Las maestras mieleras

Las abejas son fascinantes, en el sentido estricto del término. Haz aquello para lo que estás dotado, ésa es una lección.

No fue sino hasta el siglo XVIII que el naturalista sueco Carolus Linnæus postuló, para sorpresa de unos y escándalo de otros, que el ser humano era un animal. Parece mentira. Ni siquiera a los iluminados de la Hélade se les había ocurrido tal enormidad. Lo que hoy luce como una evidencia banal fue ignorado por los más agudos pensadores y estudiosos durante milenios.

Basta tener un perro en casa, o un canario, para percibir que un cercanísimo parentesco nos une. Dos ojos y cuatro extremidades. No le hace que uno sea cuadrúpedo y el otro tenga plumas y alas. Somos igualitos. Los resultados recientes de la biología molecular demuestran lo que ya era obvio: el genoma del homo sapiens coincide en más de 98% de sus componentes con cualquiera del de otro animal. Sea éste una ballena o un alacrán, gusano de seda o lombriz de tierra.

Somos diferentes en el aspecto, eso sí. Difícilmente confundiremos a un búfalo con una boa constrictor. Aunque, reconozcamos, que entre los propios homínidos hay también grandes contrastes que nos pueden inducir en el error. Lo que nos singulariza del todo, sin embargo, es la lengua. Somos la única especie que habla. Otros animales usan códigos de interacción más o menos complejos, como los rituales de lucha o apareamiento. Pero un lenguaje estructurado propiamente dicho sólo lo poseemos nosotros.

Cuando hablo de “lenguaje estructurado” me refiero a la posibilidad de articular mensajes inéditos, originales, nunca antes expresados. Un pavo real puede extender su deslumbrante cauda, pero siempre querrá decir lo mismo. Nosotros, en cambio, gestamos a cada rato expresiones únicas, combinando de manera única nuestra panoplia de signos, de símbolos, de palabras. Para ello utilizamos una serie de reglas, la gramática.

El hablante es un creador permanente (los hay que no lo son, que no hacen más que repetir; pero son pocos y poco interesantes). Lo que acabo de escribir puede ser relevante o no, lo seguro es que nadie lo había dicho antes. No así. Y es esta extrañísima propiedad de generar y vincularse con el otro, lo que nos hace definitiva e irremisiblemente distintos. Es ello lo que le hizo afirmar al irritante Jacques Lacan que lo humanos nos parecemos más a las máquinas, a las computadoras, que a los animales; en la medida, dice, que sólo ellas y nosotros tenemos, utilizamos y funcionamos en base a un lenguaje (estructurado).

Existe, no obstante, otra coordenada que nos distingue de nuestros hermanos de reino, y que los distingue también entre ellos: se trata de las distintas formas en que se organiza el funcionamiento gregario. Es decir, las maneras de constituirse en sociedad, llevando este término a su sentido más general.

Así, aquí entiendo por sociedad los rebaños, las manadas, los hatos, las parvadas, los cardúmenes, los enjambres o las marabuntas, entre otras muchas formaciones colectivas que no conozco o que se me escapan.

Dichos conjuntos constituyen también estructuras, en la medida en que su armazón y comportamiento están regidos por reglas. Están dotados de una “gramática”. Es esa colección de normas la que permite su división en entidades más pequeñas, articuladas entre sí. La más conocida de ellas, la más familiar, es precisamente la familia.

De entre todas las sociedades animales posibles, mi atención está centrada desde hace unas semanas, como usted lo sabe bien, disciplinado lector, en la de las abejas. Y lo está tanto por lo que ellas son y representan, como por el hecho de constituir un modelo de organización en el que podemos reflejarnos y contrastarnos los humanos.

Las abejas son fascinantes, en el sentido estricto del término. Hipnóticas. Son muchas las cuestiones y enigmas que levantan. ¿Cuáles son las propiedades que las distinguen y que les permiten asociarse de una manera organizativa y colaborativa tan eficiente y espectacular? ¿Hasta qué punto son sus órganos los que posibilitan e imponen su conducta, o bien al revés, es esa conducta la que ha llevado al surgimiento y desarrollo de tales órganos? Pero hay tres que se alzan, desde nuestra óptica, como las preguntas clave: ¿debemos, de alguna manera, contrastarnos, compararnos y reflejarnos en ellas? ¿Hay aspectos suyos que quizás deberíamos intentar imitar y adoptar? ¿Podemos aprender de ellas?

Tanto desde el punto de vista individual, ontogenético, como desde el colectivo, filogenético, están dotadas de capacidades insólitas que les permiten ese comportamiento insólito. Vienen equipadas con los cinco sentidos clásicos de que gozamos los hombres, pero con funciones, registros y rangos muy diferentes. Incluso, poseen para ello órganos adicionales.

Excepcional y asombroso, por ejemplo, es su sentido de la vista. Tienen la propiedad de identificar, como botánicas expertas, prácticamente, todas las especies florales existentes en su entorno, lo que les permite acercarse a su objetivo antes de que el olfato, y luego el gusto entren en acción.

Poseen unos cromosensores heteróclitos en respectivos ocelos, brindándoles registros ópticos notables con amplitud y tonalidad increíblemente observables. Flores inodoras esparcen sus tenues aromas característicos ondeando magníficos pétalos luminiscentes entre tropas abejeras.

Los ocelos no reconocen formas, pero sí colores. De esta manera, dichos pétalos las guiarán desde grandes distancias antes de que el polen sea percibido.

Sólo así se aseguran la sobrevivencia de la colmena. De ahí surge una lección: haz aquello para lo que estás dotado, pero no renuncies a dotarte de aquello que te permitirá hacer lo que te atrae y requieres. Lección fundamental de las maestras mieleras. Algún día la aprenderemos.

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