Octavio Paz y nuestro laberinto

Por Luis Maldonado Venegas Este domingo se cumplen 105 años del nacimiento, en la Ciudad de México, del poeta, ensayista, diplomático y Premio Nobel de Literatura 1990 Octavio Irineo Paz Lozano 31 de marzo de 191419 de abril de 1998. La producción literaria de ...

Por Luis Maldonado Venegas

Este domingo se cumplen 105 años del nacimiento, en la Ciudad de México, del poeta, ensayista, diplomático y Premio Nobel de Literatura (1990) Octavio Irineo Paz Lozano (31 de marzo de 1914-19 de abril de 1998).

La producción literaria de Octavio Paz parece infinita: de la poesía al ensayo, de los apuntes de viaje a las semblanzas biográficas, de la reflexión histórica y política a su relación epistolar,  así como también sus antologías. Incluye su única obra de teatro, La hija de Rappaccini, estrenada en el ahora legendario teatro universitario El Caballito, el 30 de julio de 1956.

De modo que escribir sobre la biografía o las obras sobresalientes de nuestro insigne escritor, inevitablemente conduce a omisiones lamentables. Pero en el caso de Octavio Paz es inevitable y yo diría que hasta imprescindible correr ese riesgo.

Por ejemplo, debemos referirnos a Vuelta, el libro de poemas que compendió entre 1969 y 1975 (entre ellos Nocturno de San Ildefonso y A la mitad de esta frase).

Palabra que sugiere su regreso a México al renunciar como embajador en la India, después de los trágicos sucesos del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco, y que Octavio Paz rescata para fundar en 1976 la revista Vuelta (“Premio Príncipe de Asturias” en 1993). 

Vuelta rápidamente se convirtió en un referente, así como también en un espacio insustituible de difusión cultural y análisis político, hasta su desaparición, dos meses después de la muerte del escritor.

Casi un centenar de títulos rondan en la obra de Paz: desde Luna silvestre (1933), hasta Cartas a Tomás Segovia (1957-1985), edición 2008, pasando por el magnífico ensayo que personalmente revisó y enriqueció al paso de los años: El Laberinto de la soledad.

Publicado en 1950, en El laberinto de la soledad Octavio Paz escudriña y desmenuza el origen del ser nacional al tiempo que reflexiona (e induce a los lectores a seguirlo), sobre la compleja identidad de México y los valores culturales que mueven los hilos de su historia.

¿Qué hace diferentes a los mexicanos?, es la importante pregunta que aflora en cada uno de los capítulos del libro: “El pachuco” y otros extremos, “Máscaras mexicanas,” “Todos los santos”, “Día de muertos”; “Los hijos de la Malinche”, “Conquista y colonia”, “De la Independencia a la Revolución”, “La inteligencia mexicana, Nuestros días,” “Olimpiada y Tlatelolco”, “El desarrollo y otros espejismos”, “La dialéctica de la soledad”, “Crítica de la pirámide” y “Postdata”.

“Sólo los libros sacarán de la barbarie a este país”, escribió José Vasconcelos, secretario de Educación Pública durante el gobierno de Álvaro Obregón, para quien el propósito educativo “era una estética” debía culminar con la formación equilibrada del ciudadano, el maestro debía ser un artista de la educación”.

Octavio Paz, entusiasta seguidor de Vasconcelos, quien coincidía con este concepto, escribió: “Una sociedad poseída por el frenesí de producir más para consumir más tiende a convertir las ideas, los sentimientos, el arte, el amor, la amistad y las personas mismas en objetos de consumo”.

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