Son ellos
Que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos, es algo sobradamente sabido desde tiempos inmemoriales. Al revés de las películas gringas, en la vida real acostumbra a regir la célebre Ley de Murphy, según la cual si algo puede salir mal, saldrá mal. El sope caerá siempre con los frijoles para abajo.
Cuando recorra usted estas líneas, estimado lector, si no es muy tempranero, es posible que la Presidente de Brasil ya haya sido degradada, humillada y destituida por el Congreso de su país. La hoja de la guillotina está al caer mientras el verdugo y la gleba se relamen.
Los enemigos de Dilma Rousseff habrán sido muchos más que sus amigos. De manera que la suerte está escrita. Le echaron montón. En México poseemos un término, dos, que definen y explican perfectamente la situación. Otras cosas tal vez no, pero términos y expresiones sobresalientes sí las poseemos. La sabiduría popular a veces es realmente sabia, y es esa sabiduría la que acuñó los conceptos de grilla y mayoriteo. Imposible entender sin ellos la política mundial, y en particular la mexicana. Y la brasileña. Vamos de gane.
A la otrora guerrillera la van a mayoritear; por lo visto resultó menos grilla que sus adversarios. O a lo mejor, simplemente, sus adversarios cuentan con apoyos y refuerzos externos y abrumadores. Apoyos que tendrían su origen más allá del ecuador, en otro hemisferio; más precisamente a orillas del Río Potomac. Suena verosímil. Más que verosímil, obligatorio. De otra manera no se entiende.
De nada valdrán las razones, las causas y los argumentos. La palabra se volvió un adorno perfectamente prescindible, vacía de contenido. La historia acabó siendo un cuento para niños sin ninguna significación. Las trayectorias y los antecedentes no tienen ninguna importancia. El futuro, y con él la historia, empezarán hoy o mañana. Y no podían empezar de peor manera. Será el triunfo aplastante y humillante de la ignominia.
Es la hora de los cobardes y de los pusilánimes. Al fin lograron salirse con la suya. La presidente constitucional de la República Federativa del Brasil será destituida, sin duda alguna. Triunfará el impeachment. Así les gusta decirlo a ellos. El hecho de que sea una expresión en inglés, usada sobre todo en Estados Unidos, no deja de ser harto significativo.
El bellísimo, inimaginable Palacio del Congreso, que preside la monumental Plaza de los Tres Poderes, es el escenario de una tragedia digna del mejor Shakespeare, que de eso, de las intrigas palaciegas, sabía un resto. El otro palacio, el de la Alborada, cambiará de inquilino y sin duda de nombre. Pasará a ser el del Ocaso.
Un velo de tristeza y de vergüenza cubre desde hoy ese sueño mágico de Óscar Niemeyer, la impensable, etérea, ciudad de Brasilia, a un lado del corazón de la selva amazónica. No es de extrañar pues que reine y triunfe ahí la ley de la selva. Precisamente.
El Partido de los Trabajadores, PT, comandado en sus momentos de gloria por el obrero metalúrgico Luiz Inácio Lula da Silva, pertenece a esa izquierda tibia, medio fresa, con la que nunca he acabado de simpatizar, pero que en un momento dado pareció apoderarse de toda Sudamérica, la misma que no hace tanto era dominio exclusivo de los pelones bananeros.
Sus debilidades son indiscutibles, pero seguiría gobernando si no hubiera sido traicionado por sus tan poderosos como desleales y viscosos aliados del Partido del Movimiento Democrático Brasileño, PMDB, mayoritario en el Congreso. Y es mayoritario porque sabe situarse siempre en el lado “adecuado” de la barricada. Y ese lado, hoy, es el de enfrente. Junto con la élite social y económica más recalcitrante y conservadora del Partido de la Social Democracia Brasileña, PSDB, y del de los “Demócratas” de Jorge Bornhausen, auténticos megaterios sobrevivientes de algún Pleistoceno.
Entre todos derribarán esa figura incómoda y poco dócil de la Rousseff. Frente a un linchamiento no parece aconsejable ponerse del lado del linchado. Siempre es más prudente, y rentable, sumarse a los linchadores. Y si es posible en la posición más visible y protagonista.
Estamos ante un golpe de estado en toda forma, tanto casernario como palaciego. La conjura de los necios, como la llamaría John Kennedy Toole. Nunca ese espejismo perverso que es la democracia había caído tan bajo. La infamia al desnudo. Al menos eso habremos de agradecer a los militares y parlamentarios brasileños. Su cinismo obsceno. Todo el miasma queda exhibido, a plena luz.
Cada esfuerzo de la mandataria para hacer política seria y llegar a acuerdos fue inútil. Nadie, ni en Brasil ni en el extranjero, sabe de qué se la acusa. Todo es una bruma de tecnicismos inextricables. Intentó, sí, llevar adelante proyectos populistas demasiado ambiciosos y ello la dejó en una posición tan frágil como inquietante.
Pese a dificultades reales en poder armonizar sus extremosos objetivos, perseveró en realizarlos rodeando obstáculos, negociando ante una férrea reacción adversa generalmente introduciendo opciones. Y también rechazó oír malos presagios ensombreciendo toda alternativa sensata.
Inútil. La condena se cumplirá inexorable. En su conmovedor y enérgico alegato de defensa, ayer lunes, Dilma afirmó que dos veces había temido por su vida. Una en la cámara de torturas de la dictadura, otra en la unidad de cuidados intensivos del hospital de oncología. “Ahora temo, con la misma angustia, por la vida de la democracia”.
Canta el gran Chico Buarque, que ayer acompañó a Dilma hasta el cadalso: “¿Quiénes serán, quiénes serán, los que no tienen vergüenza ni nunca tendrán, los que nunca serán juzgados?”. Hoy ya puede responderse con más certeza que nunca. Son ellos.
