Ética, ciudadanía y buen gobierno

Por Luis Maldonado Venegas* En el Museo del Louvre París, Francia se conserva una célebre estela en la que Hammurabi, rey de Babilonia 1792 a.C.1750 a.C., recibe de manos de Shamash, dios del sol y la justicia, las 282 leyes de un Código grabadas en la columna de ...

Por Luis Maldonado Venegas*

En el Museo del Louvre (París, Francia) se conserva una célebre estela en la que Hammurabi, rey de Babilonia (1792 a.C.-1750 a.C.), recibe de manos de Shamash, dios del sol y la justicia, las 282 leyes de un Código grabadas en la columna de piedra que llevaría su nombre al menos durante cuatro milenios.

Al principio del código Hammurabi precisa: “Anum y Enlil me designaron a mí, Hammurabi, príncipe piadoso, temeroso de mi dios, para que proclamase en el país el orden justo, para destruir al malvado y al perverso, para evitar que el fuerte oprima al débil, para que, como hace Shamash, Señor del Sol, me alce sobre los hombres, ilumine el país y asegure el bienestar de las gentes”.

Para el fin que hoy nos ocupa, es pertinente señalar que los párrafos 218 a 220 del antiguo código mesopotámico refieren los fundamentos que la sociedad podía emplear para protegerse de los errores (reales o supuestos) y las negligencias de los médicos de la época. Siglos después, la esencia ética de esos fundamentos fue recogida en el famoso Juramento Hipocrático.

El médico griego Hipócrates (460 a.C._370 a.C.) recomendaba en su libro De las Epidemias el aforismo latino “Primum non nocere” (ante todo no hacer daño), reforzado por Galeno de Pérgamo (130-210 d. C.), médico, cirujano y filósofo griego en la Roma imperial.

Desde hace siglos, pues, el “ante todo no dañar” forma parte de la ética esencial para estudiantes y profesionistas de la medicina. Las enfermedades o muertes causadas o provocadas por un acto médico o por negligencia se castigan penalmente en muchos países.

¿Por qué no incorporar el código ético de “ante todo no dañar” a las políticas de Estado y aun a sus leyes normativas en nuestro querido México? La ética contribuye esencialmente a la democracia en temas de transparencia, rendición de cuentas, fiscalización, convivencia social, impartición de justicia, respeto y tolerancia. Me detengo en este último concepto: tolerancia, que alude a la importancia de saber escuchar al prójimo; no romper las reglas del buen trato cuando hay desacuerdos y dialogar de manera razonable sobre asuntos de interés colectivo.

El respeto implica no agredir ni causar daño a un semejante, a pesar de las diferencias de enfoque o de criterio que se tengan ante los problemas sociales. En el todo se halla la civilidad, vivir —gobierno y ciudadanos— con apego a las reglas públicas vigentes, inducir conductas correctas, ceñirse a las normas de interés general.

En los regímenes democráticos, el ejercicio del poder significa buen gobierno, “ante todo, no hacer daño” al gobernar, pero también equivale a ser buen ciudadano.

Está por concluir la primera quinta parte del Siglo XXI; en la medida en que avanzamos pareciera que nos acercamos a un nuevo modelo de Estado social, en el que cada día exige más presencia el ciudadano.

En su ensayo La importancia de la ética en la formación de valor público” (Estudios Políticos, volumen 32, mayo–agosto de 2014), el maestro Ricardo Uvalle Berrones, doctor en administración pública por la UNAM y catedrático universitario, asienta que la formación de valor ético aporta valores fundamentales para estimular la conducta social y el desempeño institucional.

La recuperación de la ética es asunto relevante, escribió el dr. Uvalle, porque nutre y aporta el mejor desempeño de la gestión institucional, ya que con su contenido normativo y prescriptivo, contribuye a eliminar situaciones relacionadas con la opacidad, la corrupción, los desfalcos, la cleptocracia, el patrimonialismo y la ilegalidad. Al invocarse la ética como fuente de valores normativos que se orientan a conseguir conductas ejemplares, es factible situar el sentido y filosofía del valor público, entendido en la lógica del buen gobierno… “La producción del valor público, tarea central en las instituciones administrativas y gubernamentales, es una tendencia que permea al servicio público, con la exigencia de cuadros administrativos más comprometidos con el sentido de lo público y la necesidad de que las democracias se acrediten mejor tanto como una forma de gobierno, como un sistema funcional de vida para los ciudadanos y las organizaciones sociales”.

A la ética corresponde determinar qué clase de hombre hay que ser para tener derecho a poner la mano en la rueda de la historia. Max Weber: “El político y el científico”.

*Presidente de la Academia Nacional de Historia y Geografía de la UNAM.

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