Manuel o de la nostalgia
Ernesto P. Uruchurtu, el incorruptible alcalde de hierro, no paró en mientes para convertir a esta ciudad en una ciudad.
Hace 20 años que conozco a Manuel. Lo conozco yo y todos los vecinos del barrio, los que aquí viven y los que vienen a chambear. Hay un buti de oficinas en el rumbo. Y luego, con el auge inexplicable de construcciones de todo tipo, también los alarifes se volvieron sus parroquianos. Es difícil concebir la colonia sin Manuel, pero a lo mejor más vale que nos vayamos acostumbrando, porque Manuel, desde el viernes, ya no está.
Ya no están ni sus jugos ni sus licuados, sus copas y bandejas de fruta fresca, sola o combinada. Manuel, cada día, con la noche encima, se iba a la Central de Abasto y escogía las mejores papayas y guayabas, las sandías, los plátanos y las fresas. Y los quintales de naranjas. Que sean maduras y jugosas, jamás tiernas o pasadas. Manuel sabe de eso.
A las siete de la mañana, puntual, llegaba a su puesto y, con una presteza circense, acomodaba la mercancía, el exprimidor, la licuadora, la batidora, tablas y cuchillos. Las torres de vasos y los fajos de servilletas. Los garrafones de agua y los litros de leche, el tambo de desechos. Con esa habilidad, seguridad y elegancia, diría yo, de lo sabido, de lo bien aprendido, de lo que sólo los años dan.
Cuando terminaba ya casi daba la media y ya tenía la cola de los primeros clientes madrugadores frente al mostrador atiborrado. Cola que, a medida que pasaban los minutos, se volvería melena, tumulto. La disciplina nunca caracterizó a la clientela. Brotaban de aquí y de allá los pedidos y las respuestas vertiginosas: sale piña con guayaba, licuado de avena con granola, sale coctel sencillo de fruta con miel. Sale. Todo salía con una eficiencia nórdica. Y todo iba acompañado de una sonrisa y del nombre del destinatario apresurado. Manuel los conocía a todos.
Nunca entendí cómo Manuel y su inseparable Yuli se daban abasto. Ellos dos solos. Ahí no cabía nadie más, rodeados de izquierda a derecha, de arriba a abajo, aprisionados por esa auténtica cornucopia de colores y aromas. Frutas van, billetes y monedas vienen, cambios van, con una precisión que se diría ensayada.
Todo eso se acabó, de golpe, como se acaban siempre las cosas importantes. El viernes en la mañana, la delegación levantó el puesto de Manuel. Digamos que en principio puede ser una medida razonable. Discutible, pero razonable. Que el gobierno gobierne, que tome medidas. Por el bien de la ciudadanía. Y reconozcamos también que la proliferación de esos proverbiales puestos de “ambulantes sedentarios”, semifijos les dicen, se ha convertido, en algunos lugares, en un auténtico problema. Admitámoslo.
Ya puestos a admitir, sin embargo, no pasemos por alto lo inadmisible. Manuel tenía sus permisos en regla. Su cabaña de lámina pertenecía a la Asociación de Invidentes A. C., y él la rentaba. A los ciegos se les hace difícil rebanar la fruta sin rebanarse los dedos, y pasar el jugo de la licuadora al vaso sin hacer un batidero. Aun así la delegación consideró procedente retirarlo. Es su prerrogativa. Pero entonces debe expedir un oficio, hacérselo llegar al involucrado con anticipación. Y si no acata la advertencia y se retira motu proprio, entonces la autoridad queda autorizada a ejercer su ídem.
Nada de eso ocurrió. A las once de la mañana irrumpió en la calle un numeroso grupo, en varias camionetas, de “empleados de la delegación” que más bien parecían, por el aspecto y la actitud, una caterva de facinerosos y, sin decir agua va, “informaron” a Manuel y a Yuli de que se iban a la chingada. Pero ya. Los obligaron a sacar toda la mercancía, que no era poca, y a dejarla amontonada a medias y regada a medias sobre la banqueta, ante la mirada atónita y resignada de clientes y transeúntes. Ni siquiera desarmaron el puesto. Así entero lo cargaron, entre una docena de vándalos y lo subieron a la camioneta, a prisa, como aquel que comete un delito, entre expresiones y chiflidos de burla y mentadas de madre. Así como llegaron, desaparecieron en la esquina. Dejando a Manuel y Yuli parados en la banqueta, rodeados del insólito, colorido, caótico huerto.
No hay de qué sorprenderse, eso es lo triste. Es la quincena de Hidalgo. Hay que arramblar con todo lo que se pueda. Lo que aparezca es bueno. Lo que escurra es miel. Las mordidas se vuelven dentelladas. Y son urgentes. El delegado Ricardo Amezcua, del PAN a mucha honra, no por interino menos avorazado, no va a perder su chance. Más claro el agua.
Tales mafiosos no pueden no hacernos añorar a otros gobernantes de la urbe, célebres por su autoritarismo, que algo tuvo de eficiencia. Y de sentido. Qué daríamos hoy por un Carlos Hank, Gengis Hank el despiadado. A ese punto hemos llegado. Al menos todo aquel estropicio tenía sentido. Cierto sentido. O a Ernesto P. Uruchurtu, el incorruptible alcalde de hierro, que no paró en mientes para recurrir a todos los recursos a la mano, unos más lícitos que otros, para convertir a esta ciudad en una ciudad.
Propuso entre sus atribuciones reglamentarias ofrecer soluciones apropiadas, mantuvo ante los hechos una misma opinión respecto a diversos abusos. Mientras intentaba mantener intactas varias iniciativas añadió numerosas disposiciones adicionales, usurpando funciones, nunca objetadas sin escatimar costos onerosos mediante obligaciones.
Vivimos, ay, otro tiempo. Tiempo de mediocres, de abusos y extravíos. Uruchurtu ya no está. Y tampoco está Manuel. Tendré que comprarme un exprimidor. No sólo de naranjas.
