de esta magnitud. Esta vez, el poder lloró. Pero también actuó.
Y eso, en un país acostumbrado a gobiernos que lo único que muestran son dientes —y sólo cuando conviene—, o evasiones, incluso cinismos insoportables, podría marcar el inicio de una nueva forma de gobernar. Una en la que el corazón no estorba. Al contrario: guía. Y con él, quizás, se abran caminos hacia una justicia que hasta ahora parecía siempre aplazada.