América Latina, giro a la izquierda

Hacia el cuarto año del gobierno deLópezObrador, el mapa político latinoamericano parece configurarse a la izquierda cada vez de manera más acelerada.

Fadlala Akabani

Secretario de Desarrollo Económico de la Ciudad de México

Tras la ignominia sufrida en Bolivia (noviembre 2019) por el golpe de estado militar con el que fue depuesto un presidente democráticamente electo, Evo Morales, que sumergió al país en el caos, la violencia política y la inestabilidad social, las diferentes expresiones de la izquierda latinoamericana no han hecho sino ganar terreno.

El primer país fue precisamente Bolivia, pues a poco menos de un año (octubre 2020) el candidato del MAS (Movimiento al Socialismo), Luis Arce Catacora, logró encabezar la recomposición de la izquierda boliviana y ganar la elección presidencial. Este triunfo demostró el rechazo del pueblo boliviano hacia el intervencionismo de la OEA, y los votos confirmaron en las urnas que la voluntad popular mayoritaria está por continuar el camino soberano trazado por Morales y el MAS.

A mediados de 2021, después de una muy cerrada contienda y un agudo conflicto poselectoral, 

Pedro Castillo fue declarado ganador de la elección presidencial por la Oficina Nacional de Procesos Electorales tras el escrutinio del 100 por ciento de las actas. En el Perú, este triunfo representó una histórica victoria que abre la puerta para la reivindicación de sectores rurales e indígenas, socialmente discriminados e institucionalmente marginados por el conservadurismo.

Hacia finales de 2021, en los meses de noviembre y diciembre, inclinaron nuevamente la balanza hacia la izquierda en las elecciones presidenciales de Honduras y Chile, respectivamente.

El triunfo de Xiomara Castro en Honduras restaura la vía democrática como medio de acceso al poder político, que quedó interrumpida con el golpe de estado militar orquestado por Estados Unidos —a través del SOUTHCOM— para deponer al presidente Manuel Zelaya en 2009; mismo año en que fue ungido con el Premio Nobel de la Paz Barack Obama, cuya administración no toleró la incorporación de Honduras al ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), un mecanismo de integración regional impulsado por Venezuela que llegó a aglutinar 12 naciones caribeñas, centro y sudamericanas.

Por su parte, el triunfo de Gabriel Boric en Chile, un político joven y bastante más a la izquierda del canon chileno; cuya arquitectura político-institucional fue delineada a la derecha durante la dictadura de Augusto Pinochet (que llegó al poder gracias a un golpe de Estado militar —impulsado por Estados Unidos, naturalmente— contra el mítico presidente Salvador Allende). Boric llega al poder con una coalición de izquierdas en la que destaca el PCCH (Partido Comunista de Chile) una de las organizaciones proscritas y más perseguidas durante la dictadura, que fue fundamental en la lucha por la vuelta a la democracia.

En 2018, después de la contundente victoria de López Obrador los analistas políticos vislumbraban un eje entre Ciudad de México y Montevideo, Uruguay, que hasta marzo de 2020 estuvo gobernado por el Frente Amplio, una fuerza política donde confluyen diversas expresiones de la izquierda uruguaya, desde algunas fundadas por exguerrilleros hasta posiciones más vanguardistas como la legalización del cannabis y la legislación de la “voluntad anticipada” para evitar el sufrimiento por la prolongación artificial de la vida ante enfermedades terminales. Tras 15 años de gobiernos populares y soberanos con dos presidentes, Tabaré Vázquez y José Mujica, el Frente Amplio no pudo mantenerse en el poder al perder la segunda vuelta de la elección presidencial en 2019. Sin embargo, al otro lado del Río de la Plata, Alberto Fernández ganó la elección presidencial argentina en 2019; desde antes de su llegada formal al poder, el nuevo gobierno argentino mostró la intención de construir una esfera de influencia en la región a partir del entendimiento entre Ciudad de México y Buenos Aires.

El gobierno de Argentina fue clave para el acercamiento en las relaciones diplomáticas México-Rusia, cuyo principal resultado fue la obtención de la vacuna Sputnik-V para nuestro país; así como la coproducción de una versión del fármaco AstraZeneca, siendo la primera producida en América Latina. El liderazgo y peso conjunto de ambas naciones ha sido clave para alzar la voz en la ONU a favor del acceso universal a vacunas para todos los países del orbe.

Hacia el cuarto año del gobierno de López Obrador, el mapa político latinoamericano parece configurarse a la izquierda cada vez de manera más acelerada. El Presidente de México ha constituido un liderazgo entre los mandatarios de la región; siendo un hombre que ha luchado toda su vida contra el conservadurismo nacional, conoce en carne propia los estragos del odio, racismo y clasismo empleados por las derechas latinoamericanas, lo que le ha permitido brindar apoyo y consejo a Pedro Castillo que comienza a experimentar los embates e insultos de una oposición verbalmente violenta y políticamente golpista. Para ello, el Gobierno de México no ha tenido que descubrir el “hilo negro” de la diplomacia, simplemente apegarse a la tradición de la política exterior mexicana, fundamentada en la Doctrina Estrada, y en estricto apego al artículo 89 constitucional.

En 2022 habrá elecciones presidenciales en Brasil y Colombia, siendo hasta el momento, Lula da Silva y Gustavo Petro los mejor posicionados en las encuestas de sus respectivos países. Para Lula da Silva, quien ya dirigió los destinos de Brasil entre 2003 y 2010, la contienda por la presidencia parece un poco más asequible ante el desprestigio y aislamiento de Jair Bolsonaro, mientras que en Colombia (un país tradicionalmente gobernado por el conservadurismo) el escenario luce un poco más complicado, empero, la izquierda colombiana confía en que existen condiciones inmejorables para lograr el triunfo.

Este año podría terminar con gobiernos de izquierda en nada más y nada menos que las seis economías más fuertes de la región: Brasil, México, Argentina, Colombia, Chile y Perú, una oportunidad hacia la cooperación y la integración regional en un marco de soberanía y bajo el contexto de la pandemia, que ha demostrado la necesidad de estados fuertes para preservar salud y economía en nuestra América, la América Latina.

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