La dictadura del sistema democrático
El sistema actual parece estar sobrepasado
Por Santiago García Álvarez *
La situación política actual en América está marcada por populismos. Gobiernos de derechas o izquierdas han sido elegidos derivado de molestias con los mandatos que les precedieron. Hoy es común encontrar cambios pendulares en nuestros países donde la decepción de lo vivido, más allá de la elección de un proyecto conveniente, es la principal motivación para el cambio.
Nos encontramos ante una cierta crisis de autoridad. Ingenuamente anhelamos que una persona venga a resolver la problemática nacional con acciones mágicas. Nos gustaría contar con un Ejecutivo que aglutine en su ser las más altas virtudes éticas y morales, las cualificaciones técnicas inherentes a todas las disciplinas de gobierno; un manejo extraordinario de medios de comunicación; una vida privada ejemplar; absoluta tolerancia ante la crítica, exquisita sensibilidad; inteligencia superior y tantas otras cosas. Nuestra expectativa contrasta siempre con los golpes de realidad, propios de la fragilidad humana, en las personas de nuestros gobernantes. La decepción es obvia.
Los gobernantes en turno, carentes del perfil idealizado, verán sus cualidades minimizadas y sus defectos exagerados debido a la virulencia opositora y a la opinión pública cada vez más crítica. Tendrán, por tanto, una tarea que no será difícil, sino prácticamente imposible. En cuanto se materialice la alternancia de partido y posición política, de inmediato se voltearán los papeles y los críticos se volverán víctimas y las víctimas serán ahora los críticos. No sé, incluso si alguno de los célebres gobernantes del siglo XX sería capaz de gobernar el día de hoy y satisfacer a una sociedad cuyas expectativas son infinitamente mayores que las posibilidades reales de acción.
La imposibilidad de un gobernante con características de superhombre es un elemento que colabora con la crisis de la democracia. A eso hay que sumarle los siempre presentes intereses de las cúpulas. Aún en aquellos países donde el sistema democrático se ha consolidado, las mayorías son influidas por posiciones políticas, ideológicas o de poder de unas cuantas minorías que, además, logran confundir a las mayorías, haciéndolas pensar que están en posiciones de absoluto ejercicio de su libertad de expresión y acción. Una aterciopelada “jaula de hierro”, en palabras de Max Weber.
El sistema democrático se transforma, con frecuencia, en la dictadura de unos cuantos que saben manipular a lo demás. La democracia actual es también un sistema de opinión pública crítica gobernada generalmente por lo políticamente correcto, que conduce a la inmediata satisfacción electoral de las mayorías y su inminente insatisfacción posterior.
En este contexto, el sistema actual parece estar sobrepasado, desbordado y, por momentos, agotado. El pesimismo y la crítica son las nuevas formas de “ser inteligente”. Por si fuera poco, la crítica parecería inversamente proporcional a la autocrítica. En general, las expectativas de lo que debe hacer el grupo en el poder son significativamente más altas que los propósitos de mejora del resto.
La única manera de superar las crisis es mediante participación, colaboración, involucramiento de numerosos actores, sensibilidad social, amplitud de mente y generosidad. Y con plena conciencia de que el gobernante perfecto no existe. La lógica en clave colaborativa ha sido más bien escasa y se vuelve cada vez más necesaria contra la mentalidad ganar–perder.
Sin embargo, este discurso brilla por su ausencia, no es prioridad, no parece ser la agenda de casi nadie. No está en la corrección política. Lo que vende son las narraciones de lucha, de buenos contra malos. Quien pone el acento en la colaboración, en el entendimiento, en la capacidad de ponerse en los zapatos del otro, no entrará en el club de los críticos, de los inteligentes, de los agudos. Por si fuera poco, se trata de un discurso que tampoco atrae muchos votos y por ello se minusvalora. La democracia latinoamericana ha caído en círculos viciosos que es preciso romper.
Si somos incapaces de tender puentes, de trabajar en proyectos conjuntos, de actuar como sociedad organizada, la salida probable es el autoritarismo: quien nos dirigirá será la mano dura de quien más y mejor criticó, el que más gritó, quien más golpeó. Un autoritarismo que se ha vuelto alternativo, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Hablamos mucho de las crisis políticas, pero se habla poco de la crisis más profunda, de la crisis humana presente no solo en los gobernantes, sino en nosotros como ciudadanos.
