Para ver claro, basta con cambiar la dirección de la mirada.
Antoine de Saint-Exupéry
Mirar al otro desde un lugar diferente dice más de uno mismo que del otro. La forma en la que prestamos atención a los demás determina el tipo de persona en la que nos convertimos. Dice el educador Parker J. Palmer que toda epistemología se convierte en una ética. Que la forma de nuestro conocimiento se convierte en la forma de nuestra vida: la relación del conocedor con lo conocido se convierte en la relación del yo vivo con el mundo en general.
Podemos mirar al otro desde nuestras esclavitudes: generalizaciones, estereotipos o ignorancia; podemos mirar al otro y calificar y clasificar su ser por un solo comentario, acción, idea o pensamiento; podemos, incluso, elegir no mirarle porque los primeros siete segundos de una mirada somera y reduccionista nos resultan una idea salvaje para nuestro propio pensamiento. En fin, que podemos hacerlo, pero… ¿en quién nos convertiría cada una de esas miradas? En un involucionado, en un crítico juzgador o en un ortodoxo tradicionalista amedrentado frente a la diferencia.
Se lo digo, mi querido lector, porque ninguna mirada debería condicionar nuestro pensamiento, por el contrario, ante la sorpresa de la conversión deberíamos repensar nuestro propio patrón de pensamiento y recalcular las rutas que nos devuelven a ese lugar del que ya no queremos formar parte. Porque cada una de esas miradas nos construye más a nosotros mismos que la idea, siempre mediana, que podemos construir sobre los demás.
Por eso es tan importante elegir desde dónde miramos al otro, si desde su luz o desde su sombra o desde nuestra luz o desde nuestra sombra. Elijamos mejor la luz, elijamos mirar desde un lugar neutral, justo, respetuoso y equilibrado, eso por lo menos nos convierte en mejores personas. Y, créame, esto cuenta y cuenta mucho para nuestra paz mental y eso, a su vez, es lo más cercano a la felicidad. Ahora bien, fortaleciendo mi argumento, le diré que no estaría de más ofrecer una mirada bondadosa, paciente y discerniente, una mirada de atención desinteresada, de ésas que nos permitan convertirnos también en buenos observadores, en personas sensibles y consideradas con los demás… ¿Esto nos convierte en gente superior? No, nada más lejos… nos convierte, simplemente, en personas que saben elegir su propia soberanía, la soberanía del bien sobre otros conceptos u otras estimaciones. Personas que eligen mandar sobre la costumbre, lo fácil o la pérdida de control personal.
Y le diré más, mi querido lector, podría asegurarle que nadie es infeliz, malencarado, déspota o grosero por voluntad, la mayoría de las personas que viven en esas posturas más oscuras de su propia vida probablemente no es porque así lo deseen, sino porque no saben cómo salir de ese bucle de mezquindad. Los pensamientos y las emociones se entrenan y, finalmente, nos convertimos en eso que practicamos diariamente. Por eso, mejor elijamos mirar los aspectos de mayor luz, aunque sólo sean pequeños destellos. Dejemos de enfocarnos en lo que los demás nos han hecho y seamos más exigentes: qué hemos hecho nosotros por y para los demás.
La conexión siempre empieza por uno mismo. Elegir desde dónde miramos a los demás es una elección propia que nada tiene que ver con el otro ni con su manera de mirarnos. No se puede ser mejor si uno no se exige más a sí mismo y decide no seguir actuando por impulso o reacción embebidos en esa justicia falsa de mirar como a uno lo miran. Eso no nos hace mejores personas, por el contrario, minimiza nuestras capacidades de observación, inteligencia, sensibilidad y evolución, y nos coloca al nivel básico del que no ha podido superar ni superarse y nos devuelve a las esclavitudes siempre tan limitantes. En la vida podemos elegir ser nosotros mismos o no serlo, ser uno mismo implica elegir esos patrones de pensamiento, de emoción y de acción que libremente hayamos elegido y que estén alineados a esa persona que queremos ser y cómo queremos vivir, el reto está en no dejar de ser uno mismo, a pesar de las miradas y las vicisitudes. Como siempre, usted elige.
¡Felices conexiones, felices vidas!
