He escrito muchas veces sobre el complejo que tiene México a la hora de integrarse en su región. Los gobiernos posrevolucionarios, por conveniencia cultural, han atacado la hispanidad como parte cultural fundamental de México exaltando el pasado prehispánico como fundacional y oprimido por el extranjero que llegó a conquistarnos. Es una visión que ha hecho mucho daño al complejo de inferioridad colectivo de este país. El otro discurso fue el del hermano “latinoamericano”, que, paradójicamente, es la unión de pueblos gracias a la hispanidad, en contra de nuestro vecino del norte, que es el país más poderoso y potente del mundo.
Esto cambió para fortuna de México en los años 90 cuando Carlos Salinas de Gortari tuvo una visión de grandeza de México, tratando de cambiar nuestra visión de nosotros mismos mediante nuestra integración (y aceptación) geográfica en América del Norte. A partir de ese momento, México cambió profundamente en su entorno económico.
El primer cambio relevante fue el de dejar de depender del petróleo como motor económico nacional; imagine usted que no lo hubiéramos hecho. La economía de mercado funcionó como lo hace y parte importante del proceso productivo que estaba en los Estados Unidos empezó a moverse a México para buscar eficiencias. Eso creó grandes oportunidades para aquellos estados que lo entendieron y dio crecimiento a otros estados que no hicieron mucho, pero que la coyuntura geográfica benefició. Guanajuato y Querétaro eran estados con economías agrícolas, pero que tuvieron una visión y objetivo de largo plazo donde, gobernara quien gobernara, debía seguir con la estrategia y perfil pro-industria que los ha llevado a tasas de crecimiento similares a las economías asiáticas. El caso de Querétaro es especial, porque esta visión de largo plazo se llevó a cabo con alternancia de partidos en la gubernatura.
El segundo cambio relevante es que acentuó la partición del país en dos Méxicos. Alguna vez, un italiano me dijo que México es más parecido a Italia que a España, “el norte trabaja, el centro administra y el sur descansa”. El punto es que el sur de México no ha encontrado una vocación de desarrollo ligada al comercio con Norteamérica. Mucha culpa de esto ha sido la dependencia a Pemex en algunas regiones y otra a falta de imaginación económica. En los años dos mil, con el boom automotriz, los estados del sur que no tenían las condiciones que exigían el establecimiento de plantas de manufactura en sus territorios, en lugar de pensar en sus opciones.
El centro y norte, por su lado, tienen un dinamismo económico gigantesco por la cantidad de plantas industriales y de una cultura de trabajo que se parece más a Texas que a cualquier otro lado. En mi carrera profesional he constatado que el mexicano capacitado puede ser uno de los mejores trabajadores del mundo. El problema ha sido que México no aprovechó del todo esa oportunidad. México no ha tenido un objetivo específico y alcanzable respecto a su desarrollo económico porque culturalmente siempre nos lleva la inercia.
La visita del USTR y las declaraciones posteriores respecto a que ya no seremos un área de libre comercio es un cambio de era, como lo fue 1994. Entiendo la narrativa y el optimismo gubernamental de que esta nueva era traerá oportunidades (sin duda), pero no creo que este país esté preparado para tener una nueva estrategia industrial y económica de futuro realista. Hay dos palabras clave que se requieren para la viabilidad económica de México: la primera es inversión y, como ya lo hemos dicho, la inversión requiere de orden y certidumbre jurídica. La segunda es competitividad, palabra clave y olvidada por sexenios, que significa generar las condiciones en las cuales los insumos de la producción sean al menor costo posible para incrementar la rentabilidad de las empresas (¡oh sacrilegio!). Sólo así se puede subir el salario sin afectar la competitividad. México necesita un organismo supragubernamental que defina una visión y estrategia de país y de región para que, cuando haya sensatez, se aplique como en el Bajío.
