A mi querido amigo Humberto Musacchio
En la narrativa energética del país, los números suelen chocar frontalmente con la retórica. Durante años se ha repetido que la soberanía nacional exigía inundar las refinerías de crudo a toda costa para dejar de importar gasolinas. Sin embargo, la realidad técnica y financiera del Sistema Nacional de Refinación (SNR) muestra que la brecha entre el discurso de la autosuficiencia y la física de los procesos químicos no sólo destruye patrimonio público, sino que también degrada el aire que respiramos.
En días recientes, un minucioso análisis elaborado por el especialista Francisco J. Barnés de Castro puso al descubierto las entrañas operativas de Pemex Transformación Industrial (TRI). Entre 2018 y 2024, las pérdidas netas acumuladas de Pemex TRI alcanzaron la vertiginosa cifra de 1.40 billones de pesos. Para dimensionar el tamaño de la grieta, esa cantidad representó 80% de todas las pérdidas netas acumuladas de Pemex en ese sexenio. En el mismo lapso, el patrimonio de la filial cayó de un saldo negativo de 162 mil millones de pesos a un boquete de 1.5 billones.
Las razones del colapso no responden a conspiraciones externas, sino a decisiones internas. Ante el declive en la producción de los crudos tradicionales Maya y Ku, a las refinerías se les forzó a procesar cargas ultrapesadas procedentes de Maloob y Zaap, aderezadas con condensados de Ixachi y Quesqui. Diseñadas en su mayoría para dietas ligeras, las plantas mexicanas reaccionaron con un bajón drástico de rendimiento: la producción de combustibles de alto valor —gasolina, diésel y turbosina— cayó 50% en comparación con la administración de Felipe Calderón. En contraparte, se disparó la generación de combustóleo, un subproducto amargo, residual y sin mercado global que terminó castigando los márgenes hasta generar pérdidas de más de 40 dólares por cada barril procesado.
La respuesta oficial de la paraestatal no tardó en llegar mediante una nota aclaratoria. Fiel al guion institucional, Pemex defendió que el objetivo central fue amortiguar los precios al consumidor final y avanzar hacia la soberanía energética. Aseguró, además, que las refinerías atravesaron un proceso histórico de rehabilitación tras el abandono del periodo neoliberal y sostuvo que las emisiones de dióxido de azufre (SO2) se redujeron 39% entre 2018 y 2026, ubicándose en 1.01 kilogramos por barril procesado.
Pero las cifras oficiales volvieron a tropezar con la ciencia. En una contundente réplica publicada ayer en la revista Energía a Debate, Barnés de Castro recurrió a la física elemental: un balance integral de masa. Recordó que el azufre amargo que entra por medio del petróleo crudo a una refinería sólo tiene dos caminos posibles: o se retiene en los productos terminados, o se recupera en las plantas especializadas. Lo que no se captura en esos contenedores se quema en las chimeneas y se envía a la atmósfera en forma de SO2.
El diagnóstico del exrector de la UNAM desmonta la versión oficial. Pemex ignoró en su respuesta los parámetros obligatorios de la NOM-148-SEMARNAT-2006, la cual exige recuperar al menos 90% del azufre liberado. Por falta de mantenimiento presupuestal —recursos absorbidos en su momento por la refinería de Dos Bocas y la coquizadora de Tula—, la mayoría de las plantas recuperadoras del país se desplomaron a eficiencias de entre 15 y 30 por ciento.
El resultado real es que las emisiones del SNR no bajaron, sino que se incrementaron 118%, alcanzando 2.43 kilogramos de SO2 por barril: más del doble de lo reportado por Pemex. Con ironía técnica, el estudio sugiere que el error de la petrolera estriba en confundir toneladas de azufre con toneladas de dióxido de azufre, donde existe un factor matemático de dos.
Restablecer la disciplina técnica en la mezcla de crudos, importar ligeros si es preciso, dar mantenimiento real y transparentar las metodologías no es un capricho ideológico. Es la diferencia entre tener un sistema energético viable o seguir quemando el dinero público y el aire de los mexicanos en la pira de la propaganda.
