Inés Arredondo: la sensualidad calcinada

Si fuese más arrojado diría que en Arredondo hay un leve aliento de horror. Las situaciones que describe, compuestas de escamas punzantes, resultan en una literatura mediada por lo verdaderamente humano

Por Guillermo Fajardo*

¿Será una obviedad decir que los cuentos de Inés Arredondo (Culiacán, 1928) ven en la intimidad la otra cara de lo sagrado? Una religiosidad laica campea en sus cuentos, hay una ambigüedad vital en el contacto con el otro, nos pasmamos ante un erotismo trastornado por la presencia de lo ilícito. Arredondo pareció encontrar sus obsesiones en las fronteras: en los límites de la vida, del desamor, de la familia. Si fuese más arrojado diría que en Arredondo hay un leve aliento de horror. Las situaciones que describe, compuestas de escamas punzantes, resultan en una literatura mediada por lo verdaderamente humano: la tragedia indispensable que, al conocerla en sus labores de alcoba, nos invita a consumar algún acto de amor con ella.

En Estío, por ejemplo, un cuento de un incesto imaginado, la sensualidad y la tersura por la que navega Arredondo componen retratos de una conciencia reprimida que, tensados hasta el extremo, corrompen el deseo, ese otro nombre de lo prohibido. En este cuento, una madre, durante el verano, descansa con su hijo Román y su amigo Julio. La narración exhala un fuego particular, en donde el deseo por el hijo, apenas sugerido, encuentra en la exactitud del lenguaje de Arredondo una mirada que concentra la intimidad en la transgresión del tabú, pues como bien escribió Rose Corral, “la revelación del deseo por el hijo (…), no puede existir, (…) en un plano consciente”. Cuando la madre, al final del cuento, se encuentra con Julio en la noche y comienzan a besarse, el tabú, por fin, emerge a la superficie. “Y pronuncié el nombre sagrado”, expresa ella, es decir, el nombre de su hijo.

Algunos autores pueden ser demoledores al tacto, otros pueden saber a miel o a piedra viva, otros pueden ser vistos a través del contagio de sus fobias, otros más se permiten pertrecharse en los sonidos, finalmente, habrá otros esclavizados por los aromas. Inés Arredondo parece concentrar los cinco sentidos. Esto resulta en ciertas descripciones edénicas. Se entiende si atendemos a que Arredondo creció en Eldorado, una hacienda azucarera que, en palabras de la propia autora, “comprendía muchas miles de hectáreas, y todos los caminos estaban bordeados de guayabos. El pueblo y el ingenio quedan circunscritos por kilómetros y kilómetros de huertas; huertas de lichis (…) traídos de China, de cuadrados de la India, de caimitos del Perú…”. Las biografías de los escritores podrían darnos un pretexto para enlazar vida y obra como un calvario de correspondencias y traumas. Quizá en Arredondo este riesgo sea menos pronunciado, pues esta imaginación feraz que atraviesa los escenarios y los cuerpos parece sacada, efectivamente, de algún huerto ubérrimo. 

Hay, sin embargo, peligros y amenazas debajo de esta pauta de lo fecundo: desamores, tabús, distanciamientos. Por detrás de estos arcoíris habrá advertencias importantes que los cuerpos y la sique pugnarán por entender. En La señal, un gesto, aparentemente absurdo y humillante, envuelve la trama. Pedro, el protagonista, se encuentra en una iglesia cuando un obrero le pregunta si puede besarle los pies. ¿Qué lectura darle a un gesto que es, al mismo tiempo, sumisión y transgresión? Besar los pies lleva preñado resonancias bíblicas que nos hablan del sacrificio disciplinar de Jesús. Al mismo tiempo, sin embargo, tal acto interrumpe la intimidad del que recibe aquellos labios. Al final del cuento, Pedro sufre una transformación, pues ese acto, piadoso o siniestro, “lo cambiaba todo”.

Otro ejemplo de los extremos vitales a los que Arredondo es capaz de llegar lo vemos en La extranjera. El cuento no es sólo la historia de Minou, una alemana que llega a México y cuya soledad existencial se extiende, como una infección, a su vida. El título es engañoso, pues no se refiere a la nacionalidad como condición foránea sino a la imposibilidad de comunicación humana. Un extranjero, en todo el sentido de la palabra: no un misántropo sino un ser cuya pasividad ante el mundo resulta milagrosa y perturbadora.

Un tema que se encuentra repartido en Arredondo es la violencia masculina. No se trata, en este caso, de una violencia expresiva sino soterrada y estratégica, que se aprovecha de los privilegios de ser hombre para transgredir el espacio de la carne, como en el cuento La sunamita o en 2 de la tarde. Los dispositivos del género son representados en todo su esplendor: la masculinidad aparece como una sensualidad corrupta. Y Arredondo sabe bien lo que hace: recorre los espacios de la hegemonía masculina y los entiende entre las sábanas y en la calle, entre extraños o familiares. Inés Arredondo sangró lo suficiente. Sus personajes así lo atestiguan.

Ignoro si la literatura mexicana ha parido otro dolor así.

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