Ejemplos y antiejemplos de la pandemia
• Las naciones latinoamericanas exhibieron las insuficiencias de sus limitadísimos sistemas de salud.
Por Jaime Rivera Velázquez
El año 2020 pasará a la historia como el año de la covid-19. Su llegada fue sorpresiva para todos los países, pero hubo unos más sorprendidos que otros. China fue el primer país afectado por ese virus, pero respondió rápidamente con medidas severas de contención, aislamiento forzoso de ciudades y construcción de hospitales en tiempo récord. Algunos países europeos, como Italia y España, sufrieron olas de contagios antes de que se conociera internacionalmente la explosiva dinámica de transmisión, tomaron decisiones erráticas y sufrieron muchísimas pérdidas humanas. Los países de América tuvieron un poco más de tiempo para prepararse a enfrentar la pandemia, pero la mayoría de ellos no lo aprovecharon como se requería.
Podría decirse que la fortaleza institucional previa de los sistemas de salud determinó en buena medida la capacidad de respuesta, pero esta condición no es del todo generalizable; también ha contado mucho la conducta de los gobiernos. Así, mientras que Corea del Sur, Japón, Singapur, incluso, Vietnam —tan cercanos y vinculados económicamente a China— pudieron frenar los contagios gracias a la aplicación masiva de pruebas, la utilización de tecnología para detectar y rastrear casos, así como al uso obligatorio del cubrebocas, algunas naciones avanzadas, como el Reino Unido, subestimaron el riesgo, no tomaron oportunamente medidas de contención y el propio primer ministro, Boris Johnson, se enfermó de la covid-19. Por su parte, Alemania, Dinamarca y Noruega siguieron una estrategia de contención bien diseñada, aprovecharon bien su capacidad hospitalaria y lograron minimizar sus pérdidas, al tiempo que aplicaron programas de incentivos fiscales y apoyos económicos a empresas y a la población. Otro caso ejemplar es Portugal, que sin ser muy próspero ni disponer del más avanzado sistema de salud, logró una contención notable de los daños de la pandemia.
El caso más sonado de éxito es el de Nueva Zelanda, a grado tal que su primera ministra Jacinda Ardern se ha convertido en una celebridad mundial. Fijó cuarentenas, cierre total de fronteras y actividades económicas, rastreo riguroso de contagios y programas masivos de apoyo económico a toda la población, logrando un reducidísimo número de casos y aun menor de muertes.
El continente americano es, con las brillantes excepciones de Canadá y Uruguay, una historia de fracasos en la pandemia. Canadá, gracias a su red de salud pública universal, una infraestructura hospitalaria de primer orden y un sofisticado sistema de planeación gubernamental, estaba lista para la pandemia desde que se produjeron las primeras noticias del coronavirus en enero. Lamentablemente, en fechas recientes ha resentido un rebrote debido a la crudeza de su invierno. Uruguay, históricamente con un desarrollo institucional superior al promedio latinoamericano y con la difusión de pruebas de detección muy baratas, logró una contención envidiable en términos regionales.
En general, las naciones latinoamericanas exhibieron las insuficiencias de sus limitadísimos sistemas de salud. También la fragilidad fiscal de los Estados impidió la ejecución de programas de rescate y apoyo tan amplios como los europeos, aunque algunos gobiernos, como el de Chile, por lo menos lo intentaron. Finalmente, hay factores económicos que impiden el confinamiento en la región, como las altas tasas de población que trabaja en el sector informal y vive al día vendiendo productos o servicios en la calle. Además, la indisciplina de una parte población, inclusive de aquella que sí podía recluirse y no lo hizo, ha llevado a una proliferación incontenible de casos.
La mayor decepción ante la pandemia ha sido Estados Unidos. El presidente Trump menospreció la gravedad de la pandemia, desautorizó a sus propios asesores científicos, como el doctor Fauci, alegó que la pandemia pasaría rápidamente, se rehusó a dar buen ejemplo usando el cubrebocas, incluso, ponía en duda su utilidad. Para colmo de males, Trump y sus seguidores hicieron de la actitud ante el cubrebocas una enseña de su identidad política: quienes usan cubrebocas son los demócratas, no los valientes republicanos que hacen valer su libertad individual. La irresponsabilidad del gobierno federal es, por lo menos en parte, causante de que el país más rico del planeta tenga también el mayor número de víctimas de la pandemia. Si bien en Estados Unidos ha habido importantes apoyos económicos para la población que perdió su empleo o dejó de trabajar por la pandemia, se hizo patente como nunca la ausencia de un sistema de salud pública universal, que habría evitado que la enfermedad se cebara tan sesgadamente contra la población afroamericana y de origen hispánico.
La irrupción del virus SARS-CoV-2 es una calamidad de cuyo origen a nadie puede culparse. Pero de la forma en que los gobiernos la han enfrentado sí se les debe exigir cuentas.
