Kaláshnikov y el folklore mexicano

El militar ruso nunca hubiera querido pasar a la historia por el fusil.

Alguna vez alguien responsabilizó de mis tragedias personales al orden de mi mente; así, nada más. La sentencia, añeja ya, viene al caso a propósito del cincuentenario de Rayuela, y mi decisión clarísima de hacerle una columna al libro y a Cortázar, responsabilizándolos públicamente, junto con 62 Modelo para armar y El libro de Manuel, del susodicho orden, supuesto como resultó que era, eso sí, compruebo en mi descargo, porque ya iba sobre el teclado cuando se me apareció Mijaíl Kaláshnikov para segar (¡y cegar!) la devoción y el homenaje. Irresistible el personaje, por su aportación —apunto yo— al folklore nacional. Kaláshnikov tiene ya 93 años y hace unos días debió ser hospitalizado en condición crítica, para ponerme en riesgo de quedarle a deber hasta el más allá por su folklórica contribución. Kaláshnikov inventó el primer fusil de asalto, que disparaba proyectiles de repetición cual si fuera metralleta, y lo llamó AK-47 (Avtomat Kalashnikov, modelo 1947), mientras convalecía de heridas en batalla. Desde entonces el militar ruso ha insistido en que nunca hubiera querido pasar a la historia por el fusil, y que su verdadera —y fallida— vocación era el diseño de maquinaria agrícola. Se conocen 23 diferentes modelos del arma, y obliga para los fines de esta nota consignar que don Mijaíl sólo patentó su invento en Suiza, que 90 % de los rifles vendidos han sido pirateados, que hay países en los que han llegado a costar cantidades tan insignificantes como 30 o 35 dólares, y que Kaláshnikov nunca ganó dinero con su aportación al ejercicio universal de la violencia. El mismísimo Pérez Reverte le ha concedido al AK47 el carácter de “… símbolo de libertad y de esperanza para los parias de la tierra,.. arma de los pobres y los oprimidos,.. símbolo del mundo que pudo ser y no fue”. De ese tamaño. Ya enganchado y escribiendo sin control, roto del todo mi texto sobre Cortázar, ¡guguelié!, lo confieso, para enterarme de los requisitos que debe cumplir cualquier objeto, práctica o acontecimiento para considerarlo folklórico: transmisión oral, autoría anónima, funcionalidad, durabilidad, ausencia de una versión oficial, múltiples variantes, versiones tanto urbanas como rurales, y aglutinación en una corriente, estilo o género, de modo que se convierta en patrimonio colectivo. Y ahí está justamente la aportación de Kaláshnikov: hemos ido del rebozo, el sombrero charro, las chinas poblanas, las jícaras pintadas a mano, el jarabe tapatío y las piñatas, a los narcofoseados, los pozoleados, los decapitados, y por supuesto a los AK47 que figuran indispensables en los innumerables relatos que constituyen, en efecto, colectivo patrimonio, memoria imborrable de un pleito absurdo plasmado con arreglo perfecto a las ocho condiciones. Puedo rematar mi texto con un recurso excelente: el relato de Alejandro Almazán, que se llama Chicas Kaláshnikov (Los testimonios, Eros Ediciones, 2013). Acuña el folklórico término para referirse con él a las mujeres que en México se dedican al oficio de sicario. Transcribo lo que puedo de un texto que atrapa al instante: “… lo primero que le pregunto a Yaretzi es cuánto cobraría por matarme… dice: vales lo mismo que la demás gente, nada. Yaretzi iría por su muertito veintiséis, pero los guachos la arrestaron por traer dos cuernos de chivo (¡AK47!) en bandolera”. Yaretzi pone una condición para su testimonio: “Debes escribir que creo en Dios y que estoy arrepentida”. Consigna Almazán más adelante: “Olía, vestía y desparramaba Ed Hardy como toda chica edhardyzada. Soy la güera, la sicaria, se presentó…” Yaretzi habla largo de una de sus víctimas, “la vieja”. Alejandro pregunta: ¿y cómo la sueñas? “Sin ojos, gritando que ojalá me muera”. Seguirá Almazán, acosando porque lo que escucha lo acosa: Matas, ¿y luego? “Nada”, dice Yaretzi, “no sientes nada”. Yo voy y vengo una y cien veces a la Revolución Mexicana, a Villa y sus Dorados y a todos esos fusilados o colgados de los postes de telégrafos, a los relatos siempre de guerra y muerte, folklóricos más allá de la versión oficial de la gesta heroica. Kaláshnikov y su fusil, Alejandro y su charla con sus asesinas de a mil presos diarios, “quince mil por quincena”, hacen el folklore de nuestro siglo nuevo, el del horror que, curioso, vuelve a padecer Chihuahua igualito que a Villa y los suyos. Los AK47 ocupan ya un sitio junto a las carabinas 30/30. Lo mismo sucede con su interminable anecdotario de guerra, horror y muerte.

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