Los placeres cotidianos / 19 de febrero de 2025

Hoy, expresar lo que piensas se ha convertido en un deporte de alto riesgo.

LA DIFÍCIL LIBERTAD DE EXPRESIÓN

¿Cancelados o censurados? El sábado, mi cuñada dijo que no estaba del todo en desacuerdo con la tajante postura de Trump sobre los dos únicos géneros. Pum, plaf, cataplof… se armó la discusión en casa, un debate polémico que casi sin darnos cuenta se volvió generacional: los sobrinos contra esa “visión limitante y limitada”, los adultos un poco más defendiendo. Hoy, expresar lo que piensas se ha convertido en un deporte de alto riesgo. Es más fácil que nunca que te descuadren la imagen o destruyan la reputación de alguien, incluso por un malentendido o una palabra mal puesta, que en otro momento hubiera pasado desapercibida. ¿Quién no ha sentido, alguna vez, la presión de andar con pies de plomo en una conversación? Un comentario desafortunado, un chiste que no se entiende o incluso una opinión honesta pueden ser suficientes para que las redes sociales (y no sólo ellas) te lancen al pozo de los cancelados.

Es irónico, ¿no? Vivimos en una era donde tenemos una libertad de expresión sin igual... pero sólo dentro de ciertos límites. Aquello que se considera políticamente incorrecto está al acecho, esperando la mínima oportunidad para condenar tus palabras, aunque éstas provengan de un lugar de sinceridad o ignorancia, y no de malicia o maldad. En este ambiente, decir lo que realmente piensas se convierte en una hazaña casi heroica, si no quieres verte arrastrado por la corriente del “yo no dije eso” o el temido “cancelado”.

La duda persiste: ¿realmente tenemos libertad de expresión, o sólo libertad de decir lo que está permitido? Los memes, las bromas y hasta los pequeños deslices en las redes sociales nos recuerdan que vivimos en tiempos en los que, en lugar de abrazar las diferencias, se prefieren los estándares rigurosos. ¿La solución? Censurarse, autocensurarse o, lo que es aún peor, callar para evitar ser desterrado del espacio público.

Lo que antes era parte del debate, hoy es considerado un tabú; lo que antes se entendía como una conversación respetuosa, ahora puede ser interpretado como un ataque. Y es que, en tiempos de corrección política, quien se atreve a opinar fuera del consenso establecido es visto como el enemigo, y no como alguien con quien se podría dialogar. Se ha puesto de moda que, si no piensas como ellos, te tachen de traidor a la patria. ¡Qué fuerte! Esta paradoja de la “libertad limitada” nos coloca frente a un dilema: ¿seguimos expresándonos libremente y corremos el riesgo de ser atacados por algo que no queríamos decir? ¿O nos callamos, no sea que alguien nos tache de insensibles, ignorantes o incluso ofensivos?

Y lo peor es que nadie está exento. Aquel que hace una broma sobre algo inocente puede ser tildado de intolerante; el que se atreve a compartir una opinión distinta al consenso puede ser tachado de reaccionario. Es tan fácil ser destruido hoy en día que parece que estamos caminando sobre una cuerda floja, temiendo que cualquier paso en falso nos lleve a la caída. En fin, lo que tenemos hoy en día no es libertad de expresión, sino una versión disfrazada de censura, donde la libertad de opinar sólo es válida si se ajusta al molde que otros han establecido. Pero, ¿sería tan terrible un mundo donde se pudiera hablar sin miedo a ser “cancelado”? Al menos podríamos volver a disfrutar de una buena conversación, sin temor a que, por un comentario, nos destruyan en las redes.

Antes se podían hacer chistes que hoy, aunque sigan siendo graciosos, no están bien vistos. A los que somos de origen gallego nos ha tocado vivir con miles de chistes que nos mencionaban, y fuimos sinónimo de burdos o de pazguatos; los judíos o los de Monterrey son estigmatizados por tacaños. Y ya ni se nos puede ocurrir hacer un comentario sobre razas o procedencias, la orientación sexual, el pensamiento político... Vamos, se gana mucho estando callado. Y uno que pretende vivir de la palabra. Siempre tuve claro que si previenes tus palabras, es peor. Cada vez que alguien inicia su exposición con las palabras “con todo el respeto”, casi siempre lo que sigue es un recuerdo maternal.

En fin, es miércoles, Mañana cumple un año mi Noa, lo mejor de la semana. Bonito día.

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