El sueño industrial que México no supo construir
Por:Ricardo Peraza* El nearshoring fue una promesa. Un plan que parecía inevitable, como la marea que sube. La oportunidad perfecta para que México se convirtiera en el motor industrial de Norteamérica, para atraer fábricas, empleos y crecimiento. Lo llamaron el ...
Por: Ricardo Peraza*
El nearshoring fue una promesa. Un plan que parecía inevitable, como la marea que sube. La oportunidad perfecta para que México se convirtiera en el motor industrial de Norteamérica, para atraer fábricas, empleos y crecimiento. Lo llamaron el segundo “sueño mexicano”. Pero los sueños requieren cimientos, y en México no se ven firmes.
En este año, la realidad ya se impuso. En lugar de un auge manufacturero, hay dudas. En lugar de inversiones masivas, hay cautela. Tres golpes, cada uno en su propia dirección, están sepultando la oportunidad antes de que realmente despegue. Si no se hace algo pronto, el nearshoring será sólo otra promesa que nunca se cumplió.
Nadie invierte en donde no hay reglas claras. La reforma judicial no es un ajuste técnico ni una modernización administrativa. Es una demolición del sistema de justicia tal como se conoce. La independencia judicial está en juego, y con ella, la principal herramienta que los inversionistas tenían para defenderse de actos arbitrarios del Estado. Sin tribunales confiables, la inversión extranjera se detiene en seco.
El nearshoring no es sólo la llegada de fábricas. Es estabilidad, contratos cumplidos y tribunales imparciales. Sin estos elementos, nadie arriesgará miles de millones de dólares.
Pero el problema no es sólo interno. Hace algunas semanas, Trump volvió a agitar el escenario comercial con la constante amenaza de aranceles: 25% general a México y Canadá, el mismo porcentaje a nivel global para el acero y el aluminio, y la semana pasada, lo que denomina un “arancel recíproco” a todas las naciones que comercian con EU, una medida que carece de fundamento económico y que, de implementarse, podría desencadenar represalias comerciales a gran escala. Estas amenazas no sólo crean incertidumbre, sino que también golpean la confianza de los inversionistas, quienes observan con cautela el posible impacto en las cadenas de suministro y en los proyectos de nearshoring.
A pesar de que en la realidad no se han materializado todavía nuevas medidas arancelarias contra México, su discurso y amenazas constantes ya han sembrado incertidumbre. Trump ha dejado claro que el comercio con México no es una prioridad y que su estrategia sigue siendo la misma: presionar con aranceles para lograr concesiones.
Sin embargo, tarde o temprano, los aranceles llegarán. Tal vez no 25%, tal vez no a todos los productos, pero llegarán. Ya sea bajo la justificación del déficit comercial, de una crisis en la frontera o cualquier otro pretexto político, la presión sobre las exportaciones mexicanas no desaparecerá. Si EU impone barreras, México perderá atractivo.
Más allá de la política arancelaria, cuando una empresa extranjera analiza establecerse en México, lo hace con la idea principal de incursionar en el mercado americano sin dejar atrás el mercado mexicano, que también es atractivo. Pero para instalarse, busca tres cosas esenciales: energía, agua y seguridad. Sin acceso garantizado a energía confiable y a precios competitivos, no hay inversión posible. Muchas industrias, especialmente en manufactura avanzada, requieren no solo disponibilidad, sino estabilidad en el suministro. La incertidumbre en el sector energético mexicano, con cambios regulatorios y trabas a la inversión privada, es un factor de riesgo que puede ahuyentar inversiones. El agua es otra preocupación. La industria automotriz, la de semiconductores y la de alimentos dependen de este recurso, y la escasez en algunas regiones ya genera alarmas.
Pero la seguridad es el factor definitivo. La violencia, la extorsión y el crimen organizado ponen en riesgo tanto a las operaciones como a las personas. Desde enero, esta amenaza ya no es sólo un problema de seguridad pública. Es una cuestión de terrorismo. Washington ya tomó la decisión: los cárteles mexicanos han sido designados oficialmente como organizaciones terroristas. Con ello, la presión sobre las empresas que operan en México aumentará de manera drástica. Pagar derecho de piso no es sólo un problema de seguridad. Ahora podría considerarse financiamiento al terrorismo. Si una empresa, por miedo o presión, entrega dinero a un grupo criminal, puede ser acusada de colaborar con terroristas. Las sanciones serán brutales: desde multas millonarias hasta la prohibición de operar en EU. Esto coloca a muchas empresas en una encrucijada. Si operan en zonas controladas por el crimen organizado, ¿cómo evitar ser extorsionadas? Y si no pueden evitarlo, ¿cómo justificarlo ante las autoridades estadunidenses? La carga de compliance será alta para muchas multinacionales, la solución más simple será irse.
El problema está claro. México y EU deben dejar de verse como socios comerciales circunstanciales y entenderse como una sola unidad económica. Un bloque que compita con China no sólo en manufactura, sino además en estabilidad y seguridad. México debe detener la reforma judicial. Sin un sistema legal confiable, no hay nearshoring que sobreviva. También debe atacar frontalmente la corrupción, el cáncer que permite que el crimen organizado controle regiones enteras del país. Y México y EU deben avanzar hacia una integración más profunda, quizás incluso en términos aduaneros, para evitar que la tentación proteccionista mate la industria antes de que nazca.
La oportunidad del nearshoring no se da cada década. Si México la deja escapar, no habrá una segunda chance. Y cuando miremos hacia atrás, en los años venideros, veremos que el segundo “sueño mexicano” nunca murió. Simplemente, nunca nació.
*Abogado internacionalista
