Al revés
Ésta ha sido una semana muy complicada para nuestro país. No solamente el entorno externo en el barrio de Norteamérica, sino que nuestros objetivos y valores como país se pierden porque no hay brújula que nos dirija.
Para explicar mejor mi artículo, empezaré con una comparación de lo que está pasando en España, que debería ser nuestro referente de desarrollo por las obvias similitudes, pero, además, por el éxito que España ha obtenido.
Decía Otto von Bismarck: “La nación más fuerte del mundo es, sin duda, España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día que dejen de intentarlo, volverán a ser la vanguardia del mundo”. En el caso mexicano esto también aplica, aunque nuestros intentos de autodestrucción son más desorganizados e individualistas.
España vive momentos complicados, con una minoría política atacando seriamente la integridad del Estado español. Pero antes, España combatía una amenaza similar en el norte que tenía la complicación de tener un brazo terrorista, que mató a más de mil españoles. España no ha sido ajena a la corrupción, pero la fortaleza de las instituciones ha dominado a la política (algo que no pasa en nuestro país).
Los independentistas catalanes, encabezados por Puigdemont, argumentaban que los jueces y juicios en su contra estaban supeditados al poder político del presidente Rajoy. Eso fue hasta que se publicó la sentencia del caso Gürtel, que implicó una trama de corrupción en el Partido Popular (el de Rajoy) y que tumbó al gobierno sin más. El gobierno legítimo de una potencia como España no está por encima de la ley y el poder judicial ha hecho lo que tenía que hacer. Por eso el señor Puigdemont debe estar preocupado, porque la cantaleta política se acabó y tendrá que enfrentar las consecuencias legales de sus actos.
En fin, el punto es que España es un país con muchas divisiones y con muchas formas de ver las cosas, pero tiene algo que nosotros hemos perdido. Tiene cierta unidad en valores comunes que hacen la diferencia. En España se respeta a sus Fuerzas Armadas, se respeta a la policía y la ley. La mayoría estaba en contra del terrorismo y lo está en contra del independentismo. Están a favor de vivir en Europa y en un Estado de derecho y no quieren vivir con más subvenciones, como lo ha propuesto Podemos, que es el símil populista de España. Teniendo esos acuerdos generales, esos valores en común, se garantiza que España siga votando y trabajando para ser un país de bien y con desarrollo económico.
En el caso de México, nuestra descomposición social ha llegado a límites insospechados. Esta semana, miembros de la Marina, ese heroico cuerpo militar que está arriesgando su vida para hacer el trabajo que la policía no puede realizar, fueron atacados por unos ciudadanos de un pueblo jalisciense autonombrado protegido del cártel local. La gravedad no acaba ahí; la reacción de la opinión pública ha sido casi nula. No podemos ni siquiera articular un apoyo común y general a quienes nos cuidan.
Por otro lado, un tribunal unitario en el norte de México reabre la investigación de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, ignorando las 50 mil fojas de la única investigación que existe, nombra una Comisión de la Verdad, violando la Constitución (lo repito, un tribunal violando la Constitución), y potencialmente liberando a los líderes de los cárteles de Iguala que participaron en la desaparición de los estudiantes, todo basado en la sospecha de que fue un crimen de Estado, sin que alguien haya aportado prueba alguna de ello. Demencial.
Otro tribunal autoriza a un señor, que se robó cincuenta y cinco millones de dólares y que lleva más de una década fugado de la justicia, ser senador plurinominal de un partido que dice que viene a salvarnos. No debería sorprendernos, ese mismo partido también tiene a una señora acusada de secuestro como candidata a senadora y apoya a un sindicato que deja a niños sin clases en Oaxaca. Ese partido tiene la mayoría del apoyo popular, según las encuestas.
Estamos completamente al revés. De nuestra autodestrucción no nos salva ni Obama.
