Es la certidumbre

Los países decentes del mundo lo son, en mucho, gracias al grado de predictibilidad que ofrecen. Es la certidumbre de que las condiciones específicas de un país cambiarán poco y fue para eso que se crearon las instituciones y las políticas públicas
 

En muchos países avanzados, la gestión gubernamental se reduce a eso, a una simple gestión diaria de servicios y pagos, sin que los gobiernos estén pensando en cambiar condiciones relevantes como la estrategia energética o relocalizar una obra de infraestructura que ha sido contratada y comprometida con empresas del mundo. No quiero decir que en dichos países no haya replanteamientos estratégicos, pero se cuida mucho brindar condiciones de certeza a largo plazo para generar condiciones de inversión en la actividad económica.

No es casualidad que los países avanzados que dan estas certezas sean los mismos países que tienen instituciones fuertes, un compromiso con la legalidad y una separación de poderes verdadera para balancear la actividad del Estado. La certeza es consecuencia de esto.

Mientras Estados Unidos generaba instituciones que hoy le ayudan a capotear la tormenta interna de la presidencia del señor Trump, México, al nacer como país independiente, se dedicó a pelear durante un siglo para definir a la persona correcta para gobernar. El culto a la personalidad y no el culto a las instituciones es lo que nos ha llevado al desorden que hoy tenemos, porque nuestras esperanzas están puestas en la voluntad del líder. Dos siglos después del autonombramiento de Agustín de Iturbide como emperador, seguimos poniendo nuestra fe en el Presidente.

Y es que el problema es que nuestras instituciones todavía no tienen la solidez para soportar los berrinches de un presidente que quiera romper los esquemas que hemos construido durante 30 años. Nuestra cultura de la legalidad es casi nula y la separación de poderes está en entredicho. Por eso es peligroso para México que ciertos candidatos ofrezcan cambios que en teoría requerirían a otros poderes de la Unión o cambios constitucionales o compromisos contraídos con terceros, sin considerar que dichos cambios abruptos generen incertidumbre, que es la palabra más odiada por los inversionistas.

¿Se imagina usted a un candidato británico o francés en campaña prometiendo que va a cancelar el proyecto de túnel de la Mancha, o algún político japonés ofreciendo cancelar los Juegos Olímpicos?

Los corporativos globales buscan destinos de inversión dentro de los países que son competitivos en términos de costo, pero también los que les den condiciones de certeza para dichas inversiones. Si usted fuera el presidente de una empresa global dedicada a infraestructura ¿invertiría en México si el gobierno unilateralmente cancela la obra del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, pasando por encima de contratos y compromisos? La respuesta es importante porque son estas empresas las que generan empleo, no es el gobierno el que lo genera.

Otro ejemplo es el caso actual de Estados Unidos. El presidente Trump es nocivo para las inversiones en México, porque genera falta de certidumbre sobre el futuro del Tratado de Libre Comercio, sin embargo, la inversión no se detiene, sólo se redirige a Estados Unidos porque internamente tienen las condiciones de certeza que se requieren, por eso el efecto es doble. Hay quienes piensan que el fin no es renegociar el Tratado de Libre Comercio, sino eternizar la incertidumbre, porque Estados Unidos se beneficia de ella.

Un ejemplo más es la salida de empresas de Cataluña por la irresponsable aventura independentista. La falta de certidumbre provocó la salida de capitales, pero España siguió siendo un país atractivo para la inversión, por la certidumbre de condiciones que ofrece.

México vive ya, gracias al señor Trump, un escenario de incertidumbre regional. México no necesita una nueva fuente adicional de incertidumbre con un candidato presidencial anunciando cancelaciones de proyectos y reformas. No le hace un favor al país. No muestra tampoco la vocación de respetar el orden constitucional y la separación de poderes. Y eso sólo genera incertidumbre.

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