Zaherir

La humillación persigue sumisión, acatamiento, esclavitud...

No tengo derecho a decir ni hacer nada que disminuya a un hombre ante sí mismo. Lo que importa no es lo que yo pienso de él, sino lo que él piensa de sí mismo.    Herir a un hombre en su dignidad es un crimen.

                Antoine de Saint-Exupéry.

Zaherir es humillar. Humillar es abatir el orgullo, ese orgullo que nos ayuda a sobrevivir, a poner límites, a sanar e incluso a resurgir. Humillar es herir el amor propio o la dignidad de alguien; es anular ese sentimiento de capacidad, de unicidad y de ser merecedor… Humillar es también consentir ese menoscabo en nosotros mismos. La humillación persigue sumisión, acatamiento, esclavitud. La humillación es el ataque más perverso que se le puede procurar a alguien. Ser humillado y permitirlo es, simplemente, patético e inaceptable.

La dignidad y la libertad son preciados derechos que muchas veces algunas personas reducen de categoría por un interés que consideran superior. Y aun pareciendo increíble… sucede. Sucede cada vez que se permiten las faltas de respeto, las acusaciones sin fundamento, los ataques de ira, las peticiones irracionales, las críticas malsanas, el menosprecio, la violencia en activo en pasivo y en cualquiera de sus formas; y peor aún cuando además de permitirlo… uno mismo participa en esa humillación, cediendo.

Uno mismo también se humilla, cuando deja de luchar, cuando deja de atreverse a intentarlo de nuevo, cuando minimiza lo que es y quién es frente a los demás; cuando no es capaz de valorarse, cuando se obsesiona por las opiniones ajenas, cuando permite que su pensamiento, su razonamiento y sus emociones sean manipuladas y controladas por alguien más o por la peor versión de sí mismo… uno mismo se humilla cuando se hace responsable de las irresponsabilidades de otro, cuando humilla o permite la humillación a los demás o a sí mismo, cuando es incapaz de negociar sus intereses, cuando es incapaz de defender sus posiciones… cuando fracasa ante el miedo.

Y son muchas las situaciones que pueden afectarnos a lo largo de la vida, y son muchas las circunstancias que debemos de enfrentar, pero sólo existen dos razones fundamentales para convertirnos en seres resilientes, valientes, auténticos, independientes y capaces frente a la vida: una es la dignidad y otra la libertad… y quien mercantiliza, cede, intercambia o minimiza cualquiera de ellas, simplemente… se rinde. Ni siquiera es importante si alguien ganó; el que se rinde, se rinde ante sí mismo y ante la vida.

En la vida siempre habrá que elegir y fortalecer dos NO negociables: la dignidad y la libertad. Son derechos que no pueden ser presentados ante nadie como moneda de cambio. La vida sin ellos no se puede vivir en primera persona y quien decide transferirlos no gana nada porque cede también su vida, aunque insista en engañarse.

Por eso hoy le invito a dejar de zaherir su vida, a dejar de decir o hacer algo a alguien o a usted mismo con lo que se sienta humillado o mortificado. La violencia, el poder… y también la dramatización, el chantaje, las culpas admitidas o creadas, las cargas asumidas, pero impersonales y todas esas realidades aparentes de supremacía sobre uno mismo, no son más que viles herramientas de amenaza y control.

Créame, no importa cuál sea la circunstancia… quien desea despojarle de esos derechos o bien quien tiene el carácter para cederlos no son más que la antítesis de la vida, porque quien es capaz de semejante sadismo es capaz de todo. Como siempre, usted elige. ¡Felices dignidades, felices libertades!

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