De la corrección política a la polarización
En Latinoamérica, la corrupción ha sido castigada por el electorado. Al mismo tiempo, la radicalización del discurso ha dado resultados en ciertos contextos
Por Santiago García Álvarez*
Hace algunos años, no muchos, en el mundo político y mediático se cuidaba la corrección política. Mantener un discurso ponderado y sensato era importante. En años recientes, en contraste, hemos presenciado en numerosos países un viraje hacia los discursos más bien radicales, menos cuidadosos, más hirientes y, aparentemente, más eficaces.
En esa eficacia, al menos en ciertos contextos, ha descansado la permanencia de este tipo de discursos. Muchas afirmaciones nos molestan, quizá nos indignan, pero algo tienen que han dado cierto resultado.
Por ejemplo, a pesar de las numerosas críticas que ha recibido Trump, todo indica que su discurso radical le ha reportado resultados en popularidad. Hay personas en Estados Unidos que se inclinan por ese tipo de posiciones alejadas de la corrección política tradicional. ¿Qué tan sostenible es? Se verá en las siguientes elecciones.
Por otra parte, es interesante analizar el caso del Presidente actual en México. Algunas personas han sido críticas con sus posiciones y, sin embargo, parecen seguir generándole resultados, debido a que precisamente su discurso, a veces polarizante, agrada a un público específico y ciertamente amplio. Un caso distinto es el de Brasil, donde hemos presenciado un cambio pendular en pocos años, de la izquierda a la derecha. El mensaje más radical de Bolsonaro ha agradado a cierto público. En Latinoamérica, la corrupción ha sido uno de los puntos que más ha castigado el electorado. Al mismo tiempo, la radicalización del discurso ha dado resultado en ciertos contextos.
Analicemos con más detenimiento la naturaleza de los mensajes más polarizados, especialmente durante las campañas políticas. Los ciudadanos se decepcionan del gobierno en turno y ese hartazgo se va volviendo exponencial, derivado del efecto potenciador de las redes y de los medios, que tienen un alcance mucho mayor que antes. Lo negativo se escucha cada vez más y el enojo colectivo se multiplica, generando que las nuevas campañas busquen incrementar esa molestia, con la ayuda eficaz del discurso radical, que suele prevalecer sobre el discurso constructivo y de unidad.
Habría que valorar, por ejemplo, qué tanto el voto americano fue más antidemócrata que proTrump; o en México más antiPRI que proLópez Obrador; o en Brasil más antiizquierda que proBolsonaro. Podemos advertir que ha resultado eficaz hablar mal de lo anterior, aumentar el enojo ante el statu quo, y generar una calentura social que percibe como urgente un cambio radical. Pasar de un cierto límite de la corrección política cuesta trabajo, pero, una vez liberado, irse a los extremos ha resultado más eficaz que quedarse a “medias tintas”, pues justamente se pone el acento en los errores del pasado, potenciándose el enojo o el miedo, lo que facilita el viraje ante lo que teóricamente pondrá fin al hartazgo previo.
Podríamos hablar de distintos casos en muchos otros países, pero bastan esos tres –bastante distintos entre sí– para evidenciar el concepto. En México, por ejemplo, ante un gobierno considerado de izquierda puede gestarse un caldo de cultivo para el posible surgimiento de líderes de derecha con esta lógica de los extremos radicales.
La lógica pendular basada en la polarización ha ido ganando fuerza en tiempos recientes y ha generado resultados que saltan a la vista, facilitando cambios de un extremo al otro. En la medida en que siga siendo eficaz será difícil modificarla. Es preocupante si lo radical gana terreno. Si otras posiciones quieren avanzar tendrán que buscar caminos de eficacia.
