Bienvenidos sean, mis sensuales fama-lovers. Como saben, aquí somos libres de humo, no nos reservamos el derecho de admisión y analizamos a los famosos en todas las posiciones.
¡No puedo, no puedo y nomás no puedo iniciar este Fama-sutra sin reaccionar al supuesto atentado en una cena en los Estados Unidos! Es como ver el elefante rosa en medio de la sala y no mencionarlo.
Pero yo tengo mi coartada y es la carrera mediática que el mandatario ha llevado; esa sí con gran éxito, en la televisión. De ese famoso quiero hablar: hace unos 22 años yo adoraba cachar los capítulos de El aprendiz, en el que el gran potentado ejercía su juicio inmisericorde con los neófitos que aspiraban a entrar, como fuera, a la gran torre dorada de la Quinta Avenida que lleva su apellido. ¿Vieron ese programa? En el doblaje, Trump gritaba tácito: “¡Estás... despedido!”. Exagero en los signos de exclamación, porque esa corta frase significaba para los pasantes el éxito o el fracaso de toda su vida.
No recuerdo en cuál de los 145 capítulos de La niñera (The Nanny) aparecía el futuro presidente. Ese cameo fue breve y, la verdad, cuando lo vi ni tenía claro quién era. Lo que sí trascendió fue la molestia del “invitado” cuando se le presentó como “millonario”. Fran Drescher, la maravillosa Niñera, reveló que la oficina de Trump envió una carta formal advirtiendo que Donald no era millonario, sino billonario, carta que ella aún conserva.
Entonces estábamos, supongo yo, muy lejos de vislumbrar el alcance político del magnate. En otros temas, ¿recuerdan ustedes esa frase de “muerta por dentro, pero de pie, como un árbol”? La decía la gran Ofelia Guilmáin (madre de Juan Ferrara) en la obra Los árboles mueren de pie.
Si son de mi rodada, tal vez no disfrutaron de su histrionismo en su apogeo, pero muy probablemente reconocen el tamaño de actor que es Juan Ferrara. Pues este domingo presencié la despedida del primer actor. La puesta en escena de la obra No te vayas sin decir adiós es la elegida por Ferrara para cerrar su ciclo de más de 60 años de carrera. Había que verlo.
El personaje que encarna corresponde a un hombre de su edad cuya intervención en su familia podría cambiar el curso de las cosas. La trama no nos evita el drama y don Juan Ferrara no se despide del escenario sin llevarnos por un ascendente laberinto de reacciones: nos hace reír, nos conmueve y nos hace amarlo. Creo que estar en vivo y de frente al adiós de un primer actor es un privilegio que sólo el teatro otorga.
En este mundo del espectáculo hay famosos, populares y hay artistas; a esos, cóbrenmelos aparte. Los que se entregan, que dan su rabia y su cadencia al arte de expresar y conectar, cada vez son más pocos, pero aún los tenemos.
Cuando la salud y el arte les permiten despedirse con dignidad y oficio sobre las tablas, la cita es obligada. Si les es posible, no queden mal: acudan a No te vayas sin decir adiós, donde Juan Ferrara los espera y no los decepcionará.
