Como la vida misma

• El documental Bellas de noche, de María José Cuevas, narra la vida de cinco famosas vedettes, es la opera prima de la cineasta

NO ES IGUAL BELLAS DE NOCHE QUE NOCHES BELLAS

Pocas cosas me parecen más patéticas que envejecer sin dignidad. Forzar la maquinaria y pretender ser lo que no somos. Aunque, para vivir mucho tiempo, no queda más que transitar por la vejez, hacerlo con cierta clase implica una reconciliación constante con uno mismo. Bien lo decía García Márquez: “Es imprescindible para una buena vejez, hacer un pacto honrado con la soledad”; aunque me gusta más la frase de Groucho Marx: “Un hombre solo es tan viejo como la mujer que ama”.

Ayer, buscaba con la Unagi una película para pasar un rato, queríamos algo ligero y entretenido, la típica cinta palomera, buena para unas risas y sin más pretensiones. Habíamos pasado la tarde en una larga caminata y apetecía un momento de chocolate, churros, manta y sofá con poco trabajo para el intelecto. Yo que me fío de la calificación que otorga mi plataforma favorita a las producciones que presenta, me sorprendí con lo bien puntuado que aparece un documental que se llama Bellas de noche y que, a primera vista, se me antojaba entre cero y muy poquito. Debo confesar que más por el morbo del tema, ya que se trata de la vida y obra de algunas vedettes famosas, reinas de la noche mexicana de los años setenta y ochenta, pensamos que sería ideal para reírnos un rato y decidimos darle una oportunidad.

Es horrible prejuzgar y lo hice de nuevo. Debo disculparme. No se trata de una bazofia de ficheras, es la opera prima de la cineasta María José Cuevas, una pieza filmada en 2016 que nos lleva en un viaje por el pasado y el presente de cinco de las más populares artistas del espectáculo nocturno en la CDMX. El documental no hace juicios de ningún tipo, sólo muestra con naturalidad la evolución en la vida de estas cinco mujeres, que lo tuvieron todo, éxito, dinero y también algunas demasías y que, unas con mejor suerte que las otras, acusan esos excesos en sus realidades, viviendo los efectos y la huella de las cirugías estéticas, el abuso del alcohol y las drogas. Olga Breeskin, Lyn May, Rossy Mendoza, Wanda Seux y la Princesa Yamal. Se desnudan ante la cámara y nos enseñan ahora mucho más que aquellos cuerpos exuberantes que tanto contribuyeron a su fama, se muestran tal como son, lo que fueron y, también, sus actuales circunstancias.

Olga Breeskin es evangélica y vive en Estados Unidos llevando gente a sus cultos, tocando el violín en eventos de corte religioso y en una aparente paz interior, sin lujos, pero plena y realizada. Wanda Seux vivió sus últimos años en medio de decenas de perros, luchando por los derechos de los animales y peleando contra el cáncer. Terminó sus días por un segundo infarto cerebral cuando vivía retirada en la casa del actor patrocinada por la ANDA. La Princesa Yamal fue acusada y condenada en un tremendo escándalo, aunque luego exonerada por el robo del Museo Nacional de Antropología en México, delito que no cometió. Rosy Mendoza, a sus casi 80 años, sigue cuidándose mucho y es sobreviviente de un lupus que la aqueja desde hace más de 40 años. Ver el rostro de la acapulqueña Lyn May es un tormento, el rastro y las secuelas de las múltiples cirugías han convertido a la que un día fue una bella mujer en un patético intento de eterna juventud.

No tengo nada en contra de los arreglos que cada uno quiera hacerse para verse más joven, pero para todo hay límites, cuando se cruzan estas barreras, se cae irremediablemente en dar pena y revertir el efecto deseado.

Muchas personas viven muy preocupadas por saber si habrá vida después de la muerte; aunque yo no creo en ello, me parece respetable, sin embargo, para mí, lo que está probado y comprobado es que sí hay vida antes de la muerte, y que sacar el mayor jugo al tiempo, cuidando la salud mental y física, no pasa obligatoriamente por la necesidad de rejuvenecer falsamente. Los años sientan bien, especialmente cuando van acompañados de sabiduría.

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