Del instante, del mar y de la calle

Hoy me refiero a tres poetas mexicanos: Araceli Mancilla radicada en Oaxaca desde mediados de los años 80, el veracruzano José Luis Rivas también autor de Brazos de mar y La transparencia del deseo y el chilango José Francisco Zapata quien ha escrito constantemente ...

Hoy me refiero a tres poetas mexicanos: Araceli Mancilla (radicada en Oaxaca desde mediados de los años 80), el veracruzano José Luis Rivas (también autor de Brazos de mar y La transparencia del deseo) y el chilango José Francisco Zapata (quien ha escrito constantemente sobre la cultura underground).

Sus poemarios han habitado mi librero desde hace tiempo, y han sobrevivido a las mudanzas y al cambio de década.

Su labor lírica no se ha detenido. Ninguno de los tres ha dejado de producir ese discreto fulgor que ha caracterizado su palabra.

PEQUEÑOS ALUMBRAMIENTOS

Fabricado a base de destellos, el trabajo poético que presenta Araceli Mancilla en Instantes de la llama (Almadía, 2006) es un intento a veces feliz, a veces vano, por atrapar el grito de ese minúsculo incendio que representa y consume

al amor.

Por todo este breve, pero intenso recorrido hacia “el momento” del encuentro amoroso, la poeta despliega a su paso pequeñas linternas de luz efímera y mortal que le prodigan sabias dispensas a la pasión carnal: “Mi boca llama / desde la cueva más honda. / Labios prisioneros / en un tizón de piel / se repliegan / y lloran besos de sombra”.

Poblado de vehementes referencias al alumbramiento de la pasión, este poemario tiene una profunda convicción: sabe que el tiempo del amor se detiene mientras fluye, pero es tan volátil que en un instante se quema y luego se desvanece. Su naturaleza es poderosa por presente, pero en seguida se torna frágil por pretérita: “Se dicen cosas / cuando se ama / y la convicción / suele durar muy poco, / menos aun que la curiosidad. / Pero, / a veces, / lo que se dice / es el ramaje de un árbol frondoso, / interminable, / desde el cual respiramos / con pulmones de niño”.

Así, desde el espacio íntimo de cada pulsión amorosa, la poesía de Mancilla intuye que su vocación es, absolutamente, (absoluta-amante) necesaria: conjurar la sombra desde la más acuciante petición de fulgor.

BRISA JAROCHA

Poeta salino, el veracruzano José Luis Rivas ha encontrado en el mar su verdadero hogar lírico.

Conocido de sobra en el medio literario mexicano gracias a sus espléndidas traducciones de Perse, Eliot, Brodsky o Walcott —sólo por mencionar a algunos de sus poetas tutelares en lengua inglesa o francesa—, este bardo porteño entrega con Ante un cálido norte (FCE, Letras Mexicanas, 2006) una versión propia de la transición de un siglo a otro, pues comienza con “Luz de mar abierto” —escrito en 1992— y termina con “Por mor del mar” —publicado en 2002—.

Todo en la mirada de Rivas se concentra en el agua. Sus alegorías sobre el mar y el río como afluentes naturales de su voz poética tienen la cadencia de un oleaje milenario y abrumadoramente cálido. Es en ese terreno en el que el escritor se siente arropado: “Soy un hombre uncido a la mar, como un amante a la sombra / de su placer fugado. Y la mar bate en mis sienes, insomne / incesante, como en un dique”.

Recorre el estero, la ribera, la playa y va germinando el paisaje mientras lo nombra. Sabe que el sol es rey en su reflejo, que nutre y habita el agua, que su fulgor grita y que bate sus alas luciérnagas: “Cuando el sol se desgañita en el brusco escarceo de la ciénega / ¿Qué llave tiene abierto de nuevo —sigilosa— aquel claro de arena / al sol, con su puñado de guijas esparcidas dibujando / un cordial secreto”.

Fragua de imágenes caminadas con paso de caimán, la intensa poesía de Rivas —que se deja leer entre lo popular y lo culto— es el testimonio del asombro marino y el sugerente deseo noctámbulo: “Ya me pierdo en el vértigo dulce del ensueño… / Mecedoras de mimbre / apagan su rechino. / Y el hervor de los grillos / destapa la olla de la noche”. Rivas demuestra aquí que su palabra sigue teniendo alas de palmera.

JUSTICIA POÉTICA

Dos faros guían al poeta en su camino. Por una parte, busca explicarse a sí mismo su pretendida vocación creativa.

En Poemas mortales (Morevallado Editores, 2006), José Francisco Zapata fabrica para sí verdades oscuras y mentiras luminosas. Descree de la labor poética, pero se deja poseer por este incesante oficio vital. La aleja y la exorciza, pero al mismo tiempo la roza y la seduce, y al final cae en sus garras: “Nosotros escribimos poemas / sin sombrero ajeno / Ellos escriben poemas / mejor que nosotros. / Y la poesía rutilante rutilante / desde su intocable altitud / mirando divertida satisfecha”.

El otro faro es en realidad un doble deseo: su fascinación-odio por la muerte. Quizá esa condición se encuentre asequible en ese homenaje que le rinde al desaparecido “detective salvaje” Mario Santiago Papasquiaro: “¿Te extraña que te extrañe? Ya puso la Puerca. / Sólo te recuerdo lo que le dijiste a Elina / ‘Ella no debió de morir esa limpia muchacha / no debió de morir yo sí por ésta que sí’. / Mario Santiago Papasquiaro.

Tu nombre. Chido guán”.

El trabajo de este poeta consiste en recorrer, calle adentro, sus propias huellas en busca de una voz que, sin saberlo, le pertenece: “Bienvenida por estos lares versúnicos / POESÍA / osamenta de oro y marfil / ¡Bienvenida! / aunque tengamos los ojos cerrados”. Poeta en la banqueta, Zapata va germinando versos de concreto y pavimento.

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