El jarrón chino

Happy bday, Mosh. Lo anunció desde un principio, pero nadie lo tomó en serio. La operación se desarrolló durante seis años, sin obstáculo alguno: el Presidente supo distraer a la oposición con las mañaneras, mientras que seducía a ...

                Happy bday, Mosh.

 

Lo anunció desde un principio, pero nadie lo tomó en serio. La operación se desarrolló durante seis años, sin obstáculo alguno: el Presidente supo distraer a la oposición con las mañaneras, mientras que seducía a la población con los apoyos sociales. “No somos iguales", enfatizó todos los días, haciendo de sus enemigos una caricatura cada vez más grotesca: el mandatario jugaba ajedrez, y la oposición nunca atinó a ponerse de acuerdo si responder con piedra, papel o tijera.

“Son dos proyectos distintos de nación, distintos e irreconciliables”, repitió hasta el cansancio; “no es una elección, sino un referendo”, afirmó justo antes de los comicios. En esos términos se planteó la batalla, y en tales condiciones se impuso con un triunfo arrollador: el trabajo de los seis años rindió frutos, haiga sido como haiga sido, y la oposición no supo entender cómo había cambiado el país por concentrarse en rebatir al Presidente desde las redes sociales.

Los resultados están a la vista. Un like no es un voto; un tuit virulento, por más vistas que tenga, difícilmente saldrá de su propia burbuja para convencer a cualquier incauto del bando contrario. La polarización fue una herramienta con la que el mandatario logró dividir a la sociedad en dos bandos “distintos e irreconciliables”, al tiempo que introducía un discurso de lucha de clases que la oposición aceptó con alegría. Chairos y fifís, pejezombies y fachos, ellos o nosotros: los que ahora encontramos diferencias, antes éramos capaces de encontrar objetivos concurrentes.

El triunfo no es tan sólo del Presidente ni tampoco es mérito exclusivo de su candidata: la derrota, en cambio, le corresponde a la oposición en su conjunto y por ella debería de pagar las facturas. Los políticos, los asesores; los dirigentes partidistas, los sedicentes líderes sociales. El país cambió por completo, mientras revisábamos nuestros teléfonos: nos concentramos en crear hashtags, cuando los siervos de la nación recorrían el país de cabo a rabo. La gente celebraba los apoyos que recibía en sus tarjetas del bienestar, mientras que los opositores festejaban haber logrado ser trending topic por unas horas. No sirvió de nada.

Cualquier oposición es inútil sin una estrategia realista; cualquier estrategia es absurda si no se comprende bien el problema. El Presidente representa la antítesis del sistema anterior, y en esos términos logró alzarse con la victoria: la polarización fue dolorosa, pero también fue suficiente para que el resultado apabullante validara sus postulados. El sistema político que conocimos ya no existe, y el futuro se construye en estos momentos: los actores principales cambiarán en poco tiempo, y lo que ahora es un legado mañana será un obstáculo que podría removerse de un plumazo, sobre todo cuando se hereda con poder absoluto. Él lo sabe, ella lo sabe. Todos, en realidad, lo sabemos.

La Presidenta vivirá su propio mandato, pero tendrá que enfrentar la responsabilidad no sólo frente a las decisiones que su antecesor ha tomado, sino también sobre lo que se le ocurra en tanto le transmita el poder. Ayer, por lo pronto, nos pusimos del lado de Rusia en su invasión a Ucrania: mañana mismo, o cualquier día, se le podría ocurrir cualquier cosa e implementarla durante el septiembre negro que se avecina. Nosotros, estamos asustados: la virtual Presidenta electa, que deberá responder por lo que sea que pase, seguramente está aterrada.

“Como un jarrón chino”, solía decir el expresidente español Felipe González al referirse al papel de quien ha dejado de ejercer el poder. “Un jarrón muy valioso, pero que todavía no puede estar en un museo. Un jarrón que requiere demasiada atención, y termina por estorbar en la casa hasta volverse incómodo”. Buena suerte, señora Presidenta: en unos cuantos días tendrá la oportunidad de deshacerse del jarrón y plantear un país en el que quepamos todos. Un país mejor al que le están dejando: origen, en realidad, no es destino.

Temas: